Final del juego: Rosario Deportes, otra vez en casa

12 Julio, 2010


Podríamos arrancar esta nota final de nuestro blog diciendo que volvimos de Sudáfrica con las valijas llenas de recuerdos imborrables, pero estaríamos faltando a la verdad. Volvimos, sí, y lo hicimos con mil y una anécdotas para no olvidar. Las que no volvieron fueron las valijas, que por un error de la compañía aérea se quedaron en el aeropuerto de Johannesburgo. Apenas una manchita que no logrará deslucir todo lo maravilloso que este viaje resultó para este grupo de periodistas de Rosario Deportes.

Treinta y seis días después de nuestra partida, aterrizamos en Ezeiza con la satisfacción del deber cumplido y todas las ganas de volver a abrazar a nuestra gente. Probablemente ese haya sido el motivo por el cual tomamos con tanta buena predisposición la indeseable noticia de que una gran parte del equipaje había quedado varada en el aeropuerto Tambo. En el medio de protestas a los gritos y amenazas de juicio, este equipo de cronistas hizo con tranquilidad la larga cola para el reclamo y respondió amablemente las preguntas de la empresa, todo ante la incrédula mirada de la representante de la compañía que seguramente esperaba otra reacción.

Fue un vuelo de trece horas tranquilo – lo contrario al viaje de ida, cuando el avión se movió como una coctelera durante una hora seguida en una zona de turbulencias -, con una escala breve en Ciudad del Cabo, que usamos en parte para descansar y en parte para empezar a repasar todo lo vivido en el continente negro. Nunca es sencillo reflejar en un diario o en un álbum de fotos todas y cada una de las sensaciones recogidas en un viaje: siempre queda un registro interno de imágenes, olores y sabores imposibles de transmitir. No tuvimos esa pretensión en los artículos que publicamos: simplemente quisimos mostrar, siempre desde nuestra perspectiva, alguna situación que nos haya resultado divertida, curiosa o interesante y que les sirviera a los lectores (y a nosotros) para saber un poco más de las costumbres y formas de vida en el destino que nos tocó visitar.

Como apunte final, podemos asegurar que conocimos un país diferente al problemático y peligroso que nos habían pintado antes de partir. Probablemente mucha basura haya sido barrida debajo de la alfombra, como hacen la mayoría de los organizadores de eventos de esta magnitud, que maquillan su cara visible hasta que la competencia se acaba y el mundo le saca los ojos de encima. Pero la organización del Mundial pasó con creces el examen y disolvió, con el correr de las semanas, todas las dudas que existían en la previa. Nos trajimos una muy grata impresión de Sudáfrica y fundamentalmente de su gente, que nos hizo sentir sus ganas de mostrarle al planeta el orgullo de pertenecer a esa tierra bendita. Allí, en la fuerza de trabajo y la manera de ser de sus habitantes, radica la fortaleza de una nación. La sudafricana sigue construyendo la suya. 


Una cálida despedida en el último atardecer en Sudáfrica

10 Julio, 2010


Pensemos juntos por un momento: ¿cuáles podrían ser las motivaciones de una familia sudafricana para recibir a nueve desconocidos oriundos de Argentina durante su día de descanso, y ofrecerles todas las comodidades imaginables con una gran sonrisa en sus rostros? Las explicaciones se pueden encontrar a partir de la máxima que reza que cada país o cada continente tiene conductas sociales y culturales diferentes, pero así y todo este grupo de periodistas, a punto de tomar el vuelo de regreso a la patria añorada, aún no deja de sorprenderse por la hospitalidad recibida en nuestra última tarde en esta bendita tierra de la Copa del Mundo.

Como se trataba de una jornada especial, decidimos empezarla de una manera poco habitual: levantándonos temprano. A las ocho de la mañana en punto tronó el caño de escape de la motorhome de nuestro anfitrión Colin McKenzie, y nueve rostros desfigurados por el madrugón se instalaron alrededor de la mesa, en la parte trasera del vehículo. El plan era viajar una hora por autopista hasta un complejo de casas de fin de semana llamado Luciana, a orillas del río Vaal, donde no teníamos muy en claro qué iba a suceder, salvo que realizaríamos un paseo en barco.

El viaje tuvo dos protagonistas estelares: Jessie y Joshua, los pequeños hijos de Colin. Estos diablillos pertenecen a esa adorable comunidad de niños que todos disfrutamos durante la primera media hora, que generan alguna incomodidad en los quince minutos siguientes, y a los que más de uno desearía arrojar por la ventanilla cuando empiezan a trepar por nuestros cuerpos o a arrojarnos cualquier tipo de elemento contundente (es una metáfora, va con onda).

