Hasta por las lágrimas de esta noche. Que son dulces. Que están teñidas por esa belleza que nos dejaste al alcance de la mano.
Gracias por las canciones, claro. Por todas. Por esa puerta a la poesía, por ese viaje de ida que todavía sigue ahora, que escucho Diganle, y conmueve.
Gracias por los amigos. Los sábados a la tarde frente al centro musical, cuando salió Tester de Violencia, y sonaba una y otra vez La bengala perdida. “Uh, escuchá, «Cultura y poder son esta pornobajón»”, repetíamos extasiados, como si fuéramos las caricaturas de Paolo, el rockero del programa de Badía.
Gracias por el amor. Ese misterio inexplicable que gobierna el mundo, o debería hacerlo.
Gracias por el vuelo. Por esas melodías que se convirtieron en plataforma de despegue. Y por volverte canción, y llegar hasta el sol.
Por los discos, cómo no. Cada uno un descubrimiento, un tesoro esperado.
Gracias por La, la, la, esa joya –compartida con Fito– que debería ser de escucha obligatoria en las escuelas para que el pueblo sepa de qué se trata.
Gracias por la buena memoria, y sus libros. Por esos temas que fueron poblando la banda sonora de mi vida. Por los que pude sacar en la guitarra, por cierto no con dedos de mimbre. Y los que no, porque, como dice el personaje de Capusotto, son “imposhiibles”.
Gracias por “Mi sueño de hoy”, esa canción del disco con Los socios del desierto, que la acompañó a Camila durante todo el tiempo que estuvo en la panza, porque decían que allí se escuchan mejor los sonidos graves, y el bajo de Marcelo Torres no podía más que empezar a ablandar el alma.
Gracias por los recitales. Esas ceremonias en las que la magia invadía el aire y nos entraba a todos y cada uno. Por los oídos, por la boca, por la cabeza, por los pies, por los poros. Y gracias por un gran consejo: “Cuidado con el bobero”.
Gracias por la noche de Vélez, la de las Bandas Eternas. Esas cinco horas y media de felicidad, de amor de primavera. En un momento bromeaste: “Los invito a todos a mi casa”. Qué linda invitación, Flaco.
Por el primer recital, hace más de 30 años en El Círculo, con Invisible. Y por el último, a principios del año pasado, en el mismo lugar, ya todos más viejos, ya todos más sabios, pero también más cerca de la muerte.
Gracias también por el final. Por esa última lección, que fue la carta posterior a que se hiciera público lo del cáncer. Maldito cáncer.
Buen viaje, Flaco. Saludos al capitán Beto. Y al que se queda acá, un pedido: dale gracias.
Fue un momento de felicidad. Alguien había escrito en Twitter que ya estaba, un periodista deportivo comentaba en la televisión que si se demoraba la respuesta es porque había chances. ¿Y qué no se iba a poder negociar si, justamente, lo que estaba en juego era eso tan difícil de alcanzar que es la felicidad de mucha gente al mismo tiempo?
Oroño y Jujuy estaba bien para dejar el auto. Caminar un par de cuadras, sentir de a poco eso que, en Weelwright, te atrapa definitivamente. Llegar, encontrar a un amigo de hace mucho que se fue a vivir a Buenos Aires; un abrazo con él, otro con Fidel, otro con Julián que estaba ahí no por hincha sino por camarógrafo, pero que una vez, cuando él era muy chico, me acompañó a ver a un Negro que debutaba, un tal Mtawali, y ese es un gesto de amor para agradecer de por vida.
En esa nube de euforia que espera la decisión de un hombre, un sí o un no de un tipo que decide por quién sabe qué cosas, lo que flota es una esperanza. Un sueño. Pero en retrospectiva.
Es un sueño que imagina un futuro que de alguna forma nos lleva de vuelta a un pasado ni siquiera idealizado; no hay dudas de que fue maravilloso.
En un hombre se deposita toda esa carga. Y él decide, cavila, camina como lo hacía al lado del banco de suplentes. Duda. Duda. Y la duda alimenta la nube, porque si duda es verdad que es loco, y si es loco está dispuesto a romper salidas lógicas y previsibles.
Cuesta pensar que lo entienda como un sacrificio. Porque las circunstancias pueden no ser las mejores. Pero el amor y la locura no se suelen detener en esas cosas.
