Posts Tagged ‘niños’

Confieso: la primera vez que lo ví en la calle se me heló la sangre. Lo detesté con cada fibra de mi ser. La mamá debe haber tenido unos cuarenta años, el nene dos y la nena cuatro. La mujer llevaba a los chicos con una especie de manojo de cuerdas, que terminaban unidas en sus manos. Como una correa de perros, bah. Pero con dibujitos infantiles. En aquel momento, digo, cuando lo ví al arnés sin saber aún lo que era, odié la idea. Pensé que era algo inhumano. Que yo jamás lo compraría. Que ninguno de mis amigos lo haría. Poco después una abuela de mi entorno lo comenzó a usar y me vi obligada a volver a reflexionar sobre el tema, comencé a pensarlo como algo no tan extraño.

Y no, no es que me haya comprado ahora un arnés. O que esté por encargar uno. Pero con dos niños les juro que hay momentos que pienso qué útil sería. Es que a veces caminando por la calle tengo que agarrar con fuerza la mano de mi hija de tres años para que no salga corriendo para ver al perro que está en la esquina, para que no se quede mirando extasiada la vidriera del kiosco, para que no salga disparada cuando la ve a la abuela en la verede de enfrente. A todo esto, el hermanito aún está en cochecito. Pero, mamita, cuando lo abandone sé que voy a estar perdida. Porque el más pequeño me salió bastante activo, muy inquieto, presumo que va a querer recorrer el mundo apenas pueda poner un pie tras el otro con cierto equilibrio. Y nada me indica que la niña vaya a calmarse cuando eso suceda Así que, hoy por hoy, pensar en socializar a futuro me da miedo, pienso en los peligros de las pocas cuadras que tenemos hasta la plaza, en alguna ocasional salida al centro, visitas a casas de amigos cercanos. Mis miedos jamás van a hacer que me quede en casa, aclaro. Pero igual, ahí están.

Y vuelvo a pensar en el arnés. No sé dónde los venden ni cuánto cuestan. No sé si se están poniendo de moda, pero ya vi varios en la calle. ¿Serán cómodos?, pienso. Sigo creyendo que parecen correas para perros y que los chicos no son animales. Pero también pienso mucho en la seguridad de los chicos. Veo a veces padres corriendo por las veredas en busca de sus vástagos, veo autos que no paran en la senda peatonal aunque tengas cochecito y niña colgada de él, veo niños muy desobedientes que huyen apenas pueden. Y ya no lo detesto tanto al arnés, ahora dudo.

¿Conocen ustedes los arneses para chicos? ¿Alguna vez los usaron? ¿No creen que se parecen demasiado a las correas de perros? ¿Consideran que son una buena opción para controlar a los chicos en espacios públicos?

22 febrero

¡¡Volvé, siesta, te extrañamos!!

Cuando uno es chico, la siesta no es algo agradable. Te obligan a dejar de jugar por un rato, de ver televisión o lo que fuera que estuvieras haciendo. ¿Y todo para qué? Para aburrirte en tu pieza. Te ponen en tu cama y te piden: “Dormí”. No tiene ninguna gracia.
Pero resulta que para los adultos la siesta tiene muchísima gracia. Madres y padres aprovechan ese ratito de tranquilidad para hacer lo que no pueden hacer en otro momento. Dormir también, lo ideal. Pero también bañarse, ordenar, poner el lavarropa (colgar la ropa), hablar por teléfono, lo que sea, la lista es larga, larguísima.
Además, la siesta sirve para bajar un poco las revoluciones de los más chicos. Para ponerles una pausa a su día, para hacer que estiren más a la noche y no se caigan de sueño a mitad de la cena. Para que, a medida que se acerca el final del día, no se pongan irritables, ni locos.

El tema es, amigos y amigas, que en la vida de todo padre de niño de dos, tres o cuatro años llega un momento tremendo: cuando los chicos se niegan a la siesta.
Cuando no hay promesa, caramelo ni sábana de kity que los convenza. Cuando te ponen la cara de “no”, y te dicen el “no” y todo su cuerpo se niega. Siguen jugando como nada. Te ignoran.
Y aunque los arrastres y los metas de prepo en la cama, cierres la cortina y cantes el “Duermete niño”… no te duermen. Sí, juro que probé. “Vamos, a la cama, ponete adentro, cerrá los ojos y pensá en cualquier cosa. Si no querés dormir, descansá al menos un rato”. “¿Qué es descansá?”, me mira mi hija. “No quiero descansá”, desafía. Aún desde su ignorancia, presume que “descansar” estará seguramente muy cerca de “dormir”, algo que no quiere hacer. Sin embargo, son dos verbos que su mamá adora y extraña.