Luego de algunas bromas clásicas para matar el tiempo como unir los cordones de las zapatillas de los que lograron dormirse (volvemos a aclarar por las dudas que lo de arrojar los niños por la ventanilla sólo era un chiste), la sinuosa silueta del río Vaal y su imponente represa aparecieron frente a nuestros ojos. Un camino ancho y rústicamente asfaltado nos depositó en nuestro paraje por un día: la confortable casa de Nick y Liezl, amigos de los McKenzie que, después nos enteramos, nos habían invitado para que sus hijas Sasha, Cora y Tina vivan la experiencia de compartir actividades con gente de otro país (disculpen argentinos por la escasa calidad de sus representantes).

Además de convertirse en el broche de oro para nuestra inolvidable estadía en Sudáfrica, fue una vivencia peculiar en la que observamos con asombro como los hombres mezclaban café y torta casera con cerveza mientras miraban un partido de los Springboks frente a los All Blacks, o la libertad que los padres le dan a sus hijos, que a veces se transforma en descuido y que quedó en evidencia cuando el pequeño John McKenzie cayó de cabeza en un bebedero lleno de agua. Y también nos permitió reflexionar sobre las terribles diferencias que separan a la clase baja sudafricana de los que pueden darse lujos como los que disfrutamos este sábado a la tarde.

Un paseo bajo el sol por el río que más adelante besa el Océano Índico, una barbacoa (así llaman a nuestra carne asada), juegos de villar, ping pong, tenis, una pista con cuatriciclos a nuestra disposición y un emotivo adiós con banderitas argentinas flameando nos dejaron la mejor foto para el álbum del corazón. El último anochecer en el continente africano nos cubrió con su manto y, de regreso a Johannesburgo y ya imaginando con ansias el reencuentro con los amores en Argentina, nos descubrimos haciéndonos la misma pregunta del principio: ¿cuáles podrían ser las motivaciones de una familia…


Bruma Market, el paraíso de las artesanías y la ropa deportiva

8 Julio, 2010


El tipo salió temprano y se fue caminando. Llevaba en su bolso dos remeras compradas a un precio irrisorio en La Salada, el mercado negro más importante de Buenos Aires, una con la cara de Lionel Messi estampada en el pecho y otra una buena imitación de la camiseta de la selección argentina. En los bolsillos, unos cientos de rands. Sin GPS ni nignguna otra guía más que su memoria gráfica, uno de nuestros compañeros de viaje partió este jueves hacia el lugar que habíamos conocido el día anterior decidido a hacer un buen negocio. Y cuando el resto del grupo llegó al sitio unas horas después, el milagro había ocurrido: las dos remeras ordinarias y baratas de La Salada se habían convertido, con apenas cien rands encima, en una campera original de la selección sudafricana y dos camisetas – también originales – de España y Portugal. Una muestra pequeña y bien acabada de que todo es posible en Bruma Market.

Supimos del lugar gracias a Suzanne, nuestra amable anfitriona, luego de consultarla por algún outlet o complejo de ventas donde comprar algunos souvenirs para nuestros familiares y amigos. Bruma es sin dudas el mercado más conocido de Johannesburgo, tan grande como irregular. Está enclavado en tres manzanas a unos cinco kilómetros al oeste del barrio de Bedfordview, donde se encuentra nuestra residencia, y consta de dos grandes partes: una, Bruma Oriental, dominada por la colectividad china; la otra, Bruma negra, donde tienen sus puestos sudafricanos, ghaneses, cameruneses y compañía. Todo es como un enorme bazar, pero las grandes vedettes son las artesanías y la ropa deportiva. Y para visitarla hay que atender a un consejo clave, que a nosotros nos dio Suzanne antes de partir: el trueque y el pedido de rebajas están bien vistos.

Este equipo de periodistas eligió comenzar la recorrida por el sector oriental, un gigante galpón con aroma a incienso y decenas de pasillos en donde se acumulan, uno al lado del otro, negocios de los rubros más variados: desde artículos electrónicos a ropa de fiesta. La primera impresión que nos llevamos es que la mercadería era, absolutamente toda, de tercera calidad. Pero la gran decepción vino cuando intentamos discutir el precio de un reloj Justin (por supuesto, imitación) que valía 70 rands – unos 40 pesos – para conseguir una rebaja. “If you don’t like it, go out”, nos tiró con desprecio un hombre de rasgos asiáticos de unos 60 años. Más tarde supimos que esa es una de las grandes diferencias con el Bruma de los negros: en el sector oriental los precios no se discuten. Luego de una recorrida sin compras, nos cruzamos el sector de los africanos. Y empezó lo mejor.

Para entrar a este mercado hubo que pagar una entrada de cinco rands, con los que se obtiene un cospel para habilitar un molinete como los de los estadios. Este parque abierto se recorre en sentido circular, aunque uno puede cruzar de un costado al otro a través de pasillos laberínticos bajo techo en los que pueden ubicarse disquerías, peluquerías y hasta sex shops. La variedad es asombrosa y no alcanzan tres horas para recorrerlo por completo. Se alternan uno tras otro locales de esculturas donde pueden comprarse una jirafa de ébano y una máscara tallada en madera por 100 rands, sandalias africanas de cuero por 50 y carteritas de mimbre por 30. La ceremonia será siempre la misma: uno ingresará al negocio, preguntará el precio de lo que le gusta, hará mala cara y ofrecerá una cifra menor hasta definir, en un divertido tire y afloje, el costo final de la adquisición. Todo permitido y hasta celebrado por los encargados, que aceptan con gusto las reglas del juego.

