¿Ven la foto que ilustra este post? Es una mamá que, orgullosa, le da la teta a su hijo… de tres años. Confieso que me choca esa imagen. Me parece que ese chico ya está para milanesa. No comparto la extensión eterna de la teta. Pero la teta, amigos, es un detalle. La tapa de la revista Time que hoy elijo como tema habla de la crianza con apego, movimiento que tiene muchos adeptos en todo el mundo y también por estas latitudes. Movimiento que ha inspirado una rima tonta por parte de unos amigos padres: “Crianza con apego, de mi niño no me despego”. A ver.Son madres que se confiesan canguro y llevan a sus hijos a cuestas a donde vayan, que me parece hasta cierto punto atractivo (recuerden que me compré un bendito fular con mi segundo hijo) pero imposible en la práctica (niños felices, padres con dolores de espalda). Son padres que comparten la cama con sus hijos, algo a lo que no me sumo, para mí cada cual en su lugar (salvo que estén enfermos o alguna que otra siesta, mis excepciones). Y, sí, también son madres que ofrecen la teta libre y hasta edades avanzadas, como muestra la foto. La crianza con apego se basa en una filosofía algo más compleja que mi enumeración, por supuesto, pero los preceptos básicos quedan expuestos. En parte, es una forma de crianza que encuentro fascinante pero en los hechos no me convence. La siento algo extremista. Lo que me molestó más aún que la foto de tapa de Time fue la pregunta que con letras rojas se plantea: “¿Sos lo suficientemente madre?”. No crío con apego, pero sí lo soy. Soy mamá de sobra y estoy bastante segura que muchas ahí afuera que tampoco se guían por esos preceptos sí lo son. El problema con crianzas extremas tiene que ver, en mi opinión, con pensar que esa es la forma correcta o “mejor” de criar. Y desdeñar a quien no se sume a la filosofía en cuestión. La verdad es otra. Imposibles blancos y negros en la crianza de los hijos. Cada familia es un mundo, lo decía mi abuela y todavía tiene sentido. En resumidas cuentas, no creo que haya que abandonar el trabajo, ni compartir la cama con los más chicos, ni llevar a tu hijo colgado full time para lograr que se sientan seguros en la vida, para estimular su desarrollo, para hacerlos felices. Respeto a los adeptos, pero no me quieran convencer. ¿Conocen la crianza con apego? ¿Qué opinan de sus preceptos básicos? ¿Hay alguien por ahí que la practique y quiera abundar sobre el tema? ¿Sienten que son suficientemente madres porque crían con apego o de alguna otra manera?

25 abril

Sobre adopción, espera, amor y buenas noticias

Valga la excusa: por estos días es noticia que una jueza rosarina entregó, en un trámite exprés de apenas dos semanas, a un bebé en adopción. En realidad, lo entregó en guarda y el trámite definitivo deberá esperar los meses legales correspondientes para cerrarse. Pero vale la pena celebrar la noticia, ¿no? Son muchas las familias, parejas o personas solas que esperan adoptar. Es una espera que se siente eterna, con mucha angustia, porque antes de llegar a ese deseo, a esa decisión, por lo general se transita un camino de frustraciones. Del otro lado, también son muchos los chicos “colgados” del sistema. Ojalá hubiera más facilidad para que se encontraran. De hecho, la “adopción exprés” rosarina fue noticia en todo el país, lamentablemente, porque lo más común es que se tarde más. Mucho más. Una lástima. Con lo necesario que es tener una familia cuando uno crece, tener quien te quiera, te apoye, incluso quien te ponga los límites y se te enoje de vez en cuando, que luego te perdone, en fin, que estén ahí.

Creo que son los bebés más esperados. Digo “bebés” porque aunque tengan edades variadas cuando llega un hijo o hija a la familia siempre se sienten “bebés”, ¿no? (Como para toda madre, los chicos siempre son “bebés” aunque ya sean señores de cuarenta que trabajan en oficinas y manejan camionetas). Creo que adoptar es un acto de amor tan grande como lo es entregar un bebé para que otro lo críe porque se siente adentro que ese es el mejor camino. Dos impresionantes actos de amor.

En una nota más liviana, hace algunos días le enumeré a una amiga –que adoptó a una beba hermosa– algunos de los beneficios de adoptar (aclaro que es la misma amiga que llegó el otro día a mi casa con el bolso enorme de ositos de los que a mí me dan arcadas). A saber. Las madres adoptantes logran espléndidas fotos en los comienzos de su maternidad, ¡cosa que envidia sanamente toda madre que ha atravesado embarazo y parto! No me digan que no tienen esas fotos ojerosas y cansadas en el álbum. Además, tienen más dinero disponible para sus niños porque afortunadamente pueden mantener su guardarropa intacto, tampoco deben abonar por dietas ni gimnasios. Como no dan la teta, pueden incluso gozar de cierta independencia temprana que cualquier madre de lactante desconoce. Sí, sí, ya sé, la teta tiene sus beneficios, muchas mujeres adoran sus panzas y habrá quien piense que sus fotos iniciales son de lo más hermosas. Pero lo que digo es que la otra cara de la moneda también tiene sus pro.

