Posts Tagged ‘Parto’

23 enero

¿Podrían los hombres ser madres?

Leo en Rosario3 una noticia que me atrapa y, a la vez, me da muchísima gracia. Es sobre dos presentadores de televisión holandeses que, más en búsqueda de rating que de respuestas científicas, aceptaron el desafío de “dar a luz”. Sí, se pusieron electrodos en sus panzas para simular el dolor de las contracciones y el trabajo de parto. Según el artículo, primero reían pero a los dos horas gritaban desesperados que les sacaran esos benditos parches… Y son muchas las mujeres, la gran mayoría, que tienen trabajos de parto de algo más de dos horas (cinco, nueve, doce!!!!).

La verdad es que siempre pensé cómo les iría a los hombres si tuvieran que atravesar el embarazo y el parto. Unos pocos, creo, saldrían airosos. Esos mismos hombres que aceptan desafíos como escalar el Everest, por ejemplo. Me los imagino del tipo Facundo Arana. Pero siempre tuve la impresión de que la gran mayoría no se levantaría del sillón durante nueve meses, en los que se pondrían de lo más quejosos. Tipo Homero Simpson. Y que saldrían corriendo y gritando cuando arrancaran las contracciones. Casi como en una escena de una sitcom norteamericana. ¿Prejuicio? Supongo. Qué mala soy…

Me gusta caer en ese prejuicio porque no es más que un pensamiento, que un juego. Más allá de ese filipino que le hizo creer al mundo que estaba embarazado, la naturaleza no permite (¿y la ciencia no la logrado todavía?) que los hombres sean quienes se embaracen. Entonces las mujeres, asociadas eternamente a ese rol, tenemos que hacer alguna gimnasia mental para sentirnos poderosas en esa instancia que, a decir verdad, a muchas nos da miedo. Es que no todas las mujeres somos tan valientes y tan fuertes como pregonamos. Supongo que la naturaleza nos hizo un poco más organizadas o prácticas. Por lo general. Pero el cansancio y las molestias del embarazo nos afectan y la ansiedad ante el parto siempre anda dando vueltas. Entonces qué mejor que usar esa instancia única como punto a favor en la guerra entre los sexos.

Otro tema para pensar: son muchos los padres que tienen el síndrome de embarazo. Es decir, que se marean y tienen dolores igual que sus panzonas mujeres. Algo que pone aún más locas a las futuras madres que tienen a su lado, porque lo que ellas esperan es que durante ese período en que pierden control de sus cuerpos debido al nuevo ser en su interior quien está a su lado las banque. No que sean ellas las que tengan que preocuparse por ellos. Y, créanme, a veces pasa que el hombre se pone más en el lugar de víctima y la panzona es la que se la pasa yendo de farmacia en doctor acompañando al muchacho, que no tiene otra cosa que un embarazo mental.

¿Qué piensan ustedes sobre hombres embarazados o pariendo, se la bancarían? ¿Tienen ustedes mi mismo prejuicio o imaginan que los hombres serían acaso mucho mejor madres que nosotras? ¿Les pasó que sus parejas sufrieron síntomas de embarazo o reaccionaron con dolor ante el parto? Arranca el debate.

3 agosto

“Varón”, dijo la partera

Tardó, se tomó su tiempo. Se hizo desear en más de un sentido. Pero el principito de la familia finalmente llegó.
Su hermana al nacer había salido a los gritos de la panza, el muchachito tardó unos segundos en llorar, que confieso se me hicieron eternos. Pero finalmente lloró, aunque quizá fue más una queja.
Y entonces lloramos todos, de felicidad.
La partera en realidad no dijo “varón”. La que habló fue la neonatóloga, que al ver salir al bebé lo llamó directamente por su nombre. Me dio impresión, era la primera vez que alguien nombraba a mi hijo.
Lo primero que pensé al verlo fue que era un bebé que parecía “hecho”. A ver si me explico: parecía un bebé formado, no recién nacido. Me sorprendió: con mi hija, me había pasado lo opuesto: al salir la vi tan chiquita.
Después lo apoyaron contra mi pecho, momento en el que aproveché para darle al principito la bienvenida a la familia de locos a la que llegó. Le dije que con su arribo la familia Insomne iba a ser más insomne aún pero que estaba bien, que sabíamos cómo venía la mano, que las ojeras eran pasajeras en este camino incierto pero reconfortante de la maternidad.

