Archive for the ‘General’ Category

Ya alguna vez hablamos en este blog de la panza chicle que te deja la maternidad. Y también definimos que, una vez que tenés hijos, no le das tanta importancia al tema corporal. Pero hay que reconocer que, según la etapa, según el ánimo, según la edad de tus hijos, según puedas comer sano y hacer algo de ejercicio, según muchos factores… el tema del cuerpo pos parto puede afectarte más o menos.

Por eso, como pequeño homenaje a las que pasaron por esa extraña, maravillosa y conflictiva experiencia llamada maternidad comparto información sobre “Un cuerpo bonito”, un libro de fotografías de Jade Beall dedicado a los “dulces estragos” que deja en el cuerpo el embarazo. Un es proyecto copado integrado por imagenes sin retoque, sin Photoshop. Fotos reales.

 

 

 

 

 

Qué quieren que les diga, yo miro las fotos y veo mujeres felices, en paz, chicos sonriendo. Y las veo lindas. Ah, sí, algunas tienen estrías, otras panza chicle, otras kilos de más, otras han perdido la cintura. No es que con el embarazo te pase todo lo enumerado (no vamos a deprimir las que esperan su primer bebé) pero seguro alguna de esas cosas te pasa. Insisto en un punto clave, ¿acaso no ven, no sienten felicidad al ver esas imagenes?

“Avergonzar a las madres por no volver al estado anterior después del parto puede causar sentimientos de fracaso cuando ser madre ya es lo suficientemente difícil y cuando un gran número de nosotras ha vivido ya una vida de sentirse poco bella antes de dar a luz”, dice la fotógrafa. Y tiene razón. Más cuando muchos medios te bombardean con imagenes de modelos y actrices que, a un par de semanas de parir, están listas para una pasarela.

Un fuerte abrazo a todas. Y sí, chicas, a mí también me sale un poco de pancita fuera de la cintura del jean. No es el fin del mundo.

Para la que quiera y tenga ganas: ¿sintieron la presión de estar espléndidas tras el parto? ¿consideran “bonito” su cuerpo maternal? ¿creen que la felicidad te vuelve más linda?

Larga mesa de madres del jardín. Reunión gastronómica convocada bajo la excusa de “socializar” con los progenitoras de esos nenes con los que mis hijos comparten medio día. Sí, hay que hacer un esfuerzo y conocerlas. Por ahí no tenemos nada que ver, de otra manera no tendríamos vínculo. Pero nos vamos a seguir viendo por una década, así que más vale llevarse bien.

Entre anécdotas de embarazos y noticias de actualidad, se cuela el gran debate gran. “Imposible poner a dormir a mi hijo antes de la medianoche”, lanza una morocha con rulos, con cara de cansada. A su lado, una rubia de pelo lacio se suma al lamento. “Yo con suerte alguna vez a las once, pero no duerme siesta”, se angustia. Y se escucha un grito desde la cabecera de la mesa: “La mía tiene tanta energía que hasta la una no cae rendida en la cama y después se despierta antes de las 7″.

Me siento muy fuera de lugar. Cuando me preguntan, dudo si mentir pero finalmente opto por la honestidad brutal: “Desde que arrancó la escuela mis hijos se duermen pasadas las nueve de la noche”, les digo. “Pero casi nunca duermen siesta”, aclaro, como para que no me odien (mucho). Las otras comentan que sus hijos hacen siestas de entre una y tres horas. Claro, pienso, así seguro que a la noche no duermen temprano, tienen pilas de sobra. Aunque la rubia de pelo lacio sigue lamentándose y me solidarizo con ella: sus hijas no duermen siesta y nunca se acuestan temprano.

Me preguntan la receta como si fuera mágica. En realidad, solo puedo decirles que sigo una rutina. Algo que me recomendaron mi hermana y mi prima (gracias, muchachas!!). Que a veces tenemos visitas o salidas o cumples, no es una rutina inflexible. Pero que la mayoría de los días los baño cuando cae la noche, los dejo jugar mientras hago la comida, que sirvo cerca de las 20, y tipo 21.15 aproximadamente los llevo a su pieza, les canto una canción, algún cuento, el noni noni y nos vemos mañana. Algunas veces los acuesto más despierto que otras veces, pero por lo general ya saben lo que viene, es un caminito rutinario y en algún momento van a dormir.

Porque si fueran a la escuela a la tarde, por ejemplo, asumo que es normal que se acuesten tarde. Pero ¿cómo levantás a tus hijos para ir al jardín a la mañana si trasnocharon? Ahí sí les pregunto a las otras sus recetas mágicas, ¡¡mirá que los míos se duermen temprano pero levantarlos siempre me cuesta!!