¿Hay por ahí alguna madre que haya adoptado y quiera contar su experiencia? ¿Habrá quizá, también, alguien esperando que llegue un “bebé” a su hogar para formar una familia o agrandarla? También se puede escuchar la historia de algún “bebé” que hoy tenga cuarenta, menos o más años. Se abre el blog para todo el que quiera aportar sobre el tema…

El otro día una madre reciente vino a mi casa. Llegó con un bolso que, les juro, a mí me hubiera servido para mudarme. La entiendo. Durante los primeros dos meses de mi hija recuerdo que llevaba a todas partes un bolso gigante, aunque siempre renegué de los bolsos obviamente infantiles todos acolchados y con ositos (me dan arcadas desde que soy soltera) y optaba por una mochila tradicional. Llevaba más pañales de los que iba a necesitar, obvio el óleo con el algodón, el cambiador, la cremita para paspaduras, también ropa de invierno o verano por si era necesario cambiarla, un gorrito, el chupete con su debido portachupete, una toalla, una mantita, las pezoneras de silicona (la mamadera o la comida en tupper, segun la edad), una crema repelente de insectos, otra crema para el sol, perfume de bebé, una botellita de alcohol en gel, el medicamento para bajar la fiebre (por las dudas), varios juguetes, la cámara de fotos. Y seguro me olvido de muchas cosas. Eran como mil, que seguramente no usaba pero me daban seguridad, algo que en ese momento necesitaba. Pero hacia el tercer mes, confieso, comencé a “olvidar” algunas cosas. Y el bolso se volvió mas liviano. Comencé a darme cuenta de que no tenía que mudarme cada vez que salía de casa, también la niña creció y esto hizo bajar sus demandas en cada salida.

Con el segundo, ja, ¡pobrecito! Agarro algún pañal con las toallitas húmedas, apenas algun body extra por si se mancha o camperita por si hace frío y ya está. No siempre llevo cambiador, aunque conseguí uno ideal que se vende “para cartera” (¡es RE chiquito!). Si bien no tengo toalla, siempre hay algún pañuelo descartable o rolli sec a mano. Si hace frío le pongo mi campera a modo de mantita. Si hay sol, no tendrá su gorrito pero lo pongo en la sombra. Si necesitamos yogur o fideitos se compran en el super más cercano. Ahora la cámara de fotos está en mi celular. Juguetes son un lujo, si el niño se divierte más con las llaves o los tuppers de la casa amiga en la que estemos. Chupete no usa, así que no tengo que explicar que el portachupetes no existe. Y sí llevo las llaves porque de otro modo no podemos volver a casa. Ja. Lo quiero igual, no sean mal pensados, tampoco es que me haya vuelto super vaga. Pero con el tiempo me volví bastante más práctica y sé que el mundo no se termina si no tengo algo a mano, se busca algo similar o se espera al volver a casa. Todo entra en una cartera, les juro. Es más, la mayoría de las veces ya ni uso bolso porque salgo con cochecito y todo va en la bendita cesta que tiene abajo.

Confiesen: ¿cuánto pesan sus bolsos “de bebé”? ¿Llevan cosas de más siempre “por las dudas” o son de las que viajan liviano? ¿Cuáles son sus imprescindibles? ¿Qué recomiendan a las madres recientes?

PD: gracias por sugerir el tema!!!!!

Confieso: la primera vez que lo ví en la calle se me heló la sangre. Lo detesté con cada fibra de mi ser. La mamá debe haber tenido unos cuarenta años, el nene dos y la nena cuatro. La mujer llevaba a los chicos con una especie de manojo de cuerdas, que terminaban unidas en sus manos. Como una correa de perros, bah. Pero con dibujitos infantiles. En aquel momento, digo, cuando lo ví al arnés sin saber aún lo que era, odié la idea. Pensé que era algo inhumano. Que yo jamás lo compraría. Que ninguno de mis amigos lo haría. Poco después una abuela de mi entorno lo comenzó a usar y me vi obligada a volver a reflexionar sobre el tema, comencé a pensarlo como algo no tan extraño.