Las comparaciones son odiosas pero también inevitables: qué diferente aquel primer parto del segundo. El primer parto fue pura adrenalina, lo recuerdo casi como en escenas borrosas de una película. Había muchas dudas, mucho miedo, mucha expectativa.
Este segundo parto fue mucho más tranquilo. Quizá la experiencia previa ayudó, después de todo ya tenía algo de idea de lo que podía suceder. O habrá sido pura suerte.
Además, aquella primera vez el parto fue todo un “antes y un después”. Recuerdo con temor que no queríamos recibir el alta del sanatorio porque no sabíamos bien qué hacer con el padre insomne con un bebé en la casa.
Esta vez, tan diferente. El parto fue “parte de” un proceso, sabíamos qué pasaba, qué venía después. Incluso sentimos que el alta, que llegó bastante rápido, se demoraba más de lo que deseábamos.

Algunos dicen que bb2 es un calco de su hermana. Me da risa. ¿Cómo pueden saber a quién se parece si es tan chiquito? Como diría el Padre Insomne, nuestro bb2 se parece en este momento… a todos los bebés recién nacidos. Y al mismo tiempo, con toda i-lógica, es totalmente único.

La hermana, por suerte, anda en una etapa de enamoramiento con el recién llegado. A quien viene a casa ella le muestra a “su” bebé y festeja que “por fin salió”. Lo llena de besos, abrazos, un poco demasiado de amor para nuestro gusto, tanto amor que de a ratos nos hace transpirar, pero del amor bueno, del amor “este bebé es todo mío y lo quiero todo para mí”. Una madraza que todavía no tiene tres años.

El recuerdo imborrable del momento en que me entregaron a mi hija, hace casi tres años, fue el olor al champú con el que le habían lavado la cabeza a poco de salir de mi cuerpo. Durante meses, cuando la bañaba en casa con ese mismo producto, no podía evitar emocionarme y evocar aquel primer momento tan nuestro, aquel aroma tan especial. Pero este nuevo bebé vino asociado no al olfato sino al tacto: cuando toqué su piel por primera vez, al tenerlo sobre mí, cómo se acurrucó instintivamente contra mi pecho, cómo me miró con sus ojos grandes, bien abiertos, que parecían examinarme.

¿Cómo vivieron sus partos, a las que tienen más de un hijo? ¿Los sintieron parecidos o, como yo, tan diferentes?
¿Qué primer recuerdo asocian a la llegada del bebé: alguna imagen imborrable, algún olor, algún sonido?

14 julio

¡¡¡Se agrandó la familia insomne!!!

Estimados: ¡¡BB2 ha llegado a este mundo!! Así es, la familia insomne ya tiene sus cuatro integrantes. Prometo, apenas el cuerpo y la mente me lo permitan, aportar nuevos posts más insomnes que nunca. Ideas para escribir y anécdotas de esta segunda maternidad recién estrenada no faltan. Se acumulan sin que pueda articularlos en un texto. Es que por estos días, confieso, el tiempo se me escapa, parece volar. Por ahora: pañales, teta, sueño y mucha felicidad. En breve, volvemos. Un abrazo.

6 julio

El parto, según los más chicos

Ayer tardé en el baño un poco más de lo normal, lo admito. Con tremenda panza en tramo finalísimo de embarazo tardo para todo. Pero la que desesperó con la espera fue mi hija, de dos años y medio. Debo admitir que su grito lejano me sorprendió y me hizo estallar en carcajadas: “Mamá, ¿ya salió el bebé?”, quiso saber.

Planteó su pregunta intrigada porque su madre le había prometido volver “en un ratito” y estaba demorando. Y qué puede demorarla por estos días si no su gigantesca panza, claro. O, mejor dicho, lo que está dentro. Que, en algún momento, ella sabe y yo sé, va a salir. No sabemos cuándo. Parece que la panza es cómoda, demasiado cómoda, afuera hace frío. Pero en algún momento va a salir. Pronto, muy pronto.

“No, no salió”, le respondí cuando llegué a su pieza, ella rodeada por mil juguetes. Entonces me pidió, ilusionada: “¿No lo podés sacar vos al bebé?”. “No, no puedo. Lo saca la doctora”. “¿Vos no sabes?”. “No, no sé sacarlo sola. La doctora sabe”. “¿Y papá?”, lanzó, como última alternativa. Y no, ni mamá ni papá pueden, hay que esperar, no queda otra,  hija.