¿Qué les pasa con sus hijos a la hora de ir a dormir en épocas de escuela?  ¿A qué hora los acuestan: temprano, tarde, intermedio? ¿Esperan a que se caigan de sueño o los acuestan bien despiertos? ¿Qué pasa con la siesta? A sumarse al gran debate gran…

Cuando me hablan de “nene terrible” siempre pienso en la imagen de un pibe de unos tres años, colgado de una cortina en casa ajena, usándola de liana cual Tarzán. Escena que se registra mientras la madre habla, toma té o come masitas con la azorada dueña de casa. A lo sumo, la progenitora respira hondo y dice: “Ay, este …” (llénese con el nombre correcto: Agus, Bauti, Benja, Juli, etc.). Y nada más, no hace esfuerzo para bajarlo, para que se porte bien, para poner límites.
Sí, siempre tuve esta idea. Que los pibes terribles tenían madres a las que no le importaba nada. Que no les ponían límites ni penitencias. Porque tras clasificarlo al pibe de “terrible” decidían que ya nada podían hacer para modificar esa realidad. En resumen: madres cansadas, que se sentían derrotadas.
Hoy me encuentro dividida ante una realidad: mi hijo, de a ratos, se transforma en un “nene terrible”. Grafiquemos con una anécdota que va a divertir a todos y me va a poner colorada a mí. Siete de la tarde, haciendo tiempo para el pediatra (sí, siempre voy, todas las semanas!). Entro con mi hijo upa a un local de ropa infantil divino, de los que tienen las paredes bien blancas, en los que todo está ordenado y suena música instrumental (sí, onda spa, no onda pelotero). Mientras pregunto por un pantalón, dejo a mi hijo en el suelo. Está enfermo, se lo ve tranquilo, no imagino sus planes. Segundos más tarde, mientras la chica me muestra cinco pantaloncitos y me explica las bondades de cada pieza nos sorprende un ruido fuerte. Y, ejem, era mil dulce junior que le había hecho un tackle a uno de los manequíes de la vidriera!!! Efecto dominó, el manequí se cayó sobre otro y los dos terminaron en el piso. Les juro que en, tiempo récord, pedí disculpas, agarré a mi hijo, levanté los manequíes y huí despavorida. Si me hubiera quedado otro ratito hasta le ayudaba a la chica a doblar los pantaloncitos, que no compré ninguno de la verguenza!
Sí, puedo escuchar sus risas virtuales. Y mientras huía hacia el pediatra, el que se reía a carcajadas era mi hijo, divertido con toda la experiencia. Me da bronca. Yo no soy una madre que deje al pibe hacer cualquier cosa, yo le pongo límites, le explico los sí y los no, le enseño a pedir “perdón”, lo aplaudo cuando tiene buenas actitudes. Sé que los chicos hacen travesuras y está bien, es parte de crecer. Pero me asusta un poco no poder controlar que sus travesuras sean solo divertidas y espaciadas, no peligrosas, públicas y permanentes. Yo no dejaría que use la cortina como liana! Y sin embargo, ahí me veo, como cuando dicen que te morís y te ves de afuera, me veo toda colorada y avergonzada en el local de ropa infantil, con la vendedora que mira a mi hijo pensando que es un “pequeño demonio”. Y lo fue, al menos ese rato. Tiene ratos de ángel también. Y bueno, supongo que de esta alta dosis de vergüenza pública saldrá algo bueno: derribaré mis mitos sobre las madres de los niños terribles. No son todas derrotadas en la vida ni todas se dejan estar. Pobres madres de niños terribles. Grupo al que, sí, ya me uní oficialmente, no saben lo linda que salió la foto de mi carnet, con los manequíes tirados detrás mío y con mi hijo colgado del pantaón, con sonrisa de oreja a oreja.

¿Les pasó a ustedes de tener un “niño terrible”? Bueno, un hermoso angelito con “momentos de niño terrible”? ¿Tienen alguna anécdota del estilo de la mía, que quieran compartir, para sacarme parte de mi vergüenza y reírnos todos un rato? ¿Qué hacer?