Y de golpe, no. La respuesta es no. Y es como que te bajan de un plumazo de la nube. Que ese pasado está en el pasado, que hoy es hoy, y mañana quién sabe. Que nadie es tan loco ni tan cuerdo. Que a veces el amor no es más fuerte. Que esta vez no hay final feliz. Que la vida sigue, ahora sin nube, pero tarde o temprano vendrá alguna otra.
¿Por qué dijo que no? ¿Por qué dudo? ¿No le pasa a él que agarra para un lado y enseguida se pregunta si no era mejor ir por el otro? ¿Tuvo miedo? ¿Vio, como Reutemann, algo que no le gustó? ¿Está feliz con su decisión? ¿No se soñó, como lo soñé yo, frente a una tribuna enloquecida, colgado de un alambrado, con la camiseta roja y negra en la mano, gritando Newell’s carajo?”.
Camila baila. Baila y me mira. Sí, Camila, estoy llorando. Suenan los primeros acordes de All my loving. La música me transporta a otros tiempos. A cuando yo tenía la edad de Camila –en realidad era más chico aún– y con una raqueta como guitarra jugaba a que era John.
Camila tiene 13 años. No hace mucho empezó a escuchar a Los Beatles. Y se hizo fanática. Tanto que por su insistencia estamos ahora en la platea alta de la cancha de River. Gracias, Camila.
Es una noche feliz. Aunque yo llore y llore. Porque también río, también bailo, también canto. Y hace tiempo que sé que si lloro, si río, si canto, no necesito nada más para procesar lo que siento. Para decirlo sencillo: mejor reír y llorar que el rivotril. Gracias, Paul.
Ese tipo que está ahí en el escenario, al que vemos chiquito desde la platea alta pero de quien las pantallas gigantes nos acercan los gestos, es el mejor compositor de canciones del mundo vivo (los otros son sus “amigos”, como él mismo los nombra, John y el menos prolífico pero súper efectivo George). Y tenemos la suerte de que quiere celebrar su obra con nosotros. Cómo no bailar, cómo no cantar, cómo no reír, cómo no llorar.
Son tres horas a puro sentimiento. McCartney parece tomar la energía del público, absorberla. Debe ser por eso que, a los 68 años –que no los refleja ni ahí–, sale de gira para hacer lo que hace desde hace casi 50 años.
Esas canciones que revolucionaron la música como nunca antes y nunca después no suenan vigentes, suenan eternas. Se emocionan los dos setentones que están allí, delante nuestro, que se abrazan, que graban con sus celulares. Me emociono yo, que conocí a Los Beatles cuando ya hacía bastante que se habían separado. Y se emociona Camila.
Es un recital sin margen para sentarse. Sin margen para distraerse. En un momento llega a mi celular un mensaje: alguien avisa que en el Concejo Municipal se pelearon Zamarini y Rosúa y que hay fotos. Lo siento, estoy a miles de kilómetros de distancia. Suena Something, una de las más maravillosas canciones de amor que se hayan escrito. Gracias, George.
Pero, lo cantó Vox Dei, todo tiene un final. Cuesta irse. A Paul se nota que le cuesta, ni hablar a nosotros. A los setentones de adelante, a Camila, a mí.
Cuando con paso lento llegamos a la Traffic que nos va a traer de regreso a casa, después de recibir un par de posters de regalo de una vendedora ambulante que prefiere que los tengamos nosotros y no la policía de Macri (la vendedora, otra persona más a quien agradecer), Camila me pregunta: “¿No me voy a olvidar nunca de esto, no?”.
En la radio suena Luis Miguel, pero ni ella ni yo lo escuchamos. En nuestras cabezas no hay lugar para otras canciones. Tenemos cuatro horas por delante. Sé que voy a soñar con Blackbird, con Paul McCartney y su guitarra acústica sólo ante las 45 mil personas que vivieron esa noche mágica. Let it be.
La plaza del adiós a Néstor Kirchner cristalizó en lo social uno de los primeros proyectos políticos del ex presidente, que parecía haber quedado, sino en la nada, en una expresión bastante más escueta que lo que él había pergeñado: la transversalidad.
Esa transversalidad que los dirigentes que podían expresarla –el propio Kirchner primero y después otros referentes que hoy se cuentan entre la oposición como Hermes Binner y Luis Juez– no llegaron a construir, se hizo carne en al menos una parte importante de la sociedad, según lo que se pudo ver en los últimos días.