Me fascina cómo encaran los más chiquitos el tema del parto. Cómo se lo imaginan en sus mentes: un trámite de lo más simple. Digo, que un bebé “salga” debe ser como que “salga” cualquier otra cosa. Como abrir una puerta para “salir” a jugar quizá.

La hija de una amiga también embarazada tiene un enfoque de lo más práctico: aprieta la panzota de la madre, una y otra vez, y le insiste: “Dale, bebé, salí”.  Pero, por mucho que se empuje, si el bebé no quiere, si no es el momento, el bebé no sale.

Recuerdo las dudas de mis sobrinas en mi primer embarazo: querían saber cómo salía el bebé. Por dónde salía lo tenían más o menos claro: era por abajo. Pero ¿cuándo, cómo, por qué? Intenté ensayar una respuesta con más lógica materna que médica. Les dije que “abajo” era como un “elástico” que cuando el bebé estaba listo para salir empujaba y se abría. Ay, sí, hermosa esa versión del parto, ¿no? Lástima que tan elástico ahí abajo no es, ejem. Pero esa es otra historia, que se enteren un poco más grandes, decidí. Pero entonces insistieron: ¿si yo hacía fuerza en ese momento no salía? Nop. No era tan fácil.

Y cómo olvidar a la nena de una amiga, que insistía una y otra vez en que los bebés salían… por el ombligo. Ajá. Difícil el proceso sería, más complicado que como lo plantea la naturaleza. Pero bueno, que hay panza grande, algo adentro y justo en medio de la panza haya un agujerito da para pensar, ¿no?

¿Cómo encararon con hijos, sobrinos y niños en general el tema del parto? ¿Debieron también responder preguntas difíciles de responder? Un par de preguntas que podrían ser más, para que con sus respuestas me ayuden a matizar esta espera que en este momento se hace larga (eterna) aunque, ya sé, una vez que esté afuera de la panza el bebé me la voy a olvidar completamente…

Hay que admitirlo: el embarazo humano es, en parte, bastante inhumano. Nueve meses es mucho tiempo, mucho. Los gigantescos cambios corporales sumados a la convivencia con un bebé que no nació pero que ya se mueve como si estuviera afuera puede hacer que el embarazo se vuelva interminable, eterno. Y si se tiene otro niñito dando vueltas, como es mi caso, el tema se complejiza otro poco. Hay mucha demanda: interna y externa.

Por eso no les debe extrañar que este post se dedique a las infinitas recetas caseras que me pasan por estos días para adelantar el parto. No, no quiero que nazca mañana pero tampoco pretendo estirar la cosa hasta el último día. “Ayudemos a la naturaleza” es mi lema. Ja. En fin. Las recomendaciones más clásicas son dos: tener sexo (ajá, cerca de los nueve de panza les aseguro que es difícil de concretar por mil razones: hay que tener ganas, energía, hallar alguna postura cómoda y además lo más complicado es coordinar horarios con el padre insomne!) o caminar sin parar (bueno, si te dan las piernas, que a esta altura estan gigantes y si la panza no se te pone como roca cada media cuadra, un clásico).

También estuvo mi amiga, la que insistía en que había que limpiar toda la casa, de arriba a abajo. Algo tenía que ver con el instinto de anidar de la mujer previo al parto. Les juro, limpié. Pero agacharme es misión imposible. Y a los cinco minutos de la tarea me quiero tirar en el sillón, vencida.

Recuerdo en mi primer embarazo: cuando me dijeron que comiera mariscos y de postre torta de chocolate. No, no me gustan los mariscos. Y pensé que más que adelantar el parto con esa particular dieta me iba a dar una patada al hígado. La paso por acá en caso de que alguien se anime a probar. Chiflen si da resultado.

Otra alternativa es comida mexicana, por lo picante. Pero, auch, si tenés acidez, hemorroides o alguna de esas bonitas cosas que te agarran en el embarazo… mejor no te acerques. Terminás en el hospital pero no por las contracciones.

Ta bien. Me voy a relajar. Al final, no importa lo que hagas, la naturaleza algo de sabia tiene. El bebé sale cuando debe salir, cuando le agarran ganas, cuando es su tiempo. No hay marisco, caminata, limpieza o estrategia de seducción que le venga bien si no es su momento. A resignarse y a panzonear otro rato más. Besos.