15 mayo

No le toquen los cachorros a mamá leona

Caminata de vuelta del pediatra a mi casa (no, el consultorio no queda cerca, pero es necesario estirar piernas y cerebro entre tanta visita a médico infantil, estamos en la etapa de enfermarnos aprox. cada diez días). Paramos con mi hijo en un semáforo. El hombre de al lado se nos queda mirando. En realidad, lo mira solo a él. Con una gran sonrisa, se dirige entonces a mí. Y cuando espero que me diga lo bonito que es, lo simpático que es, porque ese nene es tan hermoso, diría la mamá… el tipo me tira un: “¿No te parece que está grande para usar el cochecito?”.
Mi primera reacción fue gritarle: “¿Quién te pensás que sos?”. Pero después me di cuenta de que no lo había dicho en voz alta, sino que lo había pensado a los gritos. Y el tipo, a todo esto, me seguía mirando, esperando respuesta. “No, no está grande, no tiene ni dos años. Es grandote pero es todavía un bebé”. Acto seguido, el tipo esboza una disculpa, o algo así. “Ah, parecía…”. No lo dejo seguir. “Sí, claro, parecerá más grande pero no lo es, imaginate que no hace tanto que aprendió a caminar y encima lo traigo del pediatra porque está enfermo, ¿sabes?”. Esta vez sí lo digo y me escucho gritar. El tipo huye.
Me da bronca. ¿Acaso el tipo es pediatra, es experto en crecimiento infantil, acaso es de la fábrica de cochecitos? ¿Quién “beep” se piensa que es? Será padre, a lo sumo. Bueno, mejoremos esa frase: será padre y muy bueno por él, claro, por su mujer y su/s hijo/s. Y si él quiere arrastrar a sus hijos desde los cinco meses por la calle para obligarlos a aprender a caminar rápido, allá él. Pero nada lo califica para opinar sobre mi vida o, en rigor, sobre mi hijo y su cochecito (bennnnddiittttooo cochecittttoooo, si no no podría salir).
Sé que hubo otros posts sobre las cosas incómodas o injustas que dice la gente a las madres. Pero siempre tiendo a pensar que te molestan más cuando los chicos son bebés, porque te presionan con que quieren teta o mamadera, tienen frío, tienen calor, tienen fiebre, tienen de todo y la gente, parece, sabe más que la madre, más que el padre, más que el pediatra… lo sabe todo y siempre tiene la palabra justa. Cuando los chicos son más grandes, me parece, se pueden defender. Si tienen calor se sacan la campera como pueden, a lo bestia, les queda una manga puesta y a otra no, ponele. Si tienen hambre te tiran un “meme” o saltan para buscar del tarro alguna “tita” (por galletita). A su manera, te dicen lo que les pasa o actúan en consecuencia. Pero todavía no pueden contestar a hombres tontos por la calle, no. De eso, igual, querido, no te preocupes, que de eso se ocupa mamá. Y sí, cuando me sacan con actitudes soberbias y me tocan a mis hijos, se me sale la leona que llevo dentro. No me critiquen a los cachorros, eh?

¿Les pasa mucho, a veces, nunca? ¿La gente no se mete en sus vidas de madres, no pretende decirles cómo hacer las cosas o en qué se equivocan? ¿Son medidas en responder o mandan todo a la gran m…?

25 abril

¿Cuándo dejan los bebés de ser bebés?

La miro a mi tía, que a su vez está mirando a mi primo. Lo noto en su mirada: para ella, él va a seguir siendo siempre su bebé. Y eso que mi primo ya está bastante crecidito. Crecidito en serio, es más grande que yo. Supongo que a todas las madres nos pasa eso. Nos cuesta que nuestros bebés crezcan. Hay cosas que nos cuestan a nosotras más que a ellos, porque implica dejarlos crecer. Porque implica que se alejan de uno, que empiezan a pertenecerse a ellos mismos o incluso un poquito al resto. Y eso duele. Cada cual tiene su propio duelo. Cuando dejás de dar la teta, cuando le sacás la mamadera para ofrecerle la taza. Cuando le decís que al chupete “se lo comió el perro” para que deje de usarlo. Cuando arranca el operativo de dejar los pañales (aunque eso te beneficiará a largo plazo, lo sabés). Cuando lo dejás que agarre la comida solo, aunque eso implique un enchastre. Cuando empiezan el jardín, esa tremenda primera vez que lo dejás solito, con su mochi a cuestas, sus dudas y tus angustias. O incluso peor aún, cuando pasan de un maternal al colegio, créanme que ese duelo duele mucho porque en el maternal estás un poco adentro, el bebé tiene nombre, son amistosos con vos. Y en el colegio, la masividad suele hacer que el niño sea un apellido más que un nombre, a veces incluso un número… y te quedás de la puerta para afuera, siempre. Supongo, aunque todavía no me tocó, que los lamentos de las mamás que no quieren “perder” a sus bebés siguen por mucho tiempo. Me va a pasar cuando empiecen la primaria, cuando se vayan a dormir por primera vez a lo de un amigo, cuando vayan a su primer baile, cuando se vayan de viaje con el curso, cuando tengan novia o novio, cuando empiecen un trabajo que les permita ser independientes económicamente, cuando se muden de casa, cuando se casen o tengan sus propios bebés (auch! Me cuesta pensar que mis bebés van a tener bebés, eso es la recontraconfirmación de que ya no son bebés). Pero si les sirve, para no ponernos tan melancólicas, mi primo sigue mirando a su mamá de manera especial. Y no importa que ya no use chupete, que sepa ir al baño solito, que en vez de jardín vaya todos los días a una oficina vestido de traje, no importa que maneje, que tenga sus hijos, que se haya dejado crecer la barba. Aunque se cuelgue y a veces pase días sin verla o llamarla, les juro que cuando mi primo mira a mi tía pone muchas veces la misma cara de bebé que pone mi hijo cuando me mira embobado, con cara de “no sabés cuanto te quiero, mama, dame otro abrazo”, mi hijo que todavía no tiene ni dos años. Y eso no duele para nada.