Y no, no es que me haya comprado ahora un arnés. O que esté por encargar uno. Pero con dos niños les juro que hay momentos que pienso qué útil sería. Es que a veces caminando por la calle tengo que agarrar con fuerza la mano de mi hija de tres años para que no salga corriendo para ver al perro que está en la esquina, para que no se quede mirando extasiada la vidriera del kiosco, para que no salga disparada cuando la ve a la abuela en la verede de enfrente. A todo esto, el hermanito aún está en cochecito. Pero, mamita, cuando lo abandone sé que voy a estar perdida. Porque el más pequeño me salió bastante activo, muy inquieto, presumo que va a querer recorrer el mundo apenas pueda poner un pie tras el otro con cierto equilibrio. Y nada me indica que la niña vaya a calmarse cuando eso suceda Así que, hoy por hoy, pensar en socializar a futuro me da miedo, pienso en los peligros de las pocas cuadras que tenemos hasta la plaza, en alguna ocasional salida al centro, visitas a casas de amigos cercanos. Mis miedos jamás van a hacer que me quede en casa, aclaro. Pero igual, ahí están.

Y vuelvo a pensar en el arnés. No sé dónde los venden ni cuánto cuestan. No sé si se están poniendo de moda, pero ya vi varios en la calle. ¿Serán cómodos?, pienso. Sigo creyendo que parecen correas para perros y que los chicos no son animales. Pero también pienso mucho en la seguridad de los chicos. Veo a veces padres corriendo por las veredas en busca de sus vástagos, veo autos que no paran en la senda peatonal aunque tengas cochecito y niña colgada de él, veo niños muy desobedientes que huyen apenas pueden. Y ya no lo detesto tanto al arnés, ahora dudo.

¿Conocen ustedes los arneses para chicos? ¿Alguna vez los usaron? ¿No creen que se parecen demasiado a las correas de perros? ¿Consideran que son una buena opción para controlar a los chicos en espacios públicos?

13 marzo

Madres en adaptación, otro debate caliente

Nobleza obliga: el siguiente post no es de mi autoría. Una amiga (alguna vez bautizada en este espacio como “amiga hippie cool”) lo posteó en Facebook y me gustó porque da para debate, algo que se viene dando de buena manera en este blog. Bienvenida entonces la nueva discusión.

 

Interior – Día

Jardín de Infantes

Madre 1: “No saben lo que me pasó. Vino mi hija de 4 y me dijo: -Mami, una compañera me contó que ahora las nenas se pueden casar con nenas y los nenes con nenes. Me quedé helada”.

Madre 2: “Bueno, para mí que te conviene ir averiguando quien es esa compañerita”

Madre 1: “Quedáte tranquila que fue lo primero que le pregunté”.

Madre 2: “Ummmmm”

Madre 1: “Decime vos, 4 años. Tan chiquitas. Cómo hace una para explicarle esas cosas”

Madre 2: “¿Y qué le dijiste? ¿Le explicaste?”.

Madre 1: “Sí, claro. Le dije: no es lo más común, no es lo más común”.

Madre 3 miraba el techo con ganas de salir corriendo.

6 marzo

Esto no es una democracia, es una familia

Tíldenme de dictadora. Ódienme. Critíquenme. Pero odio las familias que se ufanan de ser democrácticas. ¿Democrática, una familia? No, gracias. Al menos en la etapa en que los chicos son chicos no se puede. Odio a esos padres que buscan consensuar todo con sus hijos. El otro día, en la mesa de al lado de un restaurante, el padre intentaba convencer con abundantes argumentos a su vástago para que se introdujera en la boca los cinco pedacitos de carne que le había puesto en el plato. A saber: “Es nutritiva, te hace bien, es rica”. Y terminó con un agónico pedido: “Dale, le pongo mayonesa”. El nene se hacía el desentendido. Miré la escena con bronca. Tuve que contener mis ganas de gritarle al pibito: “¡Coméla y punto!”. Ah, no, pero eso no es cool. Tenés que ser democrático, respetar. Si no quiere comer carne, que no coma. Uf. Odio a los padres que les preguntan a sus hijos chiquitos qué quieren comer, en vez de simplemente ponerles el plato enfrente. ¿Querés comer  fideitos eternamente? Dale, comé siempre fideitos. Si no tenés ganas, comé pan o galletitas. Porque es tan nutritivo. Porque aunque tu hijo se desnutra vos vas a quedar como padre cool. Son los mismos padres que buscan argumentos a la hora de cambiar el canal de los dibujitos y poner por cinco minutos las noticias o cualquier otra alternativa adulta. Son los que les preguntan a los chicos todo, que buscan consensos eternos. No, amigos, no. Están equivocados. Las familias no son democracias, son adorables dictaduras. Y deben serlo. No hay que sentirse mal al respecto. Es simple: si a un chico de dos años le preguntás qué quiere cenar, te va a decir que un alfajor de chocolate. Y si no se lo das, seguro llora. Ah, pero es que vos le preguntaste. Vos le ponés milanesa enfrente y va a llorar porque, aunque adora la milanesa, ahora quiere el alfajor. Si buscás consensuar la siesta con una nena de cuatro llevás las de perder. Qué gracioso pretender negociar el control remoto con un par de niños de 5 y 6. Están perdidos, créanme. Basta de democracia. Hay que volver a la dictadura de antaño, donde los chicos no osaban ni soñaban con ser dueños del televisor, cuando aceptaban sin chistar el plato que tenían enfrente y cuando los nenes se aburrían en sus camas mirando el techo pero no osaban discutir que no querían ni necesitaban dormir. Claro, a nadie le gusta ser totalitario. No hablo de castigos físicos ni límites ridículos. Hablo de cosas básicas, muy básicas. No podés debatir todo con los chicos. Porque ellos no saben lo que quieren. O lo que les conviene. Se supone que si sos papá o mamá tenés que tomar las decisiones por ellos. Es horrendo, te sentís mal muchas veces, porque a nadie le gusta que lo odien (aunque sea un odio leve y pasajero) pero es así. Vos tenés que decir “hoy pescado” e ignorar los pedidos de alfajor de chocolate. Porque además si les das todos los gustos y consensuás todos los detalles es muy probable que estés criando un pequeño dictador. Cuando crecen, bueno, ahí podés dar (algo de) debate. Pero mientras son chicos no pretendas ser cool, no busques la paz a cualquier precio, no da, les estás haciendo mal a ellos y también a vos.

