Una de terror

¿Y para qué cuernos hemos pagado la entrada si no es para éstas cosas? Quién sabe, tal vez en el fondo de la cuestión, la única verdadera utilidad sea ésta. O tal vez la primaria, la que debería, en tal caso, estar por delante de la entrega que hacemos de nuestro propio tiempo en contemplación reparadora de aquel tiempo que, dicen, el director de la película invirtió en la realización de la misma. “Fue maravilloso filmar en Suecia”, dirá el director, relajado, entrevistado por el cronista que él mismo eligió, “Quise contar una historia más sencilla”, también dirá en otra entrevista con otro cronista igualmente elegido.
Pero hay que reconocer que hace tres meses, cuando el anuncio nos decía que se venía “una historia que cambiará para siempre las relaciones humanas”, no había que estar iluminado por la embriagante luz de la lucidez para comprender que, desde el vamos, nos mentían. Sin embargo, simplemente permitimos que se abra el juego, como quien permite que la partida de ajedrez la comience la otra persona sin reparar en colores, en historial de ganadores o en asuntos legislativos que, ya lo decíamos, siempre retrasan todo y aburren a los niños. El aparato publicitario mueve primero y, por otra parte, siempre hay que dejarlo mover. El sistema, previsible e infalible por igual, nos regala el enorme privilegio de responder al estímulo siempre de la misma manera. Y así sabíamos entonces, hace tres meses, que la primer movida era falsa y no nos importó, y que nada cambiará, también lo sabíamos y no nos importó, la manera de relacionarse que tienen las personas que habitan la Tierra.
- ¡Genial! ¿Así qué “cambiará para siempre las relaciones humanas”? -nos pregunta un amigo con el que siempre compartimos impresiones cinematográficas; pequeños bloques de diálogo en el que las manos se mueven como hojas secas en medio de un huracán, y las bocas sueltan sonidos de aviones, de pájaros, y canciones que adornan todo como guirnaldas. Y nosotros reímos con descaro y el otro, siempre dispuesto a la deliberada pérdida del tiempo, rememora las grandes campañas de los grandes títulos que lo atraparon cuando era chiquito.
- En la escuela los profesores nos cambiaban las figuritas de Star Wars y llevaban sus propios muñequitos -dirá pues nuestro amigo, siempre exagerado. El aparato educativo, pensaremos, qué vergüenza, qué vergüenza, repetiremos para nuestros adentros inconscientes.
- En estos tiempos… -decimos, sin intenciones de terminar frases que la posteridad querrá envolver en paños azules y sepultar en lo más hondo del populismo literario -… qué tiempos éstos.
Y cuando el tiempo pasa, cuando recorremos la antesala del cine con un deliberado gesto de superioridad y asco por aquella estructura que, nos dicen, es el símbolo del triunfo del neoliberalismo, la mayoría de nosotros ya no recuerda aquello de que la película cambiará para siempre las relaciones humanas. Pero por suerte, pensamos ahora, nuestro amigo, aquel con quien compartimos las mas sórdidas impotencias a las que nos ha arrastrado la contemporaneidad, como quien simula pasar por ingenuo, nos dice:
- Che, ¿ésta no es la película que “cambiará las relaciones humanas para siempre”?
- Sí -le decimos -, pero no te ilusiones.
- Uf, tengo unas expectativas locas locas.
Luego la sala, tal vez la más grande que hay en todo el complejo, está repleta, y uno se pregunta si realmente todas esas personas aman el cine, las reuniones sociales, las butacas, o si simplemente han venido a ver la película que todo lo cambiará.
Pero dos horas después, cuando la proyección se acabó y los títulos ya no se distinguen pues se han encendido irrespetuosamente las luces de la sala, nuestro amigo nos mira con un gesto que, en una primera observación, juzgamos como de decepción, luego de desengaño y después, acertadamente, como un incontenible enojo.
- Vamos. -nos dice entonces, sin mediaciones. Y camina entre las butacas con el abrigo colgado de la mano como si llevara una nutria muerta a las oficinas mismas de Greenpeace. Lo seguimos con entusiasmo mientras observamos al resto de las personas que se retiran de la sala con inescrutables miradas. Quién sabe, pensamos, cada uno de ellos estará a su manera decepcionado. Pero claro, qué nos importa a nosotros.
- Quiero hablar con el gerente -le dice nuestro amigo a una cajera.
- ¿Hubo algún problema en la sala? -pregunta, predispuesta al socorro de los intereses de la empresa, luego de cerciorarse de que nuestro amigo no lleva un arma en la mano.
- Sí, hubo un problema.
- ¿Qué ocurrió? -le pregunta.
- Se lo quiero comentar al gerente.
- Aquí está la encargada…
- No quiero hablar con una encargada, quiero hablar con el gerente.
La cajera llama entonces a la encargada y le plantea la situación, preocupada por su estabilidad laboral. Luego la encargada, más segura de sí misma, se acerca con una sonrisa amplia que nuestro amigo le desprecia con eficacia solicitándole la presencia del gerente. Herida, la encargada toma un teléfono y hace una llamada.