Kirchner, que en un principio ninguneó al PJ pero que terminó refugiándose y adueñándose de él, ¿habrá imaginado esa despedida variopinta?
Ya se dijo que había miles de pibes. Estaban la clase media progresista, sectores de izquierda que apoyan al gobierno, intelectuales, universitarios. Y el peronismo, claro, que al menos en banderas era mayoría. Muchos decían no haberlo votado. O aclaraban no ser kirchneristas.
Algunos –sobre todo intelectuales afines al gobierno– dicen que el kirchnerismo a acaba de nacer en el sentido más perdurable. Es decir, el kirchnerismo ya no como un sector interno del peronismo o un oficialismo circunstancial, sino como identidad política destinada a sostenerse. Probablemente como subcategoría del peronismo.
Expresaría a un colectivo que incluye a sectores que nunca antes habían confluido, desde los organismos de derechos humanos, las Madres, hasta el sindicalismo moyanista, pasando por esos pibes que con Kirchner y los beneficios del modelo económico alumbraron a la vida política y la militancia con una magnitud impensada poco tiempo atrás. Si se traduce en términos políticos más o menos recientes podría hablarse del PJ –salvo el peronismo federal, claro– más lo que fue el Frepaso.
Algo debe haber leído Kirchner de todo esto cuando imaginó esa transversalidad que luego abandonó, quizás porque entendió que el PJ era la herramienta fundamental para sostenerse en el poder, llevar adelante su proyecto y acaso también conquistar todas esas almas que, como no lo pudieron hacer los dirigentes políticos llamados a participar de la conducción del colectivo –incluido él mismo–, estuvieron juntas en la plaza y se cagaron en barreras partidarias y de clase a la hora de ir a ofrecerse como sostenes del modelo K.
Todo indica que Cristina tendrá que ver primero cómo resuelve su relación con el PJ, donde al calor de la movilización popular hasta una reunificación con el peronismo federal parece posible.
Pero no debería desatender que su fuerza más genuina y desinteresada puede provenir de esa nueva coalición político-social que se puso en escena en la despedida al ex presidente, simbolizada en una imagen: la de los cascos de obreros y los pañuelos blancos de las Madres sobre el coche fúnebre que llevaba el cuerpo a Aeroparque, en un cortejo desbordado y caótico como el mismo Kirchner.
Después de la muerte de Néstor Kirchner, amigos, ex amigos, adversarios coincidían en reconocer una característica básica: se fue el líder político más importante de la Argentina de los últimos años. Un hombre que marcó un antes y un después en la política argentina.
Sí, Kirchner dio vuelta una página de la historia porque, más allá de que se pueden discutir las motivaciones o de los errores que pudo haber cometido en ese camino, demostró que se podía gobernar la Argentina sin ser apenas correa de transmisión de la voluntad de las corporaciones, que se podían tocar intereses que hasta su asunción parecían intocables.
Antes que él sólo Raúl Alfonsín intentó en parte ir por ese camino, pero ya se sabe el final de la historia: levantamientos carapintadas, leyes de impunidad, hiperinflación, saqueos, entrega anticipada del poder.
Carlos Menem y Fernando de la Rúa decidieron, directamente, ser representantes de los intereses de los poderes económicos y seguir a rajatabla en otros temas los dictados de instituciones históricas, como la Iglesia.
Pero Kirchner entendió que después de la crisis de 2001 la única forma de reconstruir la autoridad presidencial era con un liderazgo fuerte, firme, y eligió el camino de reescribir la historia de la relación entre el gobierno y los poderes fácticos.
No siempre fue a fondo o no siempre lo hizo bien. Pero la política de derechos humanos, el recambio en la Corte Suprema y una nueva lógica en la relación con los empresarios –lo que no quiere decir que haya ido siempre al frente de combate con ellos– le dieron a su gobierno una impronta que hizo que el escaso 22 por ciento de los votos que consiguió en la elección 2003 se transformara en un caudal de imagen positiva que rápidamente trepó a niveles superiores al 60 por ciento.
Un contexto económico favorable y un modelo diseñado para aprovecharlo lo hicieron terminar su gobierno sin sobresaltos y con la imagen en alza, para dejar el poder en manos de su esposa Cristina.