¿Qué hacer ante los rebeldes de la siesta? ¿Hay alguna técnica para que sigan durmiendo? ¿Cómo sobrevivir sin pausa en el día, como no querer matarlos hacia el final del día?

24 noviembre

Preguntas sin respuesta

La “insomnidad” continúa. Ante la imposibilidad de articular textos, reproduzco a continuación una serie de diálogos entablados con mi hija de casi tres años. Ella, claramente, está mucho más despierta que yo.

- Mami, ¿qué hay adentro de esa panza?
- Un bebé.
- ¿Y adentro del bebé?
- …

- Si comés toda la comida hay un postre rico.
- ¿Puedo comer todo el postre y de postre el postre?
- …

- Ponete las zapatillas, no andes en medias que las ensucias.
- ¿Me saco medias?
- No, porque entonces te ensucias los pies.
- ¿Me saco los pies?
-…

- ¿Qué día es?
- Domingo, no hay jardín.
- ¿Porque se casa Piringo?
- …

¿Quieren sumar algunos diálogos y perlitas del habla de sus niñitos? Vamos, que algunas son para encuadrar.

6 julio

El parto, según los más chicos

Ayer tardé en el baño un poco más de lo normal, lo admito. Con tremenda panza en tramo finalísimo de embarazo tardo para todo. Pero la que desesperó con la espera fue mi hija, de dos años y medio. Debo admitir que su grito lejano me sorprendió y me hizo estallar en carcajadas: “Mamá, ¿ya salió el bebé?”, quiso saber.

Planteó su pregunta intrigada porque su madre le había prometido volver “en un ratito” y estaba demorando. Y qué puede demorarla por estos días si no su gigantesca panza, claro. O, mejor dicho, lo que está dentro. Que, en algún momento, ella sabe y yo sé, va a salir. No sabemos cuándo. Parece que la panza es cómoda, demasiado cómoda, afuera hace frío. Pero en algún momento va a salir. Pronto, muy pronto.

“No, no salió”, le respondí cuando llegué a su pieza, ella rodeada por mil juguetes. Entonces me pidió, ilusionada: “¿No lo podés sacar vos al bebé?”. “No, no puedo. Lo saca la doctora”. “¿Vos no sabes?”. “No, no sé sacarlo sola. La doctora sabe”. “¿Y papá?”, lanzó, como última alternativa. Y no, ni mamá ni papá pueden, hay que esperar, no queda otra,  hija.

Me fascina cómo encaran los más chiquitos el tema del parto. Cómo se lo imaginan en sus mentes: un trámite de lo más simple. Digo, que un bebé “salga” debe ser como que “salga” cualquier otra cosa. Como abrir una puerta para “salir” a jugar quizá.

La hija de una amiga también embarazada tiene un enfoque de lo más práctico: aprieta la panzota de la madre, una y otra vez, y le insiste: “Dale, bebé, salí”.  Pero, por mucho que se empuje, si el bebé no quiere, si no es el momento, el bebé no sale.

Recuerdo las dudas de mis sobrinas en mi primer embarazo: querían saber cómo salía el bebé. Por dónde salía lo tenían más o menos claro: era por abajo. Pero ¿cuándo, cómo, por qué? Intenté ensayar una respuesta con más lógica materna que médica. Les dije que “abajo” era como un “elástico” que cuando el bebé estaba listo para salir empujaba y se abría. Ay, sí, hermosa esa versión del parto, ¿no? Lástima que tan elástico ahí abajo no es, ejem. Pero esa es otra historia, que se enteren un poco más grandes, decidí. Pero entonces insistieron: ¿si yo hacía fuerza en ese momento no salía? Nop. No era tan fácil.

Y cómo olvidar a la nena de una amiga, que insistía una y otra vez en que los bebés salían… por el ombligo. Ajá. Difícil el proceso sería, más complicado que como lo plantea la naturaleza. Pero bueno, que hay panza grande, algo adentro y justo en medio de la panza haya un agujerito da para pensar, ¿no?

