La idea es sencilla: encontrarte en esta inmensa foto de Adriano Morán y David Tesouro si es que, por esas cosas de la vida, estuviste en la plaza durante los festejos. Fácil de navegar, este trabajo del sitio español La Información es una suerte de regalo que suma a una celebración que aún se prolonga.
Nota: qué difícil titular esta cosa.
Twitter fue, sin dudas, una de las grandes decepciones del Mundial de Fútbol de Sudáfrica en materia de comunicación. Caído, clavado, trabado, lento, desaparecido, a destiempo, no estuvo nunca a la altura de las expectativas. Siendo este último Mundial el primero en el que las llamadas redes sociales jugarían un papel comunicativo fundamental, Twitter falló. Estuvo caído en la previa de los partidos más importantes y en los comentarios posteriores colapsó como un bar al que no pueden entrar tantos hinchas a ver un partido.
Un acierto simpático que tuvo fue la implementación de los Hashflag, una manera sencilla y breve de mencionar a una selección: el hashtag #arg colocaba una pequeña bandera de nuestro país. Lo mismo al escribir #bra #usa #ita #esp #por #ger etcétera.

De modo que antes, durante y después de cada encuentros (siempre que no estuviese caído) los usuarios hicieron uso de la herramienta. Precisamente, ese uso es el que rescata este muy interesante clip, basándose en las estadísticas generadas en http://Trendsmap.com/worldcup.
El uso más alto se registró en el hashflag #bra (Brasil, claro) y eso se refleja entre los segundos 35 y 42.
“Son muy caras las licencias“, me explica un tipo que edita un sitio de noticias donde, cada tanto, las imágenes dejan mucho que desear. “Usamos software gratuito“, se excusa. Es cierto, en nuestro país comprar, por ejemplo, una licencia completa del Adobe Creative Suite cuesta dos o tres sueldos de un editor. Y aunque el salto cualitativo puede tener un rédito insospechados en los visitantes, la mayoría de los propietarios (aquellos que definen la prioridad de la inversión) prefieren el misterio de un visitante al que “tal vez” no le interese la calidad de las fotos. Así estamos.
En medio de una centena de herramientas gratuitas, se destaca por su funcionalidad y por la cantidad de complejas herramientas (propias de una aplicación de escritorio) un editor llamado PIXLR. Vean:

PIXLR nos permite abrir una imagen desde nuestro disco o bien hacerlo desde una URL. Tendremos ahí las funciones básicas (cut, copy, paste, delete, rotate, etc) y las necesarias para editar una imagen (brillo, contraste, color, hue, balance, etc) Y una función muy particular, si tenemos en cuenta que se trata de un editor online: layers. Podremos sumar layers, escribir textos con una centena de tipografías y aplicar efectos:

Como podemos ver, PIXLR es lo más cercano a una versión reducida (no lo es tanto en lo referido al uso más frecuente de herramientas) de Adobe Photoshop que podemos encontrar. Tan sencillo como subir una foto y luego de modificarla, guardar. Así funciona este editor gratuito online que, entre otras cosas, incluye más de una docena de filtros, multilenguaje y una muy completa guía FAQ.
¿Dónde? Acá: PIXLR, photo editor online free.
01. Pero antes
Mucho se dijo de Dreamworks cuando estrenó Shrek. Se pretendió instalar la idea de que la historia del ogro rompía con la estructura clásica del cuento de hadas cuyo vehículo de propaganda más reconocido era la Disney y que, en cierta forma, Shrek se burlaba de los cánones y se mofaba en la propia cara del cuento estándar. Ciertamente, poco necesitó PIXAR para redoblar una apuesta tan tacaña: si Shrek se burlaba de las hadas, ¿qué decir de Toy Story 3 cuando convierte a un pequeño bebé en un maligno engranaje de esa maquinaria de torturas y trabajo controlado que es el jardín donde se desarrolla la historia? Sólo era una pregunta.