A nosotros nos gusta esta situación. Le decimos a nuestro amigo que está loco, pero que habíamos esperado años para descargar estas amarguras con algún gerente de cine.
Un momento después, detrás del mostrador, un señor vestido de traje se acerca a la encargada para que ésta nos señale con el dedo índice. Allí nos sentimos como sospechosos de algo. Una sensación que las grandes corporaciones saben capitalizar con una agudeza letal. El gerente, elegante y atlético, rodea el mostrador y se acerca.
- ¿Qué ocurre señores? -pregunta, tal vez algo insolente. Una pregunta que, digámoslo, no se formula de esa manera en tales circunstancias, pero por lo visto mejores actividades estaba realizando este señor. Tal vez podríamos haber solicitado mayor respeto, y recordarle que habíamos pagado la entrada y pasar lista a los derechos adquiridos, pero nuestro amigo no nos da lugar a nada. Y además, hubiéramos despertado la risa del gerente.
- Ocurre que la película que acabamos de ver no ha cambiado las relaciones humanas, tal como el anuncio lo prometió.
El gerente pone cara de buen negociador y se rasca la barbilla.
- ¿Y qué tipo de cambios esperaba usted? -le pregunta a nuestro amigo, que pone cara de sorpresa.
- No sé qué cambios. Alguno. -concluye, algo inconsistente.
Prontamente, nosotros sospechamos que la conversación que está a punto de llevarse a cabo, puede contener escenas tan hilarantes y disparatadas que casi no podemos retener las ganas de registrarla toda en un cuento.
- ¿Y cómo está usted tan seguro de que las relaciones humanas no han cambiado ya? -pregunta el gerente.
- Está claro que las personas en éste lugar -dice nuestro amigo, paseando la mirada por la amplia sala -siguen relacionándose de la misma manera que hace dos horas.
Nosotros miramos a nuestro alrededor y comprobamos que las relaciones humanas, efectivamente, siguen igual. Hay gente haciendo cola para comprar sus entradas, gente repasando los horarios y las películas, gente conversando entre sí, gente comiendo pochoclo y gente saliendo de las salas.
- ¿Usted acaba de ver, entiendo, la función de la sala 11? ¿La función de las 19:35?
- Sí, ¿por qué?
- Pues bien, comprenda que la primer función fue a las 10:30 de la mañana. Muy probablemente las relaciones humanas hayan cambiado a partir de las 12:30 aproximadamente. ¿Comprende?
- Sí, pero a las 12:30 yo estaba en mi domicilio almorzando viendo el noticiero y nada había cambiado.
Impresionados con la respuesta de nuestro amigo, nosotros nos concentramos en sus ojos esperando algún guiño imperceptible para el gerente que nos indique el inicio de una broma.
- Bueno, señor, no va a ser usted tan obtuso de creer que las personas que aún no vieron la película van a cambiar su modo de relacionarse con lo demás -argumenta el gerente con verdadera coherencia.
- A ver -dice nuestro amigo, como fingiendo impaciencia -, entienda usted que acabamos de salir de la sala más de 80 personas que aún están caminando por este lugar y nada les ha ocurrido. De hecho, nada me a ocurrido a mí. Yo me relaciono con el mundo de la misma manera que hace dos horas. Mi amigo aquí puede confirmárselo.
- Es verdad -decimos nosotros, sintiendo que en realidad mentimos un poquito pues jamás nuestro amigo había cometido un atropello semejante. Sin embargo el gerente se muestra impresionado con la evidencia y permanece callado unos segundos con un gesto que se podría traducir en una concentrada preocupación. Finalmente dice:
- A ver dígame, cuando usted habla de su “relación con el mundo”, ¿se refiere al mundo en sí o al resto de la gente? Pues entiendo que son cosas diferentes.
- Me refiero a la gente, a todo el mundo.
- Son cosas diferentes -insiste el gerente.
- Bueno, me refiero a ambas y listo. Si cambian las relaciones entre las personas cambiará el mundo y la manera en que nos relacionamos con éste -dice nuestro amigo, articulando una frase sensata que parece convencer al gerente.
- Está bien. Si tiene un momento, lo invito a continuar la charla en mi oficina -dice.
Definitivamente sorprendido, nuestro amigo nos mira como buscando respuestas. Nosotros le devolvemos una mirada de absoluto desconcierto y noble fidelidad que poco aporta a la situación.
- Sí, claro, pasemos -decimos por fin.
- Mire, la verdad es que preferiría que entre solamente usted -dice el gerente con voz firme.
- No -dice nuestro amigo -. ¿Por qué solamente yo? Queremos…
- ¿Y a usted también le ocurre lo mismo, señor? -nos pregunta el gerente, interrumpiendo a nuestro amigo con un gesto austero, como si a esta altura aquello ya fuera una insolencia. Una pregunta que, digámoslo, no se formula de esa manera en tales circunstancias, pero por lo visto el gerente se estaba poniendo expeditivo y molesto por razones que aún no se nos revelaban.
- Sí, me pasa lo mismo -le decimos, poco convencidos -. Creo que la película…