“No lo puedo creer”, confiesa la rubia madre de un compañero de mi hija. La de al lado, bajita con rulos, tiene la misma cara de desolada. “Lo leí en el diario”, asegura mientras espera junto al resto que abran las puertas del jardín. Otros padres se acercan al grupo, entre ellos quien suscribe, para enterarse de qué hablan. Lo que comenzó como un rumor, tomó fuerza y finalmente se confirmó. No, no hablo del Papa argentino, de alguna movida estratégica en el gabinete ni tampoco del último romance del verano. Hablo de la noticia que pone triste a chicos y, confiesen padres, también a grandes: se separaron Topa y Muni. A quienes no tengan hijos en edad de jardín/preescolar, la novedad los agarra desprevenidos. Seguro que esos dos nombres poco le dicen. Pero para las mamás y papás que miran, sin querer queriendo, televisión infantil… el tema es delicado. Esos dos se querían, se peleaban, se amigaban, eran algo así como dos hermanos ya creciditos que jugaban a ser chicos. Y todos jugábamos a ser chicos con ellos, creo. Quién no canto alguna vez el hit de las estaciones del año, el de la rima o el de la cocina. Quién no intento aplacar el miedo a la oscuridad cantando “Cuando se apaga la luz seguiré jugando”… Ahora esta Topa solo con su barco, barco, barquito y moviendose “por aquí” y “por alla”. Lindos temas pero se lo ve muy solo. Se siente que algo le falta. Además, andá a explicarle a los chicos que dicen que en el dúo había problemas de cartel o que ella protagonizó una producción de fotos hot. Claro que, a poco de haber preguntado “qué pasa” y “dónde esta Muni”, los chicos se copan con otras canciones y miran alguna otra cosa en tele… Pero siento que a los padres nos cuesta más… Es que si algo tienen de lindo los programas infantiles es que en ese mundo esta todo bien, todos son amigos y siempre hay finales felices. Propongo una demanda colectiva grupal al dúo, ya no tan dúo, por haber roto las esperanzas, sobre todo de los padres, de que existe un lugar donde solo pasan cosas buenas…

8 marzo

Desvaríos sobre los rituales para irse a dormir

El libro clásico de “Cómo dormir a tu hijo” (no existe con ese nombre pero, uf, cuántos títulos marketineros hay en los estantes) asegura que nada mejor que bañar, dar de comer y meter al nene en la cama siempre a la misma hora para generar una rutina tranquila que lo ayude a dormir. Con mi primera hija, debo reconocer, la cosa funcionó bastante bien. Yo sumaba algún cuento o alguna canción de cuna y cuestión resuelta. Había algún llanto esporádico, por lo general previo al inicio de alguna enfermedad o consecuencia de un día movido. Eso y nada más. Pero con el segundo cachorro la cosa se ha puesto algo más espesa. Ojo, duerme toda la noche, de eso no me quejo. El tema es llevarlo a dormir. Baño, cena, canción, cuento y el niño… sigue parado en su cuna esperando vaya uno a saber qué cosa. A veces llora, otras se ríe. Como sabe ya una serie de palabras, es bastante gracioso: en su media lengua llama a parte de la familia y conocidos, repite algunos colores y números, imita cosas que le dijeron durante el día, hasta canta. Difícil contener la carcajada. Pero lo hago, les juro. Ya dejé alguna lucecita prendida por si es que tiene miedo a la oscuridad. Traté cansarlo más durante el día, acortarle un poco la siesta. A veces funciona, otras no. Incluso muchas veces va a dormir con su hermana o al mismo horario que los papás, no es que haya ruidos o movimientos que lo alteren. Trato de que el vaya anticipando el sueño. Hago un ritual de “Chau”, en el que saludamos a todas las cosas de su pieza. Después, suelo quedarme un rato al lado suyo. Lo acaricio un poco. Lo acomodo en su cuna. Pero el tipo parece tener pilas extra, como en la propaganda de esas pilas y ese conejito que sigue, sigue y sigue. Sí, ese. Confieso que llegué a pensar que no quiere dormirse porque no tolera que el mundo siguiera su marcha sin él. No, no soy de las que se lo llevan a la cama, el colecho no va conmigo. Aunque en contadas ocasiones en que me venció el cansancio terminó entre mi marido y yo. Tampoco me da para dejarlo llorar hasta que se duerma, aunque algunas veces lo intenté (ufff la última se me tiró de la cuna, pero es chiquito no me da para pasarlo a cama grande todavía). Así que ahora, estoy en la nada, pensando cómo hacer. Por lo pronto, lo pongo en su cuna, le hago todos los rituales que me pasaron o que se me ocurren y… me siento en la puerta de la pieza, a esperar que se duerma. Él me mira entre barrotes, a veces sonriendo, otras con una lágrima a punto de caer, y en algún momento se deja vencer por el sueño. Claro que a veces mamá, para ese entonces, ya dormita. En fin.