Luego de pasar por locales de pinturas, tejidos y zapatos, y a poco del cierre del mercado (que se produce invariablemente a las cinco de la tarde), caímos en el sector de venta de ropa deportiva, donde varios de nosotros sacamos a relucir las habilidades de pelea de precios adquiridas en el trancurso de la tarde: así, Francisco Terré y Lalo Falcioni compraron dos camperas originales de la selección de España por sólo 200 rands y Javier Cigno y Pablo Montenegro se hicieron de una casaca de la selección de Sudáfrica por 50 rands cada una. En ese mismo sitio uno de nuestros compañeros de viaje logró cambiar aquellas remeras compradas en La Salada por un camperón deportivo y dos camisetas de fútbol originales, un negoción seguramente propiciado por el camino non sancto que esas prendas habrán recorrido hasta caer en manos de nuestros vendedores. Nos marchamos satisfechos por la experiencia y sin querer saber demasiado acerca del origen de todo lo que acabábamos de comprar. Al fin y al cabo, Bruma y La Salada son otro de los paralelismos entre Sudáfrica y la Argentina en el tercer mundo.


Un día en la montaña y el largo camino de la desilusión

6 Julio, 2010

Ciudad del Cabo provocará un recuerdo ambiguo para este grupo de periodistas cuando, ya pasado el tiempo, el recuerdo nos traslade nuevamente a este Mundial de Sudáfrica que todavía sigue en curso. Por un lado, nuestra memoria nos devolverá las imágenes más bellas que quizás hayamos visto en nuestra vida, con esa imponente conjunción de montaña, vegetación y océano azul. Pero también aparecerá el cabezazo de Friedrich, la corrida de Schwensteiger y las puñaladas de Klose.

Nuestro ánimo, así como los sueños del equipo de Diego, sufrieron espasmódicos ascensos y descensos en este fin de semana en la ciudad donde África se cae al mar. Muchos argentinos permanecieron en Ciudad del Cabo el día después de la eliminación, pateando piedritas con la cabeza gacha y buscando en tanta maravilla natural un poco de sosiego para la amargura ocasionada por la derrota, soñando que la resistencia podría generar una decisión inédita de la FIFA para hacer jugar de nuevo el partido. Pero no, el ingenuo deseo no fue posible.

La Isla de Robben, ese pedazo de tierra infame que nunca hubiese pasado a la historia sin Mandela encerrado allí por 27 años, fue el primer destino turístico elegido. Pero una amable empleada nos informó, ventanilla de por medio, que no había tickets de embarque hasta el jueves. “Entonces vamos a Table Mountain”, propuso alguien que mejoró bastante su inglés a la fuerza.

La Montaña Mesa es algo así como el telón de fondo de Cape Town (el nombre en inglés de Ciudad del Cabo), una imponente pared de roca y bosque que por las noches es iluminada por potentes reflectores, y no hay ojos que alcancen para mirar. El ascenso es rápido y seguro en auto, girando por un camino pintoresco que mezcla todos los colores imaginables. Un mirador que es una ventana al Edén, un barcito para tomar un refresco y un cable carril que lleva a la cumbre, nos indicaron que habíamos llegado a destino.

Un cielo diáfano y un sol siempre brillante nos hicieron un guiño, y más allá de que sacamos cerca de mil fotos, no hay imagen artificial que pueda describir con un mínimo de certeza lo que observamos desde las alturas. El valle que los holandeses le quitaron a los nativos y que los ingleses tomaron por asalto cuando descubrieron que era el puerto ideal para comercializar con Asia y África, se extiende desde la ladera oeste de la montaña hasta el Atlántico. Desde la cara opuesta, la vista se pierde en la inmensidad de los dominios del Índico.

Pero llegó el tiempo del regreso, el momento de preparar el ánimo para desandar los 1420 kilómetros que separan el centro del país del punto más occidental del continente negro. “Acá vimos la eliminación de Brasil”, recordamos al pasar por una estación de servicio en Laingsburg, una pequeña ciudad enclavada en el comienzo del camino montañoso. Claro, en ese momento nuestra ilusión llegó al punto máximo y nadie tenía en los planes lo que sucedería un día después en el estadio Green Point.

Y así volvimos a unir pequeños pueblitos como Richmond, Trompsburg, Prince Albert y Edenbrug, y grandes ciudades como Worcester, Colesberg y Bloemfontein. La montaña se hizo meseta, y la meseta le dio paso luego a una geografía que después de 30 días ya se nos hizo familiar. “Por fin otra vez en casa”, dijo entre suspiros alguien que no recordamos quién fue. Lo que sí sabemos es que todos lo miramos y preguntamos: “¿De qué casa? Si estamos a 8000 kilómetros de Rosario”. Más tarde, cuando apoyamos la cabeza en la almohada, llegamos a la conclusión de que sentíamos esta casa de Johannesburgo como propia porque aquí vivimos nuestros días de fútbol más felices.