Confiesen: ¿sus familias son democráticas o totalitarias? ¿Creen que eran más claras las reglas en la crianza de antaño? ¿Qué les pasa a los padres en la actualidad? ¿Tienen miedo, a veces, de estar criando pequeños dictadores?

22 febrero

¡¡Volvé, siesta, te extrañamos!!

Cuando uno es chico, la siesta no es algo agradable. Te obligan a dejar de jugar por un rato, de ver televisión o lo que fuera que estuvieras haciendo. ¿Y todo para qué? Para aburrirte en tu pieza. Te ponen en tu cama y te piden: “Dormí”. No tiene ninguna gracia.
Pero resulta que para los adultos la siesta tiene muchísima gracia. Madres y padres aprovechan ese ratito de tranquilidad para hacer lo que no pueden hacer en otro momento. Dormir también, lo ideal. Pero también bañarse, ordenar, poner el lavarropa (colgar la ropa), hablar por teléfono, lo que sea, la lista es larga, larguísima.
Además, la siesta sirve para bajar un poco las revoluciones de los más chicos. Para ponerles una pausa a su día, para hacer que estiren más a la noche y no se caigan de sueño a mitad de la cena. Para que, a medida que se acerca el final del día, no se pongan irritables, ni locos.

El tema es, amigos y amigas, que en la vida de todo padre de niño de dos, tres o cuatro años llega un momento tremendo: cuando los chicos se niegan a la siesta.
Cuando no hay promesa, caramelo ni sábana de kity que los convenza. Cuando te ponen la cara de “no”, y te dicen el “no” y todo su cuerpo se niega. Siguen jugando como nada. Te ignoran.
Y aunque los arrastres y los metas de prepo en la cama, cierres la cortina y cantes el “Duermete niño”… no te duermen. Sí, juro que probé. “Vamos, a la cama, ponete adentro, cerrá los ojos y pensá en cualquier cosa. Si no querés dormir, descansá al menos un rato”. “¿Qué es descansá?”, me mira mi hija. “No quiero descansá”, desafía. Aún desde su ignorancia, presume que “descansar” estará seguramente muy cerca de “dormir”, algo que no quiere hacer. Sin embargo, son dos verbos que su mamá adora y extraña.

¿Qué hacer ante los rebeldes de la siesta? ¿Hay alguna técnica para que sigan durmiendo? ¿Cómo sobrevivir sin pausa en el día, como no querer matarlos hacia el final del día?

Breve y concreto este post, dedicado a las miles y millones de madres recientes. Porque yo lo viví por partida doble y aún lo vivo.

Hay un misterio que sobrevuela la maternidad desde que la madre es madre y el hijo es hijo. Si un bebé llora, clavale la fija: alguien te va a decir que tiene hambre. Es así, no hay vuelta que darle.

No importa si les das teta, si toma mamadera, si ya empezó con las papillas o si se come un familiar de milanesa.
No importa si hace cinco minutos que terminó de comer. O si hace un día que ayuna.
No importa si es una nena flacucha que nació con bajo peso o un varón regordete con cachetes ideales para apretar.
No importa si hace frío o si hace calor, si hay alerta meteorológico en la región.

No importa si quien te acompaña es tu mamá, tu suegra, tu hermana, tu mejor amiga, tu vecina, o incluso una desconocida.
Puede ser hasta el padre tan insomne como la madre, o incluso la hermanita (sí, ese es el disparador de esta nota: ¡¡me lo acaba de decir mi hija de tres años!!!).