¿Tres meses? ¿Cuatro? ¿Medio año? Difícil establecer un tiempo ideal de licencia por maternidad, lo que está claro es que es una necesidad lógica para toda madre. El final del embarazo e inicio de vida de un bebé es un tiempo de lo más complicado, hay que tener la cabeza puesta en eso y en nada más, porque no hay resto físico ni psíquico para el resto. Por eso me da bronca cuando escucho casos de mujeres que trabajan en negro que no pueden tomarse más de un par de semanas. Y también, confieso, me da envidia cuando leo de otras partes del mundo donde se pueden tomar hasta un año…

No hay una regla general. Conozco a mamás desesperadas por volver a la oficina cuanto antes y otras que lloraban los días previos a su reincorporación. Hay un tercer grupo que se desesperó por volver rápido y lloró a la vez. La maternidad te pone así, sensible y bastante ilógica. Supongo que depende de cómo cada una asuma la maternidad, de cuán estresante o demandante sea el trabajo, del ambiente en casa… y también de cómo sea tu relación con el bebé. Suma si al irte podés dejarlo tranquila en manos amigas, se complica cuando no tenés en claro cómo organizar tu nueva vida entre jardines y niñeras.

Son muchas las mujeres que “estiran” en los certificados su fecha de parto para poder estar más tiempo trabajando antes de que llegue el bebé y después disfrutar un extra en casa. Suena buena la idea, pero hay riesgos. Y además el cansancio en las últimas semanas se acumula sin dar tregua: no es digno seguir laburando con tremenda panzota, a riesgo de romper bolsa o empezar con contracciones mientras estás en una reunión o terminando un balance. Hacia el final de la panza, la panza ya es bebé, bebé armado que si bien áun está adentro no ha nacido por pura casualidad y puede hacerlo de un momento a otro. Nadie iría a la oficina con un bebé de pocos días adosado a su cuerpo. Bueno, tampoco es bueno ir con un bebé que está dispuesto a salir.

Pero también es injusto tener que dejar en casa a un bebé tan chiquito, que parece tan indefenso. Más cuando se complica coordinar las tetas, asegurarte los cuidadores, cuando no dormís nada y todo te parece confuso. Por eso es popular la idea de reducir el tiempo antes del parto y estirar lo que viene después.

Seguro que los primeros días que uno vuelve al trabajo tiene la mente en otra cosa… pero también es reconfortante. Como resumió una buena amiga, “¡Pude ir al baño sin pedir permiso!”. Esa fue su respuesta cuando la llamé para ver cómo le había ido el primer día en su regreso a la oficina. Ella admitió que sí, que había extrañado horrores al bebé, que había llorado a mares la noche anterior… pero me confesó sin culpa que volvió a sentirse “persona”, “independiente”, “algo más que teta”.

Así que vuelvo con las preguntas: ¿creen que existe un lapso ideal que debería durar la licencia por maternidad? ¿cuánto es mucho, cuánto es poco? ¿qué recuerdan de sus últimos tiempos en el trabajo y de su reincorporación?

31 mayo

Mejor no pregunten

–No, todavía no nació. Falta para mi fecha de parto. Sí, falta, en serio. Aunque tu hermana y tu vecina hayan parido antes de los nueves meses lo más común es que los bebés nazcan a las 40 semanas, que vendrían a ser nueve meses y unos días más. Así dicen los médicos que saben.

–No, no son mellizos. Mi obstetra dice que mi panza es tamaño normal. Sí, eso dice, en serio. Y le creo. Por algo estudió, ¿no? Imaginate cuántas panzas ve por día, je. Y vos ves la mía nomás.

–No, no aumenté más peso que la otra vez. Quizá es la ropa que tengo puesta hoy, quién sabe, viste que dicen que los colores claros agrandan y si encima ya estás grande… claro. Sí, tampoco es que me queden tantas opciones de donde elegir en mi placard, obvio.

–No, no pienso en tener el bebé ahora mientras estoy trabajando, relajate, me falta un poquito todavía para salir de licencia. Qué gracioso el chiste, ja, tenerlo en la oficina, que idea divertida, divertidísima. No puedo parar de reírme de lo divertido.

–No, los labios siempre los tengo hinchados, no creo que sea signo de que está por salir el bebé. Ah, el chiste de Angelina Jolie, nunca me lo hicieron, está bueno, sí, qué gracioso.

–No, no siempre tengo tantas ojeras pero últimamente me cuesta dormir. Sí, claro, imaginate con la panza no encontrás postura cómoda, el bebé que se mueve mucho, las piernas hinchadas, esas cosas. Sí, ya probé ponerme maquillaje pero se notan más las ojeras, creeme, mejor al natural, total. Ahora si vos me querés regalar un spa, lo charlamos. Eh, cómo arrugás.