02. Ahora sí sobre los viajes de Big Baby
Así se llama, Big Baby, este personaje que debuta en la tercera parte de Toy Story. Que resulta tenebroso, eso puede uno confirmarlo en algunos de los grupos que creados en Facebook como éste o éste otro. No debería sorprendernos, siendo que para Lee Unkrich, el director, no existe alguna mejor película que The Shining (1980) de Stanley Kubrick.
Dicho esto, y volviendo al asunto de Big Baby y sus viajes, mucho me ha divertido (si es que eso nos ocurre) descubrir las fotos que retratan al perverso(*) personaje recorriendo el mundo junto a su creador mientras éste hace las giras de prensa de Toy Story 3. ¿Dónde? Pues por todo el mundo(**) ¿Dónde ver las fotos? Ah, bien, en la cuenta de Twitpic que Lee Unkrich mantiene con apasionado empeño. También se puede seguir el #hashtag #BigBabyWorldTour en Twitter. Aquí algunas:





(*) El que vio la película sabe que el término perverso es una licencia.
(**) Algo muy similar hizo Amelié con el enano de jardín de su padre.
Sabemos que un «teaser trailer» será ese conglomerado de dos minutos que no pretende ubicarnos en tiempo y espacio, ni revelar la trama de una historia, ni presentarnos un personaje nuevo. Eso, es lo que la Warner acaba de liberar. Siendo Harry Potter lo que es, un fenómeno global cuyo desenlace está al alcance de la mayoría de los mortales, poco valdría jugar el juego del misterio narrativo. Lo que ocurre al final, sencillamente, ya se sabe. Y el que no lo sabe, lo imagina.
Con un final dividido en dos partes Hollywood despedirá a este personaje luego de años de alegrías y millones. La primera, pronto, será en noviembre de 2010; mientras que la segunda parte de la última parte habrá que esperarla hasta julio de 2011.
La historia detrás de la muerte de Paul McCartney demanda mucho más de la fe que del convencimiento (si acaso una cosa no implicara la otra) y no soy, ciertamente, un tipo de mucha fe. Pero excepcionalmente, ha logrado mi cabeza abrazarse con afecto a esta hermosa leyenda, cercana al ensueño pero de límites ambiguos. El documental Paul McCartney is really dead reedita, con la pomposidad que los tiempos exigen, uno de los capítulos más apasionantes en la historia de esos cuatro muchachos de Liverpool. Disponible en DVD.
Hacer parodias con el logo de Clarín y subirlos a las redes sociales es, para muchos, una cómoda y feliz militancia. Algunos purretes que hace tres años no distinguían entre Editorial Atlántida, Perfil o Clarín, hoy se han convertido en populares paladines del Photoshop. No le hacen mal a nadie o, llegado el caso, aportan un granito de arena en la batalla por desenmascarar los intereses del grupo económico más poderoso del país. Enhorabuena por ellos.
Pero si de modificaciones al logo se trata, dudo que algún aficionado logre las muy oscuras sugerencias que se desprenden del rediseño oficial que Clarín presentó hace 24 horas. El hombrecito de Clarín ya se ha puesto el instrumento por el culo, se ha puesto de cabeza, a levantado banderas poco amables, se ha ahorcado, etc.; pero lo que jamás había hecho (y muchos estarán lamentando no haber visto pasar el colectivo) era suicidarse.