Siempre habrá una voz que te diga: “Ese bebé llora porque tiene hambre”.

Y no, señoras, señores, no vecina, no desconcida, no hijita dulce de mi corazón. A VECES los bebés lloran porque tienen hambre. Otras veces lloran porque tienen cólicos, porque se hicieron caca y les molesta el pañal. Otras veces lloran porque no se pueden dormir. También lloran cuando quieren upa. También lloran si se aburren, si escucharon un ruido fuerte, si algo de lo que pasa no les gusta.
A ver: los bebés lloran, otra cosa no pueden hacer, son llorones, adorables llorones durante varios meses hasta que el llanto muta a palabras inentendibles que generalmente solo las madres reconocen.

El tema es que si cada vez que el bebé llora le damos de comer lo hacemos explotar. El tema es que la que explota cada vez que te dicen “el bebé tiene hambre” es la mamá.

Al mundo: gracias por preocuparse. A las madres: paciencia, mucha.

27 enero

Mamá, hoy vienen a almorzar mis amigos imaginarios

Lenuchus es de lo más revoltoso. Mica, por suerte, es más tranquila. Después hay dos hermanos, Pelón y Ceche, que siempre andan jugando por ahí. Y hay muchos más. Les juro que puedo recitar nombre por nombre todos los amigos imaginarios de mi hija. Hasta podría dibujar un verdadero árbol genealógico de estos seres invisibles que acompañan la infancia de mi ¿demasiado? imaginativa y siempre sensible hija.

Al principio no le dimos mucha importancia porque era solo Lenuchus, que apareció poco después de que ella empezara el jardín. Es más, recuerdo que al principio pensamos que era el apodo de algún compañero del curso. Pero no, la seño nos dijo que no había ninguno con ese nombre. Y una noche, cuando la fui a acostar, me pidió que tapara también a Lenuchus: me dio un escalofrío. Ajá, era entonces imaginario el amiguito. Intenté ignorarla primero, pero insistió: “Tapalo, tiene frío también”. Entonces encaré: “¿Dónde?, no lo veo”. “Acá al lado mami”, lloriqueó. No me animé a negarlo. Hice ademán de taparlo y me fui rápido. Dejé las luces prendidas por largo rato, ejem. Nos dimos cuenta, sin embargo, de que Lenuchus hacía todo lo que hacían los chicos del jardín.A través de él nos enterábamos de sus andanzas, resultó ser un amigo de lo más informativo.

Mica apareció después de un cumpleaños en el que mi hija conoció a una nena llamada así. Resulta que esta muchachita es de lo más buena y valiente. Ella sí le presta los juguetes al hermanito y además se anima a bañarse con la ducha, me cuenta mi hija, que no hace ninguna de las dos cosas. Últimamente Mica viene con nosotros a todos lados, los otros tanto no salen. A Mica le gusta la pileta, también sufre cuando le ponen crema para el sol, honestamente ya la siento parte de mi familia. Hasta me cae simpática.

Pelón y Ceche llegaron con varios otros amigos más, están por ahí, siempre dando vueltas. A veces no los nombra por mucho tiempo, otras veces habla de ellos con insistencia. El Padre Insomne tenía cierta preocupación ante la situación. O, mejor dicho, la multiplicación. Con el tiempo nos dimos cuenta de que no conviene negar su existencia, para ella están ahí, llora si alguien le dice que no están. Tampoco conviene engancharse en su fantasía: se ponen bastante densos, no se van más. Mejor ignorarlos, dejarlos que jueguen un rato con ella, que después se vayan a descansar. Si total ella tiene además otros tantos amigos “reales”.

Leí en libros de pediatría que es de lo más normal esto de tener amiguitos imaginarios.  Que es una etapa, que refuerzan la personalidad, que les dan seguridad, que con el tiempo se van. Que suelen ser más activos en chicos con gran imaginación, que los ayudan a crecer. ¿Sus hijos tienen o han tenido amigos imaginarios? ¿Qué hicieron: los ignoraron, los enfrentaron, los adoptaron? Una amiga me confesó que no le quiso agarrar la mano al cruzar la calle a un amiguito imaginario de su hija y… lo pisó un auto. Así le dijo la hija, auch. ¿Alguna anécdota propia?

2 enero

¿Habrá vacaciones de las vacaciones?

Según la etapa de la vida que se transite, las vacaciones tienen diferente significado. Cuando se es joven pueden ser sinónimo de aventura. Armás una mochila y te vas al sur, arreglás con unos amigos y te instalás en la costa, vas a algún lugar extranjero si el ahorro lo permite, esas cosas. Cuando ya se es más grande y se tiene trabajo, suelen ser sinónimo de relax. Sierra o montaña, hotel o departamento, hay para todos los gustos.