–No, no siempre soy tan torpe, pero cuando tenés un bebé adentro el cuerpo se transforma mucho y, claro, llega un momento en que perdés toda elegancia. Sí, es como vos decís, uno empieza a caminar como un pato, esa es la imagen. Sí, sí, sé que es divertido verme tratar de buscar cosas que se me cayeron. Por eso es lindo cuando me ayudan a levantar cosas del piso, ¿me ayudás entonces?

–No, no estuve pensando mucho en el parto, prefiero no pensar en eso, todos nacimos y fuimos paridos, para qué pensar en eso, total, en algún momento sale y punto, ¿eh?

–No, ya te dije que falta para mi fecha de parto. Falta. Falta mucho. Dejá de preguntar.

Después se quejan y preguntan por qué las embarazadas tenemos mal humor.

Cuando quedé embarazada de mi primera hija, una amiga aún no madre me hizo notar uno de los muchos beneficios de mi situación, quizá el más obvio: no iba a menstruar por nueve meses (más los meses de lactancia) y así evitaría los clásicos trastornos mensuales de las mujeres en edad fértil, incluso los calambres y los dolores. Una vez que parí a mi hija, debí serle de lo más franca: los dolores menstruales no los evitás, sino que los “ahorrás” y los sentís todos juntos en el parto (el beneficio es relativo) y además le hice notar que estar embarazada es similar a sufrir un síndrome pre menstrual de nueve meses.

Sip, culpemos a las hormonas. Es el juego más bonito del embarazo. Cualquier rareza que sienta la embarazada podrá ser adjudicada durante nueve meses, e incluso algunos más por el tema posparto, a las hormonas. ¿Te devorás lo que te ponen a la vista e incluso le robás del plato a tu marido? Ay, estas hormonas. ¿Te levantaste sintiéndote una princesa panzona y al rato le ladrás a quien ose decirte algo de tu cuerpo porque te cruzaste un espejo y te viste Moby Dick? Nuevamente, las hormonas. ¿Hiciste apenas una cuadra para comprar el pan y a la vuelta te instalás en el sillón porque no das más? Hormonas, hormonas y hormonas. Incluso se las puede culpar por el crecimiento más rápido de los pelos de todo el cuerpo, por transpirar demasiado, por alguna mancha que te aparece en la cara, por tener el pelo inmanejable. Todo puede ser culpa de las hormonas.

Lo más probable es que no sepamos nunca si es justo culpar o no a las hormonas. Que el embarazo te cambia es un hecho: que crezca otro ser en tu interior te altera, te modifica. Es una condición que te pintan rosa, bonita, ideal pero que en la práctica te trae bastantes consecuencias molestas. Pero, insisto, no todas las cosas tienen que ver con el embarazo. Antes del embarazo y después de haber parido también vas a estar cansada, vas a tener días en que te vas a levantar con el pie izquierdo, vas a tener más hambre del que deberías. Les pasa a todos, a las no-embarazadas, a los hombres, a tu abuela, a tu hija de dos años. Pero, claro, el bulto movedizo en la panza es un justificativo ideal. El que intente argumentar, saldrá perdiendo. Les advierto: nunca se metan con una embarazada enojada. Su destino es perder. Son las hormonas. Y si resulta ser que ganan por alguna casualidad… la van a dejar toda llorosa y el resto del mundo los va a mirar como malvados. Así que no hay otra, habrá que dejarla ganar. Por el bien de la humanidad.

¿Están de acuerdo con mi teoría de que el embarazo es un síndrome pre menstrual que se siente eterno?  Admitan: ¿eran de las que culpaban forma excesiva a las hormonas? ¿Tienen alguna embarazada cerca y han sufrido las consecuencias?