La nota que nunca quisimos escribir

4 Julio, 2010


Esta es una nota que nos duele en el alma escribir, la que nos devolvió a la dura realidad de los últimos años del fútbol argentino, la del fin de la ilusión. Se acabó, estamos afuera de la Copa y viviendo seguramente la jornada más triste de nuestra estadía en Sudáfrica. La paradoja de todo esto es que probablemente estemos en la ciudad más maravillosa de este país, la magnífica y europea Ciudad del Cabo.

En vano será buscar aquí los motivos de la eliminación, ya que esta no es una nota estrictamente deportiva: para otro momento, u otra parte de este sitio web, quedan las razones del doloroso 0-4 ante Alemania; solamente nos vamos a ocupar en estas líneas de nuestro propio 0-4: el que arrancó con la esperanza que provocaba el buen andar de los muchachos de Diego hasta el momento en que Klose y compañía nos agujerearon el corazón.
“Che, ya sé por qué perdimos”, masticó Cigno en el desayuno de este domingo de oprobio y ante la cara de sorpresa del resto. “Porque no cumplimos ninguna cábala”. Y pasó a enumerar: “Primero, ayer no desayunamos en el shopping de Bedfordview”, tiró mostrando el índice derecho y haciendo referencia a una costumbre imposible de repetir por una cuestión geográfica. “Dani Mansilla (uno de nuestros compañeros, ya amigo) no trajo la camiseta del Rojo que nunca había faltado a la cancha y Matías Rosconi no se duchó antes de ir al estadio como hizo siempre”, volvió a la carga con cara de estar revelando un secreto Javier, que remató todo con un “ahí está la explicación de la goleada”. De más está narrarles que recibió muecas de desagrado por una humorada que sólo tuvo intenciones de levantarnos el ánimo.

La cuestión es que el paseo al monumental Green Point Stadium fue triste de principio a fin: el tempranero gol de Muller desnudó la impotencia de un conjunto desafinado, que acabó recibiendo una catarata de goles que hicieron trizas todos nuestros anhelos. El llanto del Murmu Luengo, un casildense grandote de corazón tierno, lo decían todo. Nosotros, periodistas, apenas podíamos contener tanta tristeza, pero al menos nos quedaba la búsqueda de explicaciones futbolísticas: en el camino de regreso a casa nos deshicimos en críticas al planteo de Maradona o el rendimiento de algunos jugadores, pero nada que fuera a secar el mar de lágrimas que nos carcomía por dentro.

“Qué feo llevarse un tan mal recuerdo de una ciudad tan impresionante”, dijo Pablo Montenegro, mientras Lalo Falcioni miraba sin mirar el festejo de los cientos de alemanes que coparon Long Street, la calle con mayor movida nocturna de todo África. Es una mala jugada del destino que nos llevemos en el estómago todo el dolor de uno de los tropiezos más ruidosos de la albiceleste en la historia de la Copa del Mundo justo de aquí, donde conviven aires de Mónaco o París con la belleza exótica de África. Al menos nos queda un día para recorrer este sitio que tiene tanta riqueza estética como para que nos larguemos a suponer que quizás, y haciendo un gran esfuerzo, podemos apartar a un costado la tristeza y la bronca y dejar de pensar en que la aventura de este viaje se terminó.


Ciudad del Cabo, ciudad celeste… y blanco

3 Julio, 2010


El azar, o más bien el recorrido de nuestra selección en la Copa del Mundo, nos trajo hasta un rincón del planenta que probablemente nunca hubiéramos elegido como destino de viaje, no porque le falte belleza sino porque en nuestro país pierde con otras ciudades con mayor tradición o mayor prensa la batalla turística: Ciudad del Cabo. Y ahora nos encontramos, casi sin darnos cuenta, en un resto-bar como salido del paraíso: a orillas del mar, en el sitio más glamoroso y cosmopolita de Sudáfrica y a pocas horas de que Argentina busque ante Alemania el paso a semifinales del Mundial. No es poco para este grupo de periodistas viajeros de Rosario Deportes que andan de asombro en asombro.

Una verdadera aventura fue el viaje vía terrestre desde nuestra cómoda residencia en Johannesburgo hasta este lugar de ensueño. Dieciséis horas de recorrido por una única ruta, la N1, la más añeja y larga de este continente negro que va de Ciudad del Cabo hasta El Cairo: una carretera que ofrece paisajes únicos que poco pudimos disfrutar. Es que salimos del rico barrio de Bedfordview de madrugada con una niebla de espanto; debimos hacer cuatro paradas de 20 minutos cada una por arreglos en la autopista que nos tiraron al diablo el promedio en la ruta, y tuvimos que sortear la parte más peligrosa del recorrido, en plena montaña, en la oscuridad más acechante.