Lo que es difícil es definir las vacaciones para las madres. En realidad, cabe aclarar: vacaciones no hay. ¿Qué son las vacaciones? Una etapa en donde no trabajás, eso es bueno. En donde tenés más tiempo para estar en familia, doblemente bueno. Pero, ejem, es una etapa en donde se alteran rutinas (terrorífico para cualquier chico) y también se duplica la demanda (terrorífico para cualquier madre).

A saber: en las vacaciones no suele haber guardería, jardín ni colegio. Los chicos están más tiempo en casa. Pero uno suele tener apenas un par de semanitas libres, con lo cual de arranque se te plantea el problema de quién los cuida. Colonia, jardín de verano, abuelos solidarios o niñera horas extra, algunas variantes.

Muchas familias viajan, ideal escaparse para huir de la ciudad un rato. No tan ideal si se tiene chicos. Si son bebés, hay que estar atentos al sol, no les podés poner ni protector. Tampoco los podés meter al agua. Y la poca rutina que hayan agarrado la pierden al cambiar de espacio, de tiempos. Si son màs grandes, en tu casa tenés el arsenal de juguetes y la pieza lista, no es lo mismo hotel o depto alquilado, hay que empezar de cero. Si llevaste el baldecito de Kity seguro te piden el de Backyardigans. Los primeros días es inevitable estresarse.

Para las familias, las opciones suelen ser quedarse en casa y disfrutar del club, instalarse en alguna casita con pastito y piletita, también una escapadita por la zona. Los más arriesgados arman valijas y se van al mar o a las montañas.

Es fuerte el tema del 24/7, es decir, los chicos full time. Por eso tantas familias con chicos chiquitos aprovechan para viajar y unir fuerzas, otros convocan a abuelos o tíos, y los más pudientes se llevan su nanny. Es cuestión de sobrevivir primero, claro. Pero también de disfrutar. Es que son vacaciones, después hay que volver a las no-vacaciones. Ahora bien, siendo madre,  las vacaciones y las no vacaciones no son tan diferentes. La duda que queda por despejar es… después de estas vacaciones ¿habrà otras para descansar de estas vacaciones?

21 diciembre

Googleate una chimenea: ¿qué le pasó a Papá Noel?

Advertencia: el siguiente texto no debe ser leído por menores.
¿O acaso da igual?
papanoelEl tema de debate de este post es si los más chicos siguen creyendo o no en Papá Noel (o su clon yanqui y bastante más marketinero llamado Santa Claus). No sé si será únicamente en mi familia, si nos hemos convertido quizá en aniquiladores de sueños, pero el tema es que los menores que me rodean ya no esperan la llegada de Papá Noel. No me malinterpreten: esperan los regalos. Pero no esperan que se los traiga un simpático gordito con barba blanca y vestido de rojo. Quizá sí haya chicos que aún creen, quizá lo mío es una burbuja. Pero me pregunto, ¿cómo hacen los padres para mantener las ilusiones en los chicos en este siglo? Si basta con meterte en google y averiguar qué esconde esa bonita historia navideña. ¿Queda algo de ingenuidad en los más chicos para realmente creer que hay una sola persona que recorre el mundo en pocas horas y deja regalos para todos, todos, todos los chicos? En mi época, la había. Pero ahora, dudo. Imagino tremendo cuestionario infantil ante la leyenda. ¿Qué casa tiene acaso chimenea? Si Papá Noel no baja por ella, ¿por dónde llega? ¿Cómo hace ese tipo para saber precisamente lo que quiere cada chico? ¿Realmente vive en el Polo Norte y tiene una fábrica de juguetes?  Si tiene esa fábrica, ¿por qué a veces regala ropa, por ejemplo, en vez de juguetes? Imagino, además, tremendo dolor de cabeza de padres intentando responder a ese bendito cuestionario. “Sí, recorre el mundo en una noche porque tiene un trineo superveloz y GPS”. “Sabe lo que querés porque los padres se lo mandamos por email”.
“Tiene instalada la fábrica en el Polo Norte porque ahí no tiene que pagar impuestos”. “En realidad, es una fábrica de juguetes parte de una multinacional que además vende ropa y otros accesorios, por eso regala lo que quiere”. Ja. Si hasta leí que Google Earth ofrece algo así como un recorrido minuto a minuto de Papa Noel en las horas navideñas. Vale la pena aggionar la leyenda para que siga funcionando. O para que al menos esté la excusa dando vueltas y el que quiere creer, que crea, ¿no?