7 febrero

Estoy embarazada: vení y contame tu parto

Difícilmente quiera uno escuchar detalles sobre un parto escabroso, esté o no embarazada. ¿Necesita uno saber el dolor que una mujer sintió, los puntos que le dieron, saber si usaron fórceps, alguna de esas adorables cosas? No, gracias, paso, mejor contame la última película que fuiste a ver o si el novio de tu prima la engañó con su ex. En serio. Tener un bebé en la panza parece ser el disparador para que alrededor se te junte una serie de gente que detalla, con primer plano cinematográfico, las desventuras vividas en el sanatorio. Como si vos estuvieses interesada, como si hubieses preguntado. Es como si llevaras una remera que tuviera escrita la frase “Vení y contame tu parto”. En lo personal, pienso que si no tenés una historia divertida o liviana para sumar mejor quedarse callada. Podés contar al pasar que tu parto fue largo o corto, que lo imaginaste así o no, alguna cosas más pero ya está. Focalizá en lo lindo de tener un bebé cerca, en el olorcito del recién nacido, criticá las visitas que coparon la pieza o los que no te fueron a saludar. Pero detallar demasiado el parto no sirve. No te pares media hora a contarme que tu obstetra no llegó, que a tu bebé no le detectaban los latidos, que eran tremendos los gritos de la de mujer de al lado en la sala de pre parto. No me aporta en absoluto. Mejor dale fuerzas a la embarazada para que junte coraje para traer a su bebé al mundo. Porque cuando uno está con panza cualquier situación sensible te pone más sensible aún y cualquier pavada que te cuenten sobre un parto se te puede quedar rondando en la cabeza. Yo sé que la mayoría de las historias de parto que me cuentan llegan con buena onda y la abrumadorísima mayoría terminan bien (en realidad, todas: sé que me mienten y no me cuentan las excepciones que terminaron mal y lo agradezco infinitamente). Las más graciosas son las madres que te dicen “Y apenas nació me olvidé de todo lo vivido”. Ajá, pienso. ¿¿Y si te olvidaste porqué me lo estás contando a mí en super detalle y a cualquier piba con panza que te rodee??
Supongo que puedo reflexionar con ironía al respecto porque no soy primeriza. Con la primera panza, empezaban a contarme un parto y huía. No quería saber nada, escapaba físicamente si podía y si no daba la situación cerraba mentalmente los oídos. Después de tener mi parto noté que contarlo me exorcizaba, me ayudaba a sacarme de encima ese peso de “Auch, salió, dolió, me asusté… pero fue todo bárbaro”. Intenté contarlo a amigas y familiares ya madres y no asustar a las aún-no-madres (pido perdón al par de aún-no-madres que escucharon la historia, no pude evitarlo!!!). De modo que entiendo un poco más ahora a las mamás que me vienen con sus historias, un poco me divierte escucharlas, pero tampoco la pavada, eh!?

A confesarse: ¿Las asustaron durante sus panzas con terroríficas historias de partos? ¿Son ustedes de las que persiguen a las embarazadas contandoles detalles de cómo trajeron a sus hijos a este mundo?

31 octubre

Esa curiosa relación entre la embarazada y su obstetra

“Y me dio el alta. Siento que me abandonó”. Traté de no reírme porque hablaba en serio, pero se me hizo difícil. Mi amiga, madre hace cuarenta días de un rozagante bebé, me contaba el sentimiento de tristeza que le había generado su más reciente visita al obstetra. Y no mentía. Me aseguraba, muy acongojada, que tras nueve meses de compartir sus miedos, sus dudas y sus angustias con el médico se había establecido una relación de confianza que había crecido tanto como su panza. Y que incluso en las largas horas de trabajo de parto se había afianzado ese vínculo, que se había visto coronado por el nacimiento del bebé. Me confesó que ella había demorado lo máximo posible esta última visita al consultorio porque sabía lo que venía. “Me dijo que ya estoy bien, que consulte con el ginecólogo cuando quiera dejar de dar la teta o para un PAP en unos meses”, me lloriqueó, sin entender que el profesional le daba en realidad una buena noticia.

Pobres y dedicados obstetras, siempre acosados por mujeres panzonas llenas de dudas, recibiendo llamados a toda hora. Quién no los ha puteado por haber quedado colgada en la sala de espera, al verlos salir corriendo para hacer una cesárea de emergencia. La bronca es lógica pero no da lugar a enojo: uno piensa si en el futuro no será una la responsable de dejar varados a los demás pacientes.

No son todos iguales: están los que te tratan de “mami” y te abrazan, ideales para las que buscan contención; también los hay más respetuosos y profesionales. No da para elegirlos a dedo entre los profesionales de la cartilla que te ofrece la obra social: uno pregunta a conocidos, chequea antecedentes. Como diría mi tía: tenés que realmente confiar en tu médico de cabecera, tu psicólogo y tu ginecólogo. Y, bueno, en vez de ginecólogo léase “obstetra”, es lo mismo.  Aunque, al final, la elección siempre se remite a lo mismo: cuestión de piel.

