Posts Tagged ‘historias’

26 octubre

Cuando comer chicle te deja los ojos cuadrados

De chica siempre me decían que si me tragaba un chicle me iba a salir una planta del ombligo. Esa horrenda imagen de algo verde creciendo desde el centro de mi panza me trajo incluso pesadillas, pero fue de lo más efectiva: jamás en la vida me trague un chicle. Mi primo se hizo fanático de la espinaca a fuerza de que mi tío le repitiera que sólo siguiendo la misma dieta de Popeye iba a poder tener brazos fuertes y dejar de ser blanco fácil de las bromas de sus compañeros de colegio. Una vecinita que hacía más muecas que Jim Carrey logró ser silenciada por la mamá, a fuerza de repetirle que si hacía mucho una misma mueca la cara le iba a quedar eternamente en ese gesto. A mi mejor amiga y su hermano, en su infancia, la madre los perseguía con El temible Hombre de la Bolsa (ahora que lo pienso, el flaco ese seguro trababaja en Wall Street, pero es otro tema).
A lo lejos, siento algo de nostalgia por esas mentiritas blancas que ahorraban grandes explicaciones y siempre tenían, o aspiraban tener, buenas intenciones. La lógica, claro está, quedaba a veces un poco fuera de la ecuación.
En la actualidad, como madre, suelo escuchar de otras madres y padres explicaciones poco coherentes para terminar discusiones con sus hijos, explicaciones que suelen dejar relegada a la vieja y querida plantita-chicle y que hacen palidecer al Hombre de la Bolsa.
Mi hermana, por ejemplo, es una gran “explicadora”. Me enteré porque una vez les dije a mis sobrinas que no vieran tele tan de cerca “porque les iba a doler la cabeza” y ellas me corrigieron: me dijeron que en realidad lo que les iba a pasar era que les iban a quedar “los ojos cuadrados”. No pude contener la risa, mientras mi hermana me miraba con cara de retarme si osaba decir la verdad.
Otra amiga, algo malvada, aseguraba a sus hijos que había que ordenar los juguetes antes de irse a dormir porque si no “se enojaban y se iban”. Inspirada en Toy Story, les decía que si no le creían solo bastaba ver alguna de las tres películas. Por las dudas, los chicos siempre recogen. Sí, una mentirita más efectiva que la cancioncita “A guardar, a guardar, cada cosa en su lugar”.
Una amiga aportó otra anécdota aún más graciosa. El hijo de una compañera de su trabajo estaba en edad de dejar la mamadera pero no quería. La madre entonces llegó un día a casa con una hermosa taza y le dijo: “Me crucé en la esquina con el Hombre Araña que me la dio especialmente para vos”. Y sí, señores, el niñito abandonó la mamadera en un abrir y cerrar de ojos, la fuerza de los superhéroes.

A mí no me va el “porque sí”, tampoco suelo inventar demasiado. Siempre termino explicando de más y trato a los más chicos como si fueran adultos, así que tiendo contar grandes verdades… ¡aunque mi hija entienda apenas un sexto de lo que le estoy explicando, dada su edad! Está claro que explicar las cosas tal cual son muchas veces es complicado y no resulta. Por supuesto, tampoco es divertido.

¿Recuerdan ustedes alguna mentirita blanca que los haya perseguido en su infancia? Desde que se convirtieron en madres o padres, ¿usan ustedes las mentiritas también o prefieren la verdad a secas?

18 mayo

Las trampas del seductor “Había una vez”

cuentosA los chicos les encantan los cuentos. Durante el día solemos leer con mi hija varios cuentos impresos, admiramos los dibujos y me pide que lea una y otra vez los textos, que yo siempre cambio un poco para no aburrir. Pero en especial a mi hija le encanta que le invente narraciones antes de ir a la cama, disfruta mucho imaginando lo que le voy contando, sin guión, sin saber para qué lado voy. Mi receta es simple: mezclo situaciones propias de su rutina con elementos fantásticos. Es así como le cuento la historia de una nena que fue a la plaza y se encontró con una princesa, que volaron juntas hasta un castillo, bailaron en una fiesta… y después la nena volvió a su casa, se bañó, se lavó los dientes y se fue a dormir sin chupete (no puedo evitarlo, la fantasía siempre viene combinada en mi caso con algún planteo didáctico). Ella se ríe. Y pide más.

En los últimos meses, fui afinando mi instinto de cuentacuentos. Y ella se volvió algo más específica en sus reclamos. Ahora me pide que incluya a tal o cual compañerito de jardín en el relato. O que la narración sea protagonizada, por ejemplo, por un “dinosario rosa”.  Y no se contenta cuando terminan los cuentos: quiere que la historia siga o que venga otra. Y hace sus aportes incluso: cuando no logro terminar una frase, ella hace sugerencias.