Justamente fue en el gobierno de su mujer cuando Kirchner acentuó sus posturas confrontativas. El conflicto con el campo, en el que influyó decididamente para que Cristina se mantuviera inflexible, se convirtió en un punto de inflexión que dañó todo ese capital político que el kirchnerismo había acumulado desde 2003. Sobre todo porque quebró su relación con sectores que, como la clase media del interior, había apoyado decididamente a su mujer en las elecciones de 2007.
Empezó entonces una pelea mucho más fuerte con algunas corporaciones, sobre todo la de los grandes medios, con las que en su gobierno había mantenido más bien una relación amistosa. Y no lo favoreció ni a él ni a Cristina.
Hasta que, después de la derrota electoral de 2009 en provincia de Buenos Aires –la única de Néstor en su vida política–, ella pareció tomar con mayor fuerza las riendas del gobierno, él se corrió a otros planos como el de la Unasur, y con apuestas fuertes como la asignación universal por hijo, la estatización de las jubilaciones, la ley de medios, e incluso el decidido apoyo al matrimonio igualitario después de alguna duda inicial, la administración retomó una agenda progresista que puso al kirchnerismo otra vez a la ofensiva y en franca recuperación de imagen.
Desde ese trampolín apostaba Néstor a reinventarse como candidato para 2011, con una clara división de roles con Cristina: él a cargo de la política partidaria, ella de la de gobierno, de la gestión.
La CCC metió la cola y como nunca antes quedaron expuestas las diferencias entre la provincia y la Municipalidad, que es lo mismo que decir entre Hermes Binner y Miguel Lifschitz.
Fernando Asegurado puede no haber consultado a Lifschitz antes de salir, molesto por la defensa del piquete que realizó el gobernador, a manifestar que si el problema es la necesidad de ampliar la asistencia social, la provincia tiene los recursos para destrabar una protesta que desde hace dos semanas mantiene copada la plaza Pringles y generó en los últimos días cortes de calle que siempre enardecen a los conductores que transitan la calles rosarinas. Pero lo que está claro es que el secretario de Gobierno es un funcionario de la más íntima confianza del intendente y que la sintonía de pensamiento es absoluta.
Lo novedoso del punto de fricción es que ya no se trata de una divergencia sobre si el municipio hace bien o mal en denunciar judicialmente los piquetes. Asegurado fue más al fondo de la cuestión al sostener que la provincia prefiere culpar a la Nación, y dejar que las protestas –y también las necesidades– continúen, en vez de destrabar la situación con recursos que según él están a disposición de la administración santafesina.
Eso y decir que la provincia no tiene voluntad política de resolver el conflicto es más o menos lo mismo.
¿Por qué, si está en condiciones de hacerlo, Binner no pondría lo que hay que poner para impedir que se estiren los piquetes y el campamento en la Pringles?
Primero, no es eso lo que dice el gobernador, que entiende que la provincia no puede, ni tene por qué, afrontar un reclamo de planes que la Nación no envía a Santa Fe
Una fuente que tiene buena onda tanto con Binner como con Lifschitz sostiene que en realidad las diferencias no son tantas, pero que una cosa es seguir las protestas desde Santa Fe y otra tenerlas en la ciudad que uno gobierna. Y que eso obliga al intendente a adoptar, en la pública, una posición de mayor dureza frente a los manifestantes no acompañada por la gestión provincial, que es criticada desde los despachos municipales por inacción. Acción, justamente, es lo que reclamó Asegurado.
El conflicto, además, tiene como marco la propia interna del socialismo por la candidatura a gobernador, que, como estas disputas públicas en torno a la protesta social, también tiene características inéditas para un partido en el que hasta hace muy poco siempre los trapitos sucios se lavaban en casa.
En esa interna, se sabe, lejos de darle el respaldo que Lifschitz esperaba, Binner se mantiene en su postura de impulsar a Antonio Bonfatti, ministro de Gobierno y Reforma del Estado. Lo que no detiene al intendente, que mientras el mandatario hablaba por Radio 2 y al rato Asegurado lo cruzaba por Canal 3, iba en auto rumbo a algunas localidades del sur de la provincia en el marco de una campaña que no se lanzó formalmente pero que en realidad ya existe.
La pregunta no es la primera vez que aparece de 2007 a esta parte. ¿La falta de respaldo de Binner a la candidatura de Lifschitz se traslada también a la gestión?