Pero a pesar de estas contrariedades, ahora estamos levantando las copas en este bar costero donde la juventud de esta parte del país hace la previa de la salida del viernes: a treinta metros las olas rompen contra la playa y nosotros mientras no perdemos detalle de la definición de Uruguay-Ghana. A diferencia de lo que generalmente sucede en nuestras pampas (hay contadas excepciones), aquí todo el pueblo sudafricano le dio su más vivo apoyo al único representante del continente negro en la Copa. Así, no fue una sorpresa que haya habido cientos de camisetas ghanesas repartidas entre las mesas y no fue inesperado el grito desaforado del 90 por ciento del bar por el penal que le dieron a los de Rajevac sobre el cierre del suplementario.

Allí sucedió algo realmente extraordinario: los nueve integrantes de esta comitiva, entre periodistas y amigos, explotamos de alegría como con un tanto argentino ante el error del jugador ghanés que falló la ejecución. Probablemente la simpatía que despiertan los hermanos rioplatenses, combinada con la lejanía de casa y un toque bien nuestro de competitividad en cualquier rubro y ocasión, nos llevaron a hinchar por la celeste. Un rugido medio charrúa medio argentino atronó cuando Abreu picó el penal y se metió en la historia, mientras los lugareños nos miraban hasta con sonrisas por nuestro verdadero fanatismo por el fútbol.

Aquí estamos y aquí nos quedamos hasta el domingo, siempre y cuando la selección pase a semifinales, ya que debemos volver raudamente para poder cambiar los tickets para el encuentro siguiente. Si por esa cosas del fútbol la celeste y blanca tropieza, se nos abrirá un paréntesis de una semana hasta el regreso por lo que nos quedaremos un par de jornadas más en esta ciudad maravillosa, que seguramente tiene muchos más encantos que esto que podemos ver y escuchar desde aquí, sentados en un bar a la orilla del mar, con una cerveza en la mano y brindando por nuestra querida Argentina.


Un día el Maradona del relato visitó nuestra casa, y fuimos felices

30 Junio, 2010

“Barrilete cósmico, de qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado…”. Esta frase fue inmortalizada por un relator uruguayo en aquel Mundial de México 86, pero qué argentino no se emociona hasta las lágrimas al escuchar esas palabras que seguirán flotando en el aire, cargadas de belleza y fantasía, cada vez que el recuerdo de Diego y su gambeta infinita asalte nuestra memoria. Porque desde que Víctor Hugo Morales describió aquella jugada indeleble, el gol de Maradona a Inglaterra y ese relato fueron la misma cosa para siempre.

“El miércoles a la noche vienen a comer los muchachos de Radio Continental”, informó Néstor Clivati un par de días atrás, y el resto de la tropa de Rosario Deportes respondió al unísono: “Pero Víctor Hugo no viene ni ahí, ¿no?”. Los labios apretados y la cara de circunstancia del comentarista oriundo de Rafaela nos dejó una luz de esperanza, pero recién este miércoles a las 20.34, cuando la figura del narrador de fútbol más grande de la historia se dibujó en la puerta de entrada de nuestra casa en Johannesburgo, caímos en la cuenta de que estábamos en una noche que atesoraríamos para siempre.

 Víctor Hugo Morales Pérez recorrió los 62 kilómetros que separan su morada en Pretoria de este barrio de Bedfordview con un objetivo claro y conciso: comer su primer asado en Sudáfrica. Sin embargo, cuando la cena fue historia y los duendes del vino y la carne asada vinieron a frotar sus manos en el fogón, tuvimos la indescriptible y hasta ingenua sensación de que el uruguayo de 63 años había disfrutado verdaderamente de la velada.

Jesús Emiliano es, además de gran compañero y excelente relator de Radio 2, un inimitable admirador del nacido en la localidad oriental de Cardona. Y realmente nos aprovechamos de su entusiasmo y de su prodigiosa memoria, para sacarle el jugo al deslumbrante anecdotario de Morales, a secas, como lo llaman sus cercanos. Así pasamos más de tres horas en las que recorrimos sus primeras travesuras en Radio Oriental de Uruguay, gambeteando dictaduras, sus tertulias junto a un tal Pepe Mujica, aquel militante de los Tupamaros que ahora llegó a presidente, o aquella noche en la que el genial director de cine Francis Ford Coppola comió en su casa y casi no cruzaron palabras.

“Nunca vi a Maradona tomar una decisión equivocada adentro de una cancha”, sentenció el maestro de relatores y todos guardamos esa máxima en nuestro disco rígido. Y agregó: “Si no existiera Maradona, Messi sería el mejor jugador argentino de la historia; ambos son de esa clase de jugadores que hacen que un Mundial sea inolvidable”. Cuando Víctor Hugo habla de Maradona, nos convencemos de que no fue casualidad que su primer grito en Argentina haya sido por aquel gol de penal de Diego a Talleres en el Boca del 81. “La soltó como un lágrima”, dijo esa tarde, y el mundo se enteró que la narración deportiva ya no sería igual.