- ¿Está seguro? -insiste, interrumpiéndonos de modo incisivo.
- Claro que estoy seguro -le contestamos, poniéndonos un poco nerviosos.
- Perdóneme, pero yo no lo encuentro seguro de lo me dice… -comenta el gerente.
- ¿Y usted que sabe? –se interpone nuestro amigo – ¿O nos está tomando el pelo?.
La pregunta de nuestro amigo inquieta al gerente que, pasados unos segundo desvía la mirada de nosotros para clavarla envenenadamente en los ojos de nuestro amigo. Lo mira unos segundos que parecen ocurrir en cámara lenta, mientras éste, por primera vez, parece arrepentirse de haber planteado el problema.
- Déjeme habar con su amigo, quiere -dice el gerente, sellando distancia.
- Esto es absurdo… -rezonga nuestro amigo abriendo los brazos y golpeando una señora que con su hija salía de una de las cajas. El gerente aprovecha para hablarnos.
- Mire, si a usted le ocurre lo mismo, entre conmigo a la oficina. De modo contrario, permítame dialogar con su amigo de manera privada, ¿de acuerdo? -nos dice, casi entre dientes.
- No nos venga con ese trato -interrumpe nuestro amigo, absolutamente molesto -. ¡Claro que nos ocurre lo mismo! ¡La película es una porquería y ustedes nos mintieron!
Algunas personas que pasan por ahí vuelven sus cabezas para ver qué ocurre y algunas cajeras se miran entre sí con preocupación sin dejar de vender entradas y mirándonos cada vez que decían “que la disfruten”. Entonces se acerca la encargada y solicita hablar con el gerente. Algo se dicen entre ellos que no logramos escuchar. Un momento después el gerente se nos acerca y nos pregunta:
- ¿Es verdad que usted ha esperado años para…? -se vuelve a la encargada quien le repite la frase – ¿Que ha esperado años para descargar una amargura como ésta con algún gerente de cine?
Nosotros, abrumados, miramos a la encargada con desprecio, pero ésta permanece inmutable.
- Dígame sí o no -insiste el gerente.
- Me refería a poder quejarse, digo, cuando una película es mala. Sólo a eso -decimos, molestos y avergonzados.
- Haga una cosa -nos propone el gerente con autoridad -, tómese un café ¿quiere? (le hace un gesto inequívoco a la encargada que con increíble diligencia camina hacía una máquina de café que hay en la parte posterior del mostrador), tómese un café y deje que yo hable con su amigo.
Esto último lo dice con una voz conciliadora y comprensiva que irrita a nuestro amigo, quien no puede evitar volver a rezongar. Pero nosotros nos percatamos de que la situación ya no es normal. Las cajeras nos siguen mirando de reojo, otras personas de traje se han acercado a las cajas para ver mejor, y dos encargados de seguridad se miran entre sí. Entonces calmamos a nuestro amigo pidiéndole que baje la voz con la mano y diciéndole que está todo bien, que lo esperamos ahí mismo.
- Estás loco -nos dice -, éste tipo nos está tomando el pelo…
- Bueno, a ver, caballero -vuelve a interrumpir el gerente -cálmese un momento o esta conversación no va a continuar ni aquí ni en mi oficina.
- Está bien, esta bien -dice nuestro amigo, levantando las manos y tratando de dominarse -, pero entramos los dos.
- Su amigo no quiere entrar -contesta el gerente, mirándonos con una elegante media sonrisa. Ciertamente, nosotros ya no sabemos si entrar o no y posiblemente el gerente tenga razón. Ahora se hace un silencio incómodo. El gerente, nuestro amigo y la encargada, a la distancia, esperan una respuesta de nosotros. Nuestro amigo nos mira, preocupado y molesto.
- Es verdad, prefiero esperar acá -decimos, sintiéndonos ridículos.
- No te puedo creer, no te lo puedo creer…
- Caballero, estamos grandes. ¿Qué quiere hacer? ¿Viene a mi oficina o se queda acá? -pregunta el gerente.
- Voy a entrar -murmura nuestro amigo como encaprichado y enojado con nosotros, que lo miramos tratando de trasmitirle el miedo que nos está dando la situación.
- Bueno, venga -dice el gerente y da media vuelta y empieza a caminar. Detrás de él, la encargada y nuestro amigo se pierden tras una puerta negra con un cartel que dice “Sólo personal autorizado”. La situación se distiende. El personal de seguridad se dispersa y los señores traje vuelven a sus lugares. Un momento después una de las cajeras nos acerca el café que ofreció el gerente, algo asustada, y en voz baja y temblorosa nos dice “váyase, señor, olvídese de su amigo para siempre”.

© 2007 Mariano Montenegro

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3 comentarios

  • At 2009.07.24 17:00, Emilio said:

    Excelente!!!
    Con este ganaste un concurso hace unos años?

    • At 2009.07.25 13:24, Mariano Montenegro said:

      Siiii, y ya no presenté más nada. Me retiré invicto. Jaja.

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      radio boing

      A veces saco fotos:

      Probando Flickr Móvil!15aniosdetrabajoforzadoferreterismopeatonalsliqui-dandorecurso-no-renovableCabrera, entregaFernando Cabrera, sólo

      Animal Sociable:

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