“El logo de Clarín parece Yabrán justo en ese momento“, fue lo que dijo @becube en Twitter el sábado a la mañana (y yo leí por un retweet de @fedeaikawa). Por la tarde, @martinfnovoa ya había hecho la maldad. Un rápido trabajo.
Mi espíritu bélico es nulo. Sin embargo (usted me dirá que soy un tipo poco perpicaz y tendrá razón) nunca me detuve a pensar que soy, desde mis ¿cuatro? ¿cinco años? uno más de los miles de fans de una película cuyo título refiere a la guerra: Star Wars. Cómo saberlo, tal vez imbuido en la llamada “mitología” de la saga, en cierta ensoñación que nos produce en aquellos que asistimos al universo de Star Wars cuando éramos unos diminutos botijas o porque, simplemente, no dimos lugar al pensamiento crítico aplicado a las pasiones; no sé, por algo de todo ello, jamás pensé en la obra de George Lucas como una obra bélica, algo que sin duda lo es. Aún con sus matices y sus filosofías y valores positivos, allí ocurre una guerra.

Pero esto lo pensé luego de repasar (vía Gran Angular) un trabajo realizado en Izisamile con características inquietantes y, al menos para mí, que invitan a la reflexión. Pese a ello, allí está presentado como “Si Star Wars hubiese existido en la vida real, hubiera sido mucho más divertido“. Lo dudo, pero el trabajo que hicieron me resultó interesante. Pueden verlo por acá.
Hoy pasé a ver cómo se desarrollaba el cierre de la emblemática disquería que, en calle San Luis al 1200, ve pasar las últimas horas del último local que permanece abierto al público. Antes de ingresar, las vidrieras ya nos ponen al tanto de la situación con algunos carteles que anuncian el cierre definitivo y otros con unas poco tentadoras rebajas del 15%. En pleno centro rosarino, lleno de mediodía y bocinazos, el local parece despedirse mientras cruza la puerta chica, un poco olvidado y un poco tapado por los vendedores callejeros, los colectivos y los transeúntes. Pero al ingresar, la cosa cambia. Es que allí, donde aún está la música, un sorprendente número de personas danzan el vals de las góndolas, apretados, pasitos de costado, revolviendo, toqueteando, husmeando, como si en todo aquello que se perderá anidara algo de nosotros.
Ciertamente, creo que no.
Como último eslabón de la larga cadena de una industria en crisis, las disquerías (en particular aquellas donde los vendedores se hacen llamar asesores y un agente de seguridad te considera un potencial ladrón al cruzar la puerta del comercio) han perdido utilidad. Y la llamada piratería, el gran chivo expiatorio en esta novela, es apenas un síntoma en los agitados hábitos de los consumidores. Lo que queda para algunos es la angustia, la amarga impotencia de ver cómo un negocio se vuelve obsoleto en sus propios bolsillos y, para otros, la esperanza sensata del cambio y la búsqueda de alternativas acordes al pulso de aquellos que amamos la música.
Hoy, en el local repleto de gente, sentí pena, pero nada de nostalgia.
Es un corto animado, pero cada vez menos me siento con voluntad de aclararlo en título. Es una maravilla cinematográfica de 13 minutos que bien vale invertir, en esa suerte de desplazamiento emocional que implica el cine. Desplazamiento que, bien me lo decía ayer Cristian Llamosas cuando me recomendaba la pieza, es la médula de esta particular y muy profunda historia escrita por Stéphane Piera y dirigida por Jérémy Clapin.

“Skhizein” cuenta de qué modo la vida de Henry es afectada cuando es alcanzado por un meteorito que no acaba con su vida, pero lo desplaza a unos exactos 91 cm de su cuerpo. Esta médula, que bien podría convertirse en la excusa de una comedia desopilante, cobra un angustioso dramatismo en la música de Nicolas Martin y la voz Julien Boisselier, en el desplazado cuerpo de Henry.
El desplazamiento, la posterior exclusión y la abrumadora idea de no pertenecer, anidan en la metáfora maravillosamente narrada que nos deja esta joya de animación. Pero prefiero no vaciar palabras que frente a esta lúcida y singular belleza, parecen estúpidas. Véanlo. Aquí lo dejo en dos partes para poder apreciar la versión subtitulada.
Skhizein, Parte I
Skhizein, Parte II
¡Gracias Cristian por esta recomendación!
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