Algo llamativo sucedió hace una semana: se incorporó el padre insomne a la rutina de los cuentos. Al principio me preocupé un poco. Ambicioso, el muchacho incluía complejas palabras que su hija no conocía, con lo cual se topaba con incómodos “¿qué?” y “¿po qué?” todo el tiempo, lo que trababa bastante su narración. Resultado: ya no se acordaba lo que había contado y empezaba de nuevo, o seguía de cualquier manera con otros personajes. A eso le debemos sumar un dato no menor: las particulares historias del padre insomne son más propias de Freddy Krugger que de Cenicienta, con la cual la niñita terminaba a veces asustada. En uno de sus últimos cuentos, por ejemplo, había un enano con pelo negro y nariz roja que perseguía a un nene en un parque. El considera que sumar elementos raros es gracioso, pero a mi no me gusta: cualquier material que pueda convetirse en pesadillas tiene mi veto.

En el último par de noches, sin embargo, aprendí a relajarme. La razón es simple: me doy cuenta de que mi hija disfruta igual, sin importar demasiado el contenido de la fábula de turno. Lo que quiere, en realidad, es estirar ese momento nocturno de fantasía, de mimos. Quiere tener un rato con papá o mamá, para no tener que irse a dormir. Me rindo ante la evidencia: sea Freddy Kruger o una princesa, ella se muestra de lo más feliz, como si comiera perdices (o, en su caso, fideitos con manteca).

¿Suelen contar cuentos a sus hijos? ¿Lo hacen antes de dormir o en cualquier momento del día? ¿Tienen alguna técnica para armar las narraciones? ¿Sienten también que es un momento con magia?

7 febrero

Estoy embarazada: vení y contame tu parto

Difícilmente quiera uno escuchar detalles sobre un parto escabroso, esté o no embarazada. ¿Necesita uno saber el dolor que una mujer sintió, los puntos que le dieron, saber si usaron fórceps, alguna de esas adorables cosas? No, gracias, paso, mejor contame la última película que fuiste a ver o si el novio de tu prima la engañó con su ex. En serio. Tener un bebé en la panza parece ser el disparador para que alrededor se te junte una serie de gente que detalla, con primer plano cinematográfico, las desventuras vividas en el sanatorio. Como si vos estuvieses interesada, como si hubieses preguntado. Es como si llevaras una remera que tuviera escrita la frase “Vení y contame tu parto”. En lo personal, pienso que si no tenés una historia divertida o liviana para sumar mejor quedarse callada. Podés contar al pasar que tu parto fue largo o corto, que lo imaginaste así o no, alguna cosas más pero ya está. Focalizá en lo lindo de tener un bebé cerca, en el olorcito del recién nacido, criticá las visitas que coparon la pieza o los que no te fueron a saludar. Pero detallar demasiado el parto no sirve. No te pares media hora a contarme que tu obstetra no llegó, que a tu bebé no le detectaban los latidos, que eran tremendos los gritos de la de mujer de al lado en la sala de pre parto. No me aporta en absoluto. Mejor dale fuerzas a la embarazada para que junte coraje para traer a su bebé al mundo. Porque cuando uno está con panza cualquier situación sensible te pone más sensible aún y cualquier pavada que te cuenten sobre un parto se te puede quedar rondando en la cabeza. Yo sé que la mayoría de las historias de parto que me cuentan llegan con buena onda y la abrumadorísima mayoría terminan bien (en realidad, todas: sé que me mienten y no me cuentan las excepciones que terminaron mal y lo agradezco infinitamente). Las más graciosas son las madres que te dicen “Y apenas nació me olvidé de todo lo vivido”. Ajá, pienso. ¿¿Y si te olvidaste porqué me lo estás contando a mí en super detalle y a cualquier piba con panza que te rodee??
Supongo que puedo reflexionar con ironía al respecto porque no soy primeriza. Con la primera panza, empezaban a contarme un parto y huía. No quería saber nada, escapaba físicamente si podía y si no daba la situación cerraba mentalmente los oídos. Después de tener mi parto noté que contarlo me exorcizaba, me ayudaba a sacarme de encima ese peso de “Auch, salió, dolió, me asusté… pero fue todo bárbaro”. Intenté contarlo a amigas y familiares ya madres y no asustar a las aún-no-madres (pido perdón al par de aún-no-madres que escucharon la historia, no pude evitarlo!!!). De modo que entiendo un poco más ahora a las mamás que me vienen con sus historias, un poco me divierte escucharlas, pero tampoco la pavada, eh!?

A confesarse: ¿Las asustaron durante sus panzas con terroríficas historias de partos? ¿Son ustedes de las que persiguen a las embarazadas contandoles detalles de cómo trajeron a sus hijos a este mundo?