Cada uno lo gozó a su modo: Pablo Montenegro se sonrojó cuando lo presentaron como el segundo relator de la radio, Javier Cigno asintió con una sonrisa cada comentario, Lalo Falcioni observó como a través de un cristal de museo, y el resto de los muchachos se sacó fotos y agradeció el regalo que nos dio la vida. También aprovechamos para robarle una opinión al gran periodista en nuestro Rosario Deportes, y fue tan fuerte su presencia que pasaron a segundo plano magníficos hombres de prensa como Román Iutch, Matías Canillán, Jorge Arcapallo y Leandro Illia.

Quizás no logre tomar dimensión el común de la gente, pero para los que abrazamos esta profesión tan maravillosa, esta noche nos visitó Maradona. Y nos quedó una sensación tan inexplicable en el alma, que necesitamos escuchar el saludo de Víctor Hugo en su programa para confirmar que todo había sido verdad, que no se trataba de un delirio provocado por 28 días de convivencia entre seres de esta tierra.


Los domadores rosarinos del Lion Park

29 Junio, 2010

Ya hace 23 lunas que este equipo periodístico de Rosario Deportes está en Sudáfrica. Y cada jornada ha tenido lo suyo para ganarse un lugar en nuestra memoria. Es que no es habitual estar en un sitio tan lejano y atrapante como este país, que presenta la mixtura perfecta entre lo cosmopolita y lo salvaje. Este martes 29 de junio fue otro día de esos difícil de describir, en los que la excitación por la posiblidad de cumplir algún sueño nos desborda: abrazar a un pequeño león o darle de comer a una jirafa. En esta nublada y fría tarde de Johannesburgo, lo hicimos realidad.

Sin la obligación de viajar a Pretoria para cubrir el entrenamiento de la selección, que trabajó a puertas cerradas, decidimos conocer alguna de las tantas maravillas que le ofrece a los turistas la urbe más poblada de este país. Mientras degustábamos unas deliciosas medialunas artesanales en el desayuno, acodados en la barra de la impactante cocina de la residencia Mc Kenzie, empezamos a tirar propuestas: “Podríamos ir al shopping”, tiró Clivatti, aunque la moción fue desestimada sólo con las miradas. “Yo preferiría ir a conocer la fábrica de chocolates artesanales de Bedfordview”, sugirió el amigo Matías Rosconi, quien pese a su espigado cuerpo come más que un pacman. “¿Y si jugamos la revancha al fútbol en el jardín?”, preguntó desubicado Pablo, obteniendo otro no rotundo. “¡Bah, hagamos algo que sea distinto, algo que en casa no podamos hacer!”, bramó iracundo el Dani Mansilla, otro de los compañeros de viaje. No había quórum.

Las ideas no cerraban, no había acuerdo, hasta que el ocurrente Murmullo Luego aplicó la lógica y se iluminó: “¿Vamos a otra reserva de animales? ¡Después de todo estamos en África! ¿Cuando vamos a tener una posibilidad así?”. Tan convincente sonó su frase que todos nos rendimos ante la sentencia. Era el plan ideal. La semana anterior habíamos estado en Plumary, a 100 kilómetros de aquí, pero nos habíamos quedado con las ganas de tener un contacto más cercano con los animales salvajes. Buceamos por internet y elegimos el Lion’s Park, una increíble reserva natural situada a mitad de camino entre Pretoria y Johannesburgo que prometía una caminata y un encuentro face to face con los cachorros de león. Sin dudas, lo que buscábamos.

Cargamos cámaras, micrófonos y el mate y nos lanzamos a una nueva aventura. Nos sentíamos listos como para filmar un documental del National Geographic. El infaltable GPS nos guió y a pocos kilómetros de llegar, ya a paso de hombre por el pesado tránsito de la zona, nuestro productor estrella Pancho Terré tiró con su particular tono del norte santafesino: “O no estamos tan cerca o las jirafas no son tan altas como yo creía”. No será un pichón de Olmedo pero su humorada sumó para matizar la espera. El parque no está tan a la vista y hay que agudizar la mirada para encontrar los carteles indicatorios. Hasta que una enorme cabeza leonina estampada sobre una chapa verde nos dijo que habíamos llegado.

Cruzamos una barrera y aparecimos en una gran explanada de tierra donde pudimos dejar los autos. Al bajar, la primera sorpresa: un morocho vestido con un taparrabos y munido de una lanza nos daba la bienvenida dando grandes brincos. Todos supimos que el tipo no era un indio hecho y derecho: más bien tenía pinta de ser un humilde laburante de barrio obligado a vestir y comportarse exageradamente como zulú. Pero la lejanía y la fascinación que provoca viajar permiten tomar con simpatía sucesos que en otro contexto generarían otras reacciones, así que le devolvimos una sonrisa al entusiasta aborígen que nos indicó la entrada. Pagamos 115 rands (algo más de 50 pesos) y enfilamos a los cubiles de los cachorros de león.