12 diciembre

Las aventuras de mamá Canguro

insomnecanguroDe lo más orgullosa, confieso: en los últimos días me convertí en Mamá Canguro. Es que me compré un fular. ¿Un qué? Un fular. Bah, una pañoleta gigante para llevar bebés. Algo así. Le dicen fular, pero también de otras maneras que ya no recuerdo. Es bastante paradójico el fular: es milenario pero, a la vez, es un artículo que actualmente oscila entre lo hippie y lo cool. Cuando me lo “presentaron” por primera vez lo miré con desconfianza: es un paño gigante, de casi 5 metros de largo. “Inmanejable y poco práctico”, pensé. Y me reí de mi amiga hippie-cool que llevaba ahí a su prole. El tema es así: con mi primera hija sobreviví con cochecito y una mochilita comercial (de esas que vienen tipo mochila para subir el Aconcagua pero para chicos). Pero mi hija era bastante liviana y los meses de acarreo en mochilita coincidieron con frescos y fríos. El muchachito que hemos incorporado a la familia viene algo más macizo y, ejem, los meses de acarreo me coinciden con calores y bochornos. La mochilita, él y yo hemos tenido varias interesantes salidas, pero volvimos a casa tipo after-sauna, listos para bañarnos. Se suma, además, que al ser madre de dos la mochilita es de lo más práctica y necesaria. Te deja las manos libres para llevar bolsos y también a la niña mayor. O sea, necesito la mochilita pero en calor no puedo usarla, ese sería mi problema. Entonces, hizo su aparició en bendito fular. Antes probé otros métodos pero fueron descartados. A saber: intenté el simple y bonito “upa” pero eso solo me da para media cuadra y nada más. También probé la wawita pero, seguramente por no saber cómo ponerla bien, no me siento segura, me parece que el niñito se me escurre, no me animo a soltarle la mano por seguridad. Comencé a averiguar los mil y un métodos de acarreo de bebés, buscaba lo más liviano, práctico, simple. Hubo gente que me hablaba de cosas que sonaban comida china como Tai-mei o mei-tai o algo así, portabebés “con argolla” y así continuaba la lista. Entonces recordé a mi amiga hippie-coool. Sí, sí, mi misma amiga hippie-cool, la que en su momento critiqué, acaba de conseguirme un fular. A ella estaré eternamente agradecida. Abuelas y tías, preocupadas, me dicen que me voy a hacer mal la espalda, pero no, peor es llevarlo en brazos, con el super-pañuelo fular el peso se reparte. Ta bien, fácil de poner no es, requiere práctica, pero para algo existe Internet y ese canalcito YouTube que me deja ver cómo muchas madres inventan y reinventan formas para llevar a sus niños envueltos (además existe la algo extremista pero siempre entretenida web de la Red Canguro). Y viene siendo divertido. Tanta tela da algo de calor, sí, pero es la mejor alternativa que encontré para caminatas y salidas. Aunque de a ratos me miren raro tipo “¿Esta de qué tribu es?”. Además, cierro con otra confesión: por algún extraño motivo, he puesto muchas expectativas en este bendito pañuelón, que mi hijo parece adorar. Si hasta se durmió ahí el otro día. Y, por un rato, olvidé que lo tenía “colgado”, era casi como volver a la panza…

¿Cuál es su experiencia con mochilitas, wawitas, fulares y otras yerbas? ¿Probaron y adoraron alguno de esos ítems? ¿Probaron y desecharon algún otro? ¿Qué recomiendan a las primerizas, qué recomiendan a las madres de más de uno?

29 noviembre

Una que sabemos todos: policía bueno y policía malo

oliviaTípica escena de serie yanqui. El acusado encerrado en una sala de interrogación. Viene un policía y lo amenaza. El acusado suda pero no dice palabra. Entonces aparece el otro policía, le habla suavemente, le ofrece un vaso de agua. Y el tipo habla. Sea un gangster o un asesino en serie, la fórmula de “policía bueno y policía malo” parece funcionar siempre en las ficciones.

El tema es cuando reproducís el esquema en tu casa. Qué temita, ¿no?

Confieso: me toca ser el policía malo. Yo digo que “no hay caramelos si no dormís la siesta”, “ponete las zapatillas o las regalo al primero que pase” y esas bonitas frases que juraste jamás decir porque las escuchabas de tu vieja. Padre Insomne de arraque fue el policía bueno, cosa que detesté (un poco por envidia, yo quería ser la buena!). Pero afortunadamente con el tiempo hemos logrado equilibrar un poco. Básicamente: se dio cuenta de que si le das caramelos a la niñita no solo no duerme la siesta, sino que tanta azúcar la hace dar vueltas y vueltas a la mesa del living.
Es inevitable: tenés que poner límites, otra no te queda. Si no te pasan por arriba. Hablo de la vida en general y los chicos en particular. Me dicen que la autoridad está devaluada. En otras palabras, que antes padres, madres, abuelos o tíos decían algo y se cumplía a rajatabla. ¿Miedo o respeto? El debate está abierto. Y que ahora no es así. Algunas madres recientes me dicen que ellas intentan, pero aunque digan “no”… los chicos después hacen lo que quieren. Si tienen hambre, comen. Si no tienen hambre, no. Que duermen cuando tienen sueño o ganas. Y así sucesivamente.