¿Cómo encararon con hijos, sobrinos y niños en general el tema del parto? ¿Debieron también responder preguntas difíciles de responder? Un par de preguntas que podrían ser más, para que con sus respuestas me ayuden a matizar esta espera que en este momento se hace larga (eterna) aunque, ya sé, una vez que esté afuera de la panza el bebé me la voy a olvidar completamente…

18 junio

Vuvuzuelas y chupetes: los chicos en el Mundial

“Prohibidos los bebés durante los partidos de Argentina”. Un llamativo cartel con esa frase y el dibujo de un bebito tachado por una gran línea roja apareció pegado en una pared de la casa de mi hermana. Las autoras: mis sobrinas. La destinataria: la prima. Tiro por elevación: “Tía, no se te ocurra aparecer por casa con tu hija cuando juegue la selección”. Las entiendo. Hace cuatro años, mi hija no existía. Yo compraba facturas en la panadería de la vuelta y tomábamos la leche mientras celebrábamos goles propios o nos angustiábamos ante los ajenos. No había llantos ni cantitos ni pinina dando vueltas. Pero tanto no las entiendo. Hace ocho años eran ellas las bebés y yo no les puse ningún cartelito prohibitivo, yo les compré gorritas albicelestes y les saqué mil fotos.
Más allá de la anécdota, el tema de los chicos y el Mundial es complicado. La locura prepartido excita a los nenes, el griterío de los goles a veces los asusta, aunque siempre se suman a los festejos (aunque no tengan idea de qué se celebra). ¿Hay algo más bonito que ver a un bebé con la camiseta argentina? Mi hija la usa y grita “nina, nina” mientras toma con su mano la remera y la besa, lo que nos hace reír a todos. Además, grita “oooooool” cuando ve una pelota volando cerca del arco (no tiene que entrar necesariamente). Claro que otras veces se desconcentra y nos tira algún desubicado grito de “¡teni!” o “¡bake!”, confundiendo los deportes amados por su padre.

Y ustedes, ¿qué hacen con los chicos este Mundial? ¿Los incorporan en las preparaciones y festejos, los dejan afuera? ¿Invirtieron en alguna remerita blanca y celeste, en alguna vuvuzuela?

29 mayo

Casa con chicos, desorden asegurado

desorden

En mi casa de soltera no abundaba el orden, pero modestamente zafaba si alguien me venía a visitar. En mi casa de madre, el orden es algo extraño. Y además es algo que extraño. Peluches, lápices de colores, juegos de encastre y piezas de rompecabezas suelen estar repartidos por todo el territorio. Sé que hay madres que, con mucha inteligencia, ordenan solo a la noche y permiten que durante el día los chicos disfruten en el caos. Pero no puedo, una fuerza superior a mí me moviliza: al menos dos o tres veces al día me dedico a poner las cosas en su lugar. Quizá porque siento que si ordeno la casa el resto de mi vida se organizará (mi psicóloga dixit). El orden dura segundos, sí, pero siento algo parecido a la felicidad cuando camino por la cocina y no piso cartitas de Mickey. Cuando retorna la-que-te-jedi, ya saben: un ratito con un juego, otro ratito con otro y todos van quedando abandonados a su suerte. Mi hermana me ilusiona con que algún día no tan lejano mi hija se adherirá a la canción universalmente agradecida por las madres del “A guardar, a guardar cada cosa en su lugar” (por ahora cuando se la canto aplaude y se ríe… mientras yo solita recojo todos sus juguetes). Admito que incluso antes de que se largara a caminar y jugar sola ya había desorden en casa. Pañales en la pieza pero también en el living, toallitas en cada rincón, algún sonajero caído detrás del sillón, la botella de óleo que misteriosamente desaparecía en el momento en que uno la necesitaba. Ahí la culpable era yo, pero no me critiquen: no dormía nada, me olvidaba de dónde dejaba las cosas… y en mi lista de prioridades “ordenar” figuraba mucho, muchísimo más abajo que “dormir”. Una amiga mía, bastante sabia ella, aseguraba que “en una casa se vive” y que “es lógico que haya un poco de desorden”. Así justificaba la desprolija escenografía que uno enfrentaba al ingresar a su casa. Y eso que no tenía chicos, era despiolada por naturaleza. Hace tiempo que perdí contacto con ella, pero no quiero imaginar lo que será su hogar si se convirtió en madre.

¿Qué les pasa a ustedes con el orden y el desorden en sus hogares? ¿No se cansan de aplastar peluches a su paso? ¿No se desesperan cuando se acumulan cosas por los rincones? Y confiesen: ¿de verdad funciona en alguna etapa el mágico “A guardar, a guardar”?