Después de esperar que cuatro grupos de ocho personas tuvieran sus respectivas sesiones de fotos (entre ellos Oscar Ruggeri y el Chino Tapia junto a la producción del programa de Alejandro Fantino), pudimos entrar. Lalo Falcioni se abalanzó sobre un maravilloso y pequeño ejemplar de león, que lo miró hasta extrañado por tanto afecto. Javier Cigno posó para los flashes parado como un domador, cuando a sus pies descansaba casi dormido un leoncito que no llegaba a cuarenta centímetros. Todos pudimos obtener la instantánea junto a los tiernos animalitos, que habrán respirado aliviados cuando en un inglés estridente un guardia nos obligó a salir.

Pero había mucho más por delante: caminando fuimos al hogar de las jirafas, donde pudimos darles de comer con nuestras manos; recorrimos a prudente distancia las jaulas de las hienas y las chitas; visitamos las diminutas suricatas y, finalmente, atravesamos en auto una amplia porción de la reserva en la que inmensos, peligrosos y (vale aclararlo) satisfechos leones caminaban al lado de las ventanillas. Da miedo de tan sólo mirarlos, pero ahora más tranquilos podemos saborear la experiencia. Ya cerca del horario del cierre, las cinco de la tarde (casi de noche en estas tierras), aprovechamos para comprar algunos souvenirs y emprendimos la retirada. Un bonus track: a poco de cruzar la salida, dos enormes jiafas nos dieron la última postal para la foto perfecta.

Ya con la cena servida sobre la mesa del comedor (unos tallarines humeantes salidos de las manos de Tatú Mansilla), mezclamos las jugadas de España-Portugal con el repaso de las secuencias de nuestro paso por el Lion Park. A Javier Cigno no se le borra la sonrisa de oreja a oreja, esa felicidad inexplicable que encontró desde que alimentó en la boca a las jirafas; Pablo Montenegro no deja de hablar con sus seres queridos para contarles de la peligrosa aventura (¿?). Lalo Falcioni baja y publica cada una de las fotografías para que ese momento quede inmortalizado para siempre. De verdad, difícil de explicarles con palabras esta nueva experiencia africana, otra más para alimentar el cariño que ya le tomamos al continente negro, siempre mirado de reojo por el resto del mundo.


Adiós, Soccer City… ¿nos vemos en la final?

28 Junio, 2010

Impactante. Así luce el Soccer City cuando ya nadie queda, salvo nosotros, en el estadio donde Argentina acaba de vencer a México. Una inmensidad naranja verdaderamente sobrecogedora es lo que se ve desde el sector de prensa, donde este equipo de periodistas está emitiendo Rosario Deportes por Radio 2, ubicado en la parte alta de una de las tribunas laterales. Hace frío y ya es la medianoche, y mientras Jesús Emiliano habla, el resto trata de captar cada imagen de esta auténtica obra maestra de la arquitectura moderna. Aunque nadie lo diga, todos sabemos que sólo una cosa nos puede volver a sentar en estas butacas: que la selección de Maradona juegue la final. ¿Será eso posible?

En cuanto a esta visita al gigante del Soweto, el balance es positivo salvo por el robo del GPS de uno de los autos que sufrimos en el estacionamiento del IBC, el centro de prensa donde todos los canales del mundo tienen asentados sus estudios móviles y donde se cocinan las imágenes que luego se ven en cada pantalla de cada hogar del planeta. Un error propio (no activar la alarma del Toyota Corolla) conjugado con la maldad ajena nos dejó sin uno de los elementos indispensables para movernos por un país desconocido, aunque cuesta pensar que el hurto se produjo en el lugar supuestamente más “civilizado” de este peligroso barrio de Johannesburgo. Ni el continuo movimiento de autos ni la presencia de agentes de seguridad impidieron que alguien se hiciera de un aparato de 2.000 rands (unos 1.000 pesos argentinos).

Pero ya dijimos que fue una jornada satisfactoria para este equipo periodístico, sobre todo porque Argentina ganó y está entre los mejores ocho del campeonato. Más allá de la natural alegría por el triunfo de la selección, nosotros también festejamos que nuestra estadía no se truncara justo antes del viaje a Ciudad del Cabo, el destino turístico más importante de este país. La Ciudad Madre está a 1.400 kilómetros de distancia y a años luz en cuanto al costo del pasaje en avión: por eso, sólo se justifica desandar por tierra semejante cantidad de kilómetros por el hecho de tener que cubrir la presentación de la escuadra nacional. Nuestra salida está pautada para el viernes bien temprano y calculamos llegar a la tardecita para acomodarnos en el hotel que una amiga de nuestra anfitriona Suzanne, llamada René, ya nos reservó. Las fotos prometen una habitación con vista al mar y cerca de la conocida Table Mountain, lo que aumenta la ansiedad por la travesía.