¿Cómo les va a ustedes con el tema de poner a dormir a sus hijos? ¿Algún ritual al que le tengan cariño, que funcione, que puedan recomendar?

El comercial anda dando vueltas hace ya algún tiempo. La empresa que lo patrocina es una fabricadora de preservativos. Y el enfoque asumido es gracioso pero, definitivamente, polémico. Los invito a verlo, opinar (¿cómo llegó el chico a ese punto, qué hizo y hace el padre, vivieron algo parecido?). Y también invito a debatir en torno a una pregunta muy simple: ¿desearon acaso alguna vez durante un berrinche público de sus hijos volver el tiempo atrás? PD: para los que no sepan inglés, sólo deben entender la frase final (“use preservativos”).

8 febrero

Corre, bebé, corre

No, no es Forest Gump. Tampoco Lola, la protagonista del recordado film alemán del que tome prestado el titulo para este post. Pero no para de correr. Hablo de mi hijo de 18 meses. No comprendo bien de que maratón eterna participa. Lo cierto es que apenas se despierta, apenas lo pongo en el piso después de algún upa, tras sacarlo del cochecito o de la sillita de comer… El muchachito se lanza a correr. Y no para. En casa, todo bien, el circuito es familiar, izquierda o derecha, hacia la tele, el sillón del living o su pieza, sigue corriendo y suele saber dónde termina. Cierro puertas clave como baño y cocina, el tema esta más o menos controlado. El problema es en casa ajenas, donde se desarrollan carreras de cien metros con obstáculos que me hielan la sangre. Y ni que hablar de espacios abiertos (plaza, parque, playa, club, calle) en donde el pequeño maratonista se ve necesariamente acompañado por maratónmamá o maratónpapá o maratónquienseasolidarioconlafamilia. El simpático participante de la curiosa carrera eterna recién a los 20 metros recorridos se digna a mirar si alguien lo sigue. Y no es que se detenga desesperado a mirar quién lo sigue por temor a estar solo o perdido. No, no. Apenas si se da vuelta con una sonrisa pícara… que se vuelve más grande y brillante al hacer contacto visual con el cansado adulto que, con respiración entrecortada, le hace de escolta. Por algún motivo, le resulta graciosísimo que su guardaespaldas de turno se quede sin aire, lo celebra aplaudiendo… Y obvio que no deja de correr mientras aplaude. Un poco de gracia da, lo admito. Pero este gimnasio obligado cansa bastante. Y me genera todo tipo de interrogantes. Se sentirá libre corriendo? Es acaso todo parte de un juego? A donde quiere llegar? Es que ya tiene pensado una carrera como atleta? Piensa que corriendo crecerá más rápido? Cuando va a parar para que los grandes tomemos aire??? Alguien que quiera compartir otras carreras maternales???

 

23 enero

¿Podrían los hombres ser madres?

Leo en Rosario3 una noticia que me atrapa y, a la vez, me da muchísima gracia. Es sobre dos presentadores de televisión holandeses que, más en búsqueda de rating que de respuestas científicas, aceptaron el desafío de “dar a luz”. Sí, se pusieron electrodos en sus panzas para simular el dolor de las contracciones y el trabajo de parto. Según el artículo, primero reían pero a los dos horas gritaban desesperados que les sacaran esos benditos parches… Y son muchas las mujeres, la gran mayoría, que tienen trabajos de parto de algo más de dos horas (cinco, nueve, doce!!!!).