Recuerdo el caso de una mamá de la clase de preparto: llegó de siete meses y comentando, al pasar, que había visitado a tres obstetras antes de decidirse, hacía poco. Otras se habían definido por el médico que había atendido el reciente parto de una amiga, incluso una había elegido al mismo profesional que la había traído a ella al mundo. Pensé entonces qué suerte tenía yo: mi ginecóloga es además obstetra, más que elección sentí una lógica continuidad.

El tema con los obstetras, como le pasa a mi amiga, es bastante particular. ¿Cómo no establecer una relación especial con quien te cuidó en un momento sensible de tu vida y además oficio de medium para traer a tu hijo al mundo? Se entiende: después de depositar tanta confianza en el profesional, es difícil desprenderse del vínculo.

“¿Quién me va a dar contención ahora, el pediatra?”, me preguntó mi amiga. No, no es lo mismo un pediatra que un obstetra. Pero al menos se tiene a otro profesional enfrente para acribillarlo a preguntas, actividad digna de toda madre que se precie de tal.

¿Cómo eligieron ustedes a su obstetra? ¿Fue “amor a primera vista” o visitaron varios consultorios antes de decidirse? ¿Les tocó vivir esas esperas interminables fuera del consultorio mientras el profesional se había ido a atender a las corridas un parto? Confiesen: ¿Lo extrañaron después del parto?

15 abril

Para los que preguntan: no, todavía no nació

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Bajó la panza. Cambió la luna. Hasta hubo una tormenta. Pero nada, el bebé sigue en la panza, hay que seguir esperando. Llega un mensajito, después otro y al ratito otro más. Todos con un texto muy parecido. En resumen: “¿Novedades? ¿Ya nació?”. “Nooooo” es respuesta. Aunque en realidad se quiera escribir “Noooooo, todavía no salió y estoy por enloquecer, juro que voy a avisar cuando salga, dejen de hinchar que me están poniendo más ansiosa”.

Pobre. Mi prima está a punto de parir. En realidad, está “a punto de parir” hace ya varios días. Y me hace acordar a mí, en la semana previa al parto. Todos me preguntaban, con la mejor onda, si ya tenía síntomas, si el bebé estaba por nacer, si yo sentía algo diferente. Y no, nada de nada, ni contracciones ni incluso en mi caso panza abajo. Y yo quería novedades, yo deseaba tremendamente que el bebé saliera de una vez, el embarazo se me hacía a esa altura eterno. Pero no, no había novedades. Lo que me indignaba era que  sí nacían bebés con fechas de parto posteriores a la mía. Lo confieso: me daba muchísima bronca (no valía!!! me tocaba a mí!!). Realmente envidiaba a las madres que no habían transitado esa última etapa, que habían tenido a sus bebés antes de tiempo o casi a fecha, pero jamás después. Ok, no es ideal tener un bebé en forma anticipada. Puede haber complicaciones, claro. Pero tampoco envidio a quienes tienen el bolso super armado y lo ven llenarse de telas de araña. Y le agregan y sacan cosas al bolso cada día que pasa, ya como hobby. No envidio para nada a quienes marcan con crucecitas en el calendario el paso de esos últimos, larguísimos y lentísimos, días previos al parto. Lo más loco es que, cuando por fin ocurre el nacimiento, lo previo queda como en nebulosa. Ya no importa. Lo importante está ahí, en la cuna, llorando y reclamando atención, siempre dormido cuando llegan las visitas.

¿Ustedes fueron de las que tuvieron que esperar largo tiempo para el parto o se les adelantó? ¿Si fueron de las primeras, también sufrieron el dulce embate de consultas por parte de amigos y familiares? ¿Hay alguna forma de pasar bien esta última etapa?

18 febrero

¿”Parirás a tus hijos con dolor” o con peridural?

Tengo una amiga que, incluso antes de quedar embarazada, tenía claro lo que quería. Ni nena, ni nene. Ella quería la peridural. Y así fue. No “parió con dolor” como plantea la Biblia. Tuvo un trabajo de parto no demasiado extenso ni doloroso, cuando las cosas se pusieron feas hacia el final pidió anestesia y pudo disfrutar (sí, ella usa esa palabra “disfrutar”) del proceso de ver salir a su bebé. “¿Disfrutar?¿Pero esa piba está loca?”. Mi prima se enerva cada vez que mi amiga cuenta su parto. Es que mi prima no tuvo tanta suerte: pidió anestesia pero para cuando se desocupó el anestesista ella estaba ya demasiado dilatada, era tarde. A cualquiera que escuche su relato le queda más que claro que ella no pudo “disfrutar” de la salida de su niñito. No la “disfrutó” en absoluto, por decirlo de una manera elegante que no asuste a quien no ha pasado aún por la experiencia de la maternidad (que pese al dolor vale la pena, tampoco es para echarse atrás).