Finalmente, del domingo volvemos a rescatar momento inolvidables como la salida de los equipos a la cancha, la emoción al entonar el Himno Nacional (algo que volvimos a registrar con las cámaras para aseverar con imágenes lo que decimos o escribimos que nos pasa), el grito de los goles y los simpáticos duelos verbales con algunos desafiantes hinchas mexicanos. Todas sensaciones muy futboleras que son casi la esencia de este viaje, porque cada uno de nosotros ama al fútbol tanto como nuestra profesión. Y todos sentimos adentro ese coquilleo por saber que esta vez puede ser posible el sueño de ver en vivo y en directo a Argentina campeón mundial. Ahí queda el Soccer City, con toda su majestuosidad, esperándonos…


El Museo del Apartheid, un paseo por la historia viva del continente negro

26 Junio, 2010


“Tragedia y heroísmo. Tiranía y libertad. Caos y paz”. Esas tres oraciones, resaltadas en blanco sobre un fondo negro, forman parte de la introducción del folleto que nos entregaron en la entrada del Museo del Apartheid, una de las excursiones insoslayables para todo viajero que pise Sudáfrica. La vida de este país está marcada a fuego por esa mano de hierro con la que los blancos aplastaron durante un siglo a los negros, a los que consideraron una raza inferior. Y el equipo de Rosario Deportes cumplió este sábado con la casi obligación de visitar este sitio de aprendizaje y de culto a Nelson Mandela, el precursor del fin del segregacionismo y el fundador de la nación con la que hoy nos mezclamos diariamente.

Poco después del mediodía, programamos el GPS y salimos con rumbo a Soweto, uno de los barrios más pobres de Johannesburgo en el que nació el gran Madiba, a quien le dedican gran parte del recorrido de este museo interactivo que se alza en una bella colina al suroeste de la ciudad. No nos costó dar con una de las principales atracciones turísticas de la ciudad más populosa del país: estratégicamente ubicado en la Mandela Street, un par de barreras custodiadas por negros de traje y corbata son la puerta de acceso a la gigante playa de estacionamiento del lugar. Estacionamos, pagamos 150 rands de entrada cada uno (casi 80 pesos argentinos) y recibimos la primera sorpresa: a dos de nosotros nos dieron boletos distintos, para acceder al museo por puertas diferentes.

Inmediataments supimos que la recorrida iba a estar cargada de un valor simbólico: separados por rejas, unos fuimos por un pasillo en el que colgaban las identificaciones de negros asesinados durante el proceso, otros por el sector destinado a los blancos, los que gozaban de los privilegios económicos y sociales que les otorgaba su raza. Un cartel nos explicó cuál era el principio básico del Apartheid: separarlo todo, trazar una delgada línea para mantener divididos a blancos y negros y evitar la mezcla, un proceso que era inevitable desde que los conquistadores holandeses e ingleses se apoderaron de esas tierras.

Al dejar atrás el pasillo de ingreso, desembocamos ambos grupos en un amplio patio con una pared formada por paneles de alambre rellenos con piedras. Es el homenaje a los mineros que transformaron a Johannesburgo en la “ciudad del oro”, el objeto del deseo tanto para los boers como para los británicos y por el que se trenzaron en una lucha sangrienta a fines del siglo XIX. Luego, accedimos a un salón circular cuyo recorrido lo guían láminas gigantes acompañadas de videos y evidencia de cada suceso narrado: desde la instauración del régimen del cruel Partido Nacional, en 1948, pasando por la detención de Mandela y los demás líderes políticos negros en 1963 hasta la liberación de Madiba y su llegada a la presidencia en 1994.

Uno de los sitios más impactantes del museo es el salón en el que cuelgan 131 horcas, que simbolizan los 131 asesinatos de líderes políticos que el gobierno blanco llevó a cabo para desarmar la resistencia. Caminar por encima de las sogas es una experiencia sobrecogedora, lo mismo que reconocer las celdas de 1 x 1,5 metros con un ventiluz mínimo en el que los prisioneros eran obligados a pasar hasta cinco años, o subirse al tanque con el que la policía reprimía el más mínimo atisbo de disconformismo de los negros. Todo apoyado por material filmográfico que se emite en pantallas gigantes y que dan cuenta de la verdadera dimensión del desastre.

Quizás, la parte del museo que mejor explica la filosofía Mandela y la que deja el mensaje más profundo es la que se ocupa de sus 27 años de cautiverio en Robben Island, en la que se narran las humillaciones más diversas que soportó el Premio Nobel de la Paz antes de conseguir su libertad, otorgada por el peso y la ascendencia de su apellido en la mayoría negra, que utilizó para empezar a construir eso que sus verdugos se habían encargado de imposibilitar: una nación. La enorme lámina del sonriente Mandela aplaudiendo al capitán de los Springboks, Francois Pienaar, en pleno festejo por la conquista del Mundial de Rugby de 1995 (fantásticamente narrada por Eastwood en Invictus) es el epílogo de un recorrido de casi dos horas que resulta indispensable para entender las claves de un país que sigue luchando contra las diferencias. Una lucha que no cesa pero que desde hace 16 años pasó a ganar.



 
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