La verdad es que siempre pensé cómo les iría a los hombres si tuvieran que atravesar el embarazo y el parto. Unos pocos, creo, saldrían airosos. Esos mismos hombres que aceptan desafíos como escalar el Everest, por ejemplo. Me los imagino del tipo Facundo Arana. Pero siempre tuve la impresión de que la gran mayoría no se levantaría del sillón durante nueve meses, en los que se pondrían de lo más quejosos. Tipo Homero Simpson. Y que saldrían corriendo y gritando cuando arrancaran las contracciones. Casi como en una escena de una sitcom norteamericana. ¿Prejuicio? Supongo. Qué mala soy…

Me gusta caer en ese prejuicio porque no es más que un pensamiento, que un juego. Más allá de ese filipino que le hizo creer al mundo que estaba embarazado, la naturaleza no permite (¿y la ciencia no la logrado todavía?) que los hombres sean quienes se embaracen. Entonces las mujeres, asociadas eternamente a ese rol, tenemos que hacer alguna gimnasia mental para sentirnos poderosas en esa instancia que, a decir verdad, a muchas nos da miedo. Es que no todas las mujeres somos tan valientes y tan fuertes como pregonamos. Supongo que la naturaleza nos hizo un poco más organizadas o prácticas. Por lo general. Pero el cansancio y las molestias del embarazo nos afectan y la ansiedad ante el parto siempre anda dando vueltas. Entonces qué mejor que usar esa instancia única como punto a favor en la guerra entre los sexos.

Otro tema para pensar: son muchos los padres que tienen el síndrome de embarazo. Es decir, que se marean y tienen dolores igual que sus panzonas mujeres. Algo que pone aún más locas a las futuras madres que tienen a su lado, porque lo que ellas esperan es que durante ese período en que pierden control de sus cuerpos debido al nuevo ser en su interior quien está a su lado las banque. No que sean ellas las que tengan que preocuparse por ellos. Y, créanme, a veces pasa que el hombre se pone más en el lugar de víctima y la panzona es la que se la pasa yendo de farmacia en doctor acompañando al muchacho, que no tiene otra cosa que un embarazo mental.

¿Qué piensan ustedes sobre hombres embarazados o pariendo, se la bancarían? ¿Tienen ustedes mi mismo prejuicio o imaginan que los hombres serían acaso mucho mejor madres que nosotras? ¿Les pasó que sus parejas sufrieron síntomas de embarazo o reaccionaron con dolor ante el parto? Arranca el debate.

16 enero

Mamá que trabaja: los desafíos de ser doble agente

Una madre reciente me visitó el otro día. Su bebé tiene casi tres meses y tenía que reintegrarse al trabajo. Me contó que había decidido renunciar. Que el trabajo no la estimulaba, que era momento de cambios y qué mejor que pasar tiempo con el bebé mientras reorientaba su carrera. Pensé en cuántas mamás toman la decisión de dejar de trabajar. Porque tener hijos te pone en situaciones de “angustia laboral” y si no tenés del otro lado la posibilidad de flexibilizar horarios o reorganizarte es complicado. Trabajar y tener hijos te obliga a buscar un equilibrio que jamás, escuchen bien, jamás se logra. No soy mala onda. Bueno, un poco.

El tema es así: no podés controlar cuándo se enferman tus hijos. Y alguna que otra vez la fiebre va a coincidir con algún evento importante de tu trabajo. Te va a pasar. Y te vas a tener que comer la angustia del niño enfermo que llora por teléfono mientras estás por entrar a una reunión. O comerte la cara de tu jefe que cuando le decís que no podés estar en la reunión te mira como deseando que fueras hombre. Es decir, el equilibrio se busca y de a ratos se encuentra, no es imposible. Pero tu situación jamás será estable. Es así y punto.

En mi caso, jamás pensé (seriamente) en dejar de trabajar. Alguna vez después de no dormir dos o tres noches puteé contra todo, sí, lo recuerdo, pero no iba en serio. Quiero mucho a mis hijos pero también quiero mucho mi profesión. No me veo todo el día en casa. Claro que la maternidad me hizo repensar el espacio que ocupa el trabajo en mi vida, el tiempo y la energía que le dedico, esas cosas nada simples, ya saben. Creo que además no solo te pasa con el trabajo, te pasa con cualquier otra cosa que te insumía tiempo antes de los niños. Tu escala de valores se vuelve bastante loca tras el o los partos, si la comparás con lo que era antes. Lo que pasa es que el trabajo te demanda diariamente, con carga horaria, con listas de cosas para hacer, con reuniones, con fechas límite, con todas esas bonitas cosas.

Para los que piensen que solo veo el lado negativo, confieso: me gusta el juego de doble agente. Me parece buenísimo ser “otro yo”, moverse en un ambiente diferente, que no sea el hogar. Un yo que, por determinada cantidad de horas, no cambia pañales ni mira series infantiles ni hace fideítos con muuuucho queso arriba, ni se los da de comer a nadie con avioncitos, ni ninguna de esas cosas que me gusta hacer pero de las que también, de a ratos, me gusta tomarme un descanso. Todo en su lugar. Sí, hay fotos de mis hijos en la computadora con la que trabajo. Hablo de ellos con compañeros de trabajo y alguna vez aislada han participado de algún evento vinculado a mi mundo laboral.  Pero hasta ahí. Está bueno que el laburo sea un espacio donde lidiás con adultos, con temas ajenos a los caseros, porque más allá de la maternidad existe otro mundo. O, mejor dicho, porque ser madre no te deja fuera del mundo. Bueno, ustedes entienden la idea.