Pero, funcione o no, ante algún berrinche o pataleta me convierto en el policía malo. Digo alguna típica-frase-de madre-enojada (me miro de afuera y me siento Olivia de “Law and Order U.V.E.” Por lo general las mujeres en las ficciones son el policía bueno pero Olivia es de otra categoría). A veces, entonces, resulta.

Será el tono, será la frase, será la cara. Serán las manos apoyadas en la cintura, según mi hija, que cuando juega y dice “Toy enojada” siempre se pone así (de quién lo habrá sacado, ¿no?). A mí me da gracia pero no se lo demuestro. Si no, toda mi actuación de poli malo se va a la basura.

Confiesen: ¿Quién es en sus casas el policía bueno y quién el policía malo? ¿Les parece que este esquema clásico sirve o ya está en desuso? Qué difícil poner límites a los chicos, ¿no?

24 noviembre

Preguntas sin respuesta

La “insomnidad” continúa. Ante la imposibilidad de articular textos, reproduzco a continuación una serie de diálogos entablados con mi hija de casi tres años. Ella, claramente, está mucho más despierta que yo.

- Mami, ¿qué hay adentro de esa panza?
- Un bebé.
- ¿Y adentro del bebé?
- …

- Si comés toda la comida hay un postre rico.
- ¿Puedo comer todo el postre y de postre el postre?
- …

- Ponete las zapatillas, no andes en medias que las ensucias.
- ¿Me saco medias?
- No, porque entonces te ensucias los pies.
- ¿Me saco los pies?
-…

- ¿Qué día es?
- Domingo, no hay jardín.
- ¿Porque se casa Piringo?
- …

¿Quieren sumar algunos diálogos y perlitas del habla de sus niñitos? Vamos, que algunas son para encuadrar.

10 noviembre

S.O.S. Tengo sueño, quiero dormir

Simpática imagen de todohumor.comTengo sueño, quiero dormir. Cuando no duermo se me mezclan las ideas, me pongo de mal humor. Intento no frustrarme y pensar que es una etapa, pero a veces cuesta porque la vida sigue para todos los demás que no tienen tantas ojeras. Porque aunque intentes convencerte de que con un par de horas por noche estás bien después te descubrís haciendo pavadas como poner el control remoto en la heladera, perder el chupete aunque esté en el lugar de siempre o incluso olvidar el nombre de tu hija. Tengo sueño, quiero dormir. Pongo “bebé que no duerme de noche” en Google y encuentro un blog funesto que culpa a las madres por los bebés que no duermen. ¿Que si estoy loca y le paso la locura al bebé? No estoy loca, no dormir me pone loca, no sé si primero viene el huevo o la gallina. Ese tonto blog ebería decirme que es una etapa, debería reconfortarme y no culparme, porque ahora me siento un poco peor que antes. Ok, me lo busqué yo al hacer la tonta búsqueda (valga la redundancia). Pero es que necesitaba sentirme comprendida, que me dieran algunas ideas aunque no sean nuevas. Sin embargo, otros sitios son más piolas. Me dicen qué tener en cuenta: si la cuna es cómoda, si el bebé tiene frío o calor, que la vestimenta sea adecuada, que los cólicos y los provechitos. Check, check, check, check. Ya revisé todo. Pero mi bebé sigue insomne, lo que refuerza más que nunca mi título de Madre Insomne. Tengo sueño, quiero dormir. Quizá sea demasiado pronto para intentar establecer una rutina. Bah, qué rutina. Eso de la rutina puede que te sirva para el primero, pero con el segundo intentar establecer una rutina es ilusorio. Se lo baña “cuando se puede”, se lo pone a dormir “cuando se puede”. Todo depende de la oportunidad. Amor sobra, organización falta un poco. Tengo sueño, quiero dormir. Como en los dibujitos animados cuando veo algo lo transformo: así como para Bugs Bunny todo parece una zanahoria, para mí un bolso grande es una gran almohada. Estoy pensando que no sería mala idea ponerme palitos para mantener los ojos abiertos, sí, igual que los dibujitos. No, no es buena idea, es mala idea, es que estoy dormida y no pienso claramente. Tengo sueño, quiero dormir. Debería dejar de contar las horas que dormí y las que faltan para levantarme, no le hace bien a nadie esa matemática insomne que solo me pone un poquito más loca. Uh, mientras el tiempo pasaba escribiendo el bebé finalmetne se durmió milagros de la vida, si me apuro quiza pueda dormir siesta, no es lo mismo que a la noche pero el parche sirve. Sí, esa horita de la tarde sumada a las dos o tres de la noche quizá logren borrar mis ojeras. Uf, lo hice de nuevo, estoy contando las horas, no puedo parar.

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