Para completar el muestrario, basta mencionar el caso de mi vecina: ella está embarazada de seis meses y quiere parir “como manda la naturaleza”. Cuando le preguntan si catorce horas de trabajo de parto no van a quebrarla ella dice que la peridural es un invento “reciente”, que millones de mujeres no la necesitaron para continuar con la especie y, de yapa, saca un papelito donde tiene anotados todos los “contra” (que atonta al bebé, que no favorece la lactancia, que puede alargar el parto). Lista que es rebatida, ítem por ítem, por mi amiga, que grita feliz a cuatro vientos que ella tendría mil hijos siempre que le den la peridural. “¿Hay gente que piensa realmente que por sentir más dolor será más madre?”, se indigna. Pero más indignada se la escucha a mi prima, que sigue puteando al anestesista por haber demorado demasiado.

En paralelo hay una cruda realidad: las tres mujeres citadas dieron a luz o lo harán en un sanatorio. Según me confirmó una amiga obstetra, es altísimo el porcentaje de “peridurales” en las instituciones privadas mientras que en las maternidades públicas se aplica en muy pocos casos.

Es indudable que el umbral del dolor cambia según la persona por lo cual es complicado analizar un parto desde afuera. Imposible ponerse en los zapatos de quien está por dar a luz a menos que se esté con tremenda panza, sintiendo contracciones cada vez más intensas, a lo que se suma el cansancio del tramo final del embarazo y los miedos sobre lo que está pasando y lo que está por venir. 

 ¿La peridural es un derecho de las parturientas? ¿Se usa acaso más o menos de lo necesario por motivos económicos? ¿Son más los “pro” que los “contra”? ¿O los “contra” que los “pro”? ¿Hay acaso que parir a los hijos “con dolor”?

dnichupetePedido solidario: así como a las embarazadas se les entrega una lista de ítems que deben llevar al sanatorio cuando se vaya a parir, se debería entregar también a los padres de recién nacidos una guía de trámites a realizar en las primeras semanas de vida del bebé. Puede que las listas de los sanatorios muchas veces no se entiendan (durante mucho tiempo no supe bien qué eran las “ranitas” y debí llevar el papelito cuando iba a comprar) pero al menos existen, aunque sea para criticarlas. En el caso de los trámites, se está en un terreno pantanoso. De por sí hacer trámites no es algo divertido, pero mucho menos lo es cuando uno acaba de convertirse en madre/padre, lleva días sin dormir y la capacidad de raciocinio se encuentra limitada. Read the rest of this entry »

6 septiembre

Basta de parir cualquier cosa en cualquier lado

partopollo“No hay parto que no sea doloroso”. La frase me llamó la atención apenas la leí, por lo que hice click en el sitio web del diario nacional que estaba visitando para ver qué artículo se escondía detrás. Y me desilucioné. No era una nota vinculada a la maternidad o a la llegada de un bebé. No. Fue el desafortunado título elegido por el escritor Mempo Giardinelli para describir el fin de una etapa y el comienzo de otra en el marco del debate sobre la ley de medios. Lo confieso: odio cuando escucho en los medios, pero también en conversaciones cotidianas, utilizar la palabra “parto” cuando no hablan de dar a luz a un bebé. Sí, seguro, antes de convertirme en madre yo también caía en ese error. Pero una vez que pasé por la sala de partos jamás volví a utilizar casualmente ese término. No puedo. No me sale. Read the rest of this entry »

9 agosto

Dime cómo fue tu parto y te diré quién eres

partobebe

Interesante debate tuve este fin de semana con unas amigas, mientras compartíamos un almuerzo (cochecito incluido) en un bar frente al río. No recuerdo cómo pero en determinado momento de la conversación nos encontramos discutiendo sobre los partos. Se habló del caso aquel de la madre con cesárea frustrada porque su cuerpo no había respondido al mandato de la naturaleza, también de aquella que había dado a luz en forma natural pero que puteaba a Dios y al universo porque había llegado al hospital demasiado dilatada para recibir la peridural, incluso de la vecina que forzó al obstetra a adelantar el parto para que su coqueta madre conociera al nieto antes de irse a Europa. Read the rest of this entry »