Recuerdo, ya como anécdota, el primer día que volví a trabajar después de que hubiera nacido mi primera hija. Yo, la madre independiente… ¡Me dolía el cuerpo de tener que dejarla, descubrí horrorizada! Y la extrañé, sí, la extrañé horrores. Llamé a cada rato mientras viajaba al trabajo. Pero cuando arranqué la rutina laboral me puse algo así como en piloto automático y funcionó. Me hizo bien. Por unas horas fui mi viejo yo. ¡Y hasta pude ir al baño sin avisarle a nadie y después “desperdicié” varios minutos tomando un té mientras hojeaba el diario! Lujos que cualquier mamá de niños pequeños sabrá reconocer.

¿Qué les pasa a ustedes con el tema maternidad y trabajo, sienten diariamente la tensión o ya lograron controlar la situación? ¿Alguna recomendación para quienes estén analizando qué hacer con su vida laboral mientras lidian con niños pequeños? ¿Creen que es bueno que una mujer deje de trabajar o recorte responsabilidades laborales después de tener hijos? ¿Recuerdan alguna anécdota de su primer día de trabajo después de la licencia?

19 diciembre

Dudas maternales sin respuestas (que uno quiera escuchar)

¿Por qué si yo digo “auto” mi hijo insiste en decir “tutú”?

¿Por qué son tan difíciles de hacer parejas las dos colitas en el pelo?

¿Por qué tu hija no tiene onda con la hija de la mamá que tiene más onda en el jardín?

¿Cuál es la lógica de quien adora el puré con salchichas y un buen día decide que no le gusta ni un poquito y lo mira con asco?

¿Por qué Manny nunca se saca la gorra, ni siquiera para irse a dormir?

¿Por qué el bebé no se despierta con los bocinazos de la calle pero si te levantás para ir al baño en medio de la noche (en puntitas de pie) te escucha y te reclama?

¿Existe alguna regla sobre cuántas canciones entran en cada película de Disney?

¿Cuántas veces está permitido que un hijo diga en forma repetida y en tono monocorde “mamá” antes de que la mencionada pierda la paciencia?

¿Cuál es el nivel de saturación de rosa permitido en la pieza y la vestimenta de las nenas menores a seis años?

¿Por qué el problema que te agobia en casa con tu hijo parece una pavada cuando te escuchás describirlo al pediatra?

¿En qué momento de la vida maternal uno pasa a decir cosas como “Vení que estoy sola”… aunque ese “sola” siempre implica tener uno o más niños a cargo?

¿Por qué si en el jardín te toca disfrazar a tu hija de un personaje del que, justamente, tenés ya disfraz hay una mamá habilidosa de la salita que sugiere “armarlos todos iguales”?

¿Por qué las madres siempre se están haciendo preguntas? ¿Alguien tiene respuesta a alguno de esos interrogantes? ¿O quiere sumar alguna duda más a la lista?

3 diciembre

Madre pulpo, frustraciones varias: ¿se puede con todo?

Disculpas a quienes sorprendió el cartel que puse hace ya algún tiempo en este espacio. Pero era la cruda realidad. Los días iban pasando y yo sentía que el blog me “miraba” inquieto, porque yo no hacía la tarea. Y quise blanquear honestamente lo que me sucedía: no había ni ideas ni tiempo y, lo confieso, tampoco ganas de escribir.
Son etapas, me dicen. Son etapas, repito. Y lo repito bastante, casi como un mantra. Es una etapa. Hay etapas en la vida en que las cosas se complican. Te pasa cuando tenes muchos examenes pendientes en la facultad. Te pasa cuando un noviazgo copa todo tu tiempo. Te pasa cuando tenés un trabajo demandante. Te pasa cuando algo desequilibra tu vida familiar. Te pasa muchas veces, vamos, a todos nos pasa, no es nada de otro mundo. Hay que desdramatizar. Pero lo concreto es que te pasa.
Y, a esta altura, casi no necesito aclarar. Te pasa y mucho cuando tenés dos hijos. Con uno, creo, la cuestión se complica pero es manejable.
Ojo, con dos se maneja igual. Pero las curvas son más pronunciadas y en algunos momentos los postes de luz o carteles viales te pasan tan cerca que rayan el auto y hasta pueden hacer tambalear el vehículo. Se maneja, sí, desdramaticemos. Pero en el camino perdés algunas cosas. Se resigna mucho. El tiempo no alcanza. Y la tensión te afecta. Es como que se te obliga todo el tiempo a elegir. ¿Veo una película o me voy a dormir temprano? La última peli completa que viste fue, obviamente, una infantil. Morís por un thriller, un drama, lo que sea. Pero si resignás esas dos horas de sueño mañana te convertís en bruja. ¿Saco turno para la depiladora o me pongo a buscar la ropa de verano de los chicos? Las necesidades personales suelen quedar tapadas por cuestiones más urgentes, en la lista lo tuyo siempre está abajo, en letras chicas y es “si llegás”. ¿Me escapo un rato con unas amigas o aprovecho para adelantar mil cosas atrasadas del trabajo? Morís por volver a tener vida social pero las urgencias te apremian, a veces salís igual pero te queda la angustia dando vueltas. Interrogantes malvados pero cotidianos que no te dejan tranquila.

Las demandas de los chicos tienen un pico importante en algunas edades. Y según la situación familiar, laboral, geográfica, física, amiguística, mental y otras variables, las cosas te afectan más o menos. Me considero muy afortunada de todo lo que tengo, lo que conseguí, lo que vino de yapa, lo que me rodea. Quiero todo lo que tengo. Tengo mucha suerte. Pero eso no te quita etapas complicadas, no te quita meditaciones a las 3 de la mañana, miradas raras frente al espejo, mente en blanco durante conversaciones. Te pasa. Y, dicen los que ya lo han pasado, que se te pasa. Queda en el recuerdo. Lo importante, creo, es apostar a lo importante. Redundante como suena, real como nunca. Apostar a lo que más querés.

¿Alguna en crisis que quiera contar lo que le pasa? ¿Alguna que haya pasado crisis y quiera sugerir receta? ¿Alguien con un buen chiste sobre la maternidad? Abrazos a todos. Estamos de vuelta.

25 septiembre

Échale la culpa al cansancio acumulado

29 agosto

Tan simple como complejo: todos son mis hijos

Entre los muchos cambios que ha operado en mí la bendita maternidad está el hecho de que luego de parir no tuve un hijo, ni dos… tuve millones. Sí, señoras. Sí, señores. No me refiero a que cualquier bebé hace que mi instinto florezca, por así decirlo. Eso suele pasar, ta bien. Pero lo que digo es que cuando veo un jugador de fútbol tirado en el pasto después de que otro le hizo una falta lo primero que pienso es “Pobre madre, lo que debe estar sufriendo si lo está viendo por televisión”. Y después pienso que claro que lo está mirando, si es la mamá, debe gritar los goles como loca. Lo opuesto me sucede cuando veo un medallista olímpico, pienso en qué orgullosa debe estar la familia y me emociono por la mamá que, como en la publicidad que alguna vez colgué acá, lo llevaba temprano a las prácticas y lo abrazaba cuando estaba cansado en el entrenamiento. Lo que digo es que cuando escucho a alguien hacerse el tonto y tengo ganas de estrangularlo, cuando escucho a un político decir pavadas sobre cuestiones que me importan, cuando el compañero de trabajo se va antes y deja toneladas de trabajo pendiente para el resto… ya no les grito como antes ni me vuelvo loca, porque pronto me pongo a pensar en si la habrá pasado mal de chico, si habrá sido un desatendido hermano del medio, si no habrá tenido suficientes mimado por los abuelos. No, no soy tan Freudiana, no es que todo lo adulto tenga que ver con lo infancia. Si no tuviste ese triciclo cuando lo pediste no tenés por qué joderle la vida al resto del mundo con tu bronca eterna. Digo que me pasa esto de ser “la madre de todos”, de ponerme en ese lugar de querer cuidar o comprender mejor a la gente. Porque ese tipo de bigotes y barba vestido de traje todavía es un bebé a los ojos de su mamá. Porque, inversamente, miro a mi hijo y luego levanto la vista y pienso que en el futuro podría ser como cualquiera de esos hombres que pasa a mi lado. Es simplemente algo que me pasa, una forma de ver el mundo que me afecta particularmente en esta etapa de mi vida. Todavía no definí si es una bendición o algo negativo. Por lo pronto sé que es así y que no hay nada que pueda hacer al respecto. Incluso si intento medirme en mis pensamientos, al rato me doy cuenta de que vuelvo a pensar eso. Son todos mis hijos, ufa.

¿Les pasó algo así después de ser madres? ¿Esa cuestión de ponerse siempre en el lugar de quien vela y cuida al resto? ¿El instinto materno (o paterno en caso de los muchachos) las hizo conectar mejor con el otro, comprenderlo más? O estoy loca, diganlo, todo bien.