Por lo pronto, con la decisión de llevar junto con la CCC el reclamo de planes laborales al gobierno nacional, provincia y municipio encontraron un atajo para escapar al menos por el momento del berenjenal interno que generó la protesta piquetera. Una prueba más de que de los laberintos se sale por arriba.
La Peti es una prueba clara de que el debate sobre la ley de matrimonio igualitario trascendió los ámbitos legislativos y se metió de lleno en los hogares argentinos.Ella, con sus 7 años, no tuvo espacio el miércoles para dibujitos: los televisores estaban tomados por los senadores y sus discursos. Al otro día se contagió de la alegría que transmitían sus padres y su hermana mayor por la noticia de que el proyecto se había convertido en ley.
La Peti tiene mamá y papa, como pregonaban los que se oponían. Pero también tío y tío.
El jueves, mientras papá y hermana mayor charlaban en el auto, preguntó: “Si los tíos se casan, ¿cuál de los dos se va a poner vestido?”.
Hay que decir que la Peti no sabe nada de Dios y sus supuestos mandatos. Y que desde que nació convive con la presencia de parejas del mismo sexo en el entorno familiar.
Pero hasta el jueves, para ella, que sólo fue a uno en toda su vida, no había casamiento sin vestido de novia. Y eso no es fruto de ninguna creencia ni imposición. Es, simplemente, lo que leyó en los cuentos de príncipes y princesas, o vio en la tele y en los paseos de los sábados en el parque Independencia, cuando las novias llegan en carruajes o limosinas alquiladas a sacarse la foto en el calendario del laguito. La cultura, que le dicen.
La ley abre una puerta enorme para otras historias. Y nuevas imágenes comenzarán a aparecer frente a los ojos de la Peti. En la tele, en las películas, en los cuentos.
Esa será, al fin de cuentas, la forma de naturalizar lo que en realidad ya existía. Que el amor es amor, y como tal maravilloso y celebrable en todas sus formas.
¿Tendrá la Peti su segundo casamiento antes de cumplir 8? Tío y tío ahora dicen que no quieren casarse, que para qué si ya hace más de diez años que están juntos y todo marcha bien así, que no les interesa adoptar, no necesitan regalos y hasta la mayoría de las parejas hétero amigas conviven sin boda de por medio.
Lo genial de este nuevo tiempo es que puedan decidirlo ellos. Que el Estado les dé la misma posibilidad que a cualquier pareja. Eso sólo es una fiesta, haya o no vestido blanco.
El debate sobre la ley de matrimonio igualitario no sólo ha tenido la virtud de instalar un tema que tarde o temprano se convertirá en realidad, porque el verdadero “orden natural” de la sociedad es la evolución.
También volvió a poner bajo la luz pública a sectores que desde hace décadas operaban desde las sombras.
Sí, es una paradoja: salieron del armario. Pero un armario en el que se recluyeron por su incapacidad de ser parte de una sociedad realmente democrática.
Ahora dejaron de lado camuflajes discursivos políticamente correctos para mostrar su lado más bestial. El mismo que expusieron sin tapujos cuando, con el mismo argumento de que se trataba de una “guerra”, justificaron la matanza de decenas de miles de personas durante la dictadura militar. Hoy vuelven a ser perseguidores, que es el rol que más les gusta, su verdadera vocación.
Y si bien puede leerse como algo negativo que el debate de un tema que realmente hace a una agenda progresista les sirva a los sectores más retrógrados para recuperar protagonismo, es bueno saber que ellos están allí, siempre al acecho de una sociedad que no debe relajarse a la hora de defender sus libertades e incluso ir por más.
Patricia Dibert, periodista con mil batallas rockeras en el lomo, guardó de golpe la libreta y la lapicera con las que anotaba nombres de temas e impresiones. “Yo ya no escribo más, voy a disfrutar y punto”. Sonaban los primeros acordes inconfundibles de Filosofía barata y zapatos de goma, un homenaje sorpresa que Luis Alberto Spinetta le hacía al otro gran Flaco del rock nacional, Charly García.
Fue cuando transcurría cerca de la mitad del show de dos horas y cuarto que brindó Spinetta en el salón Metropolitano, ubicado en el shopping Portal Rosario. La fan le ganó a la crítica. La música a la descripción que se pueda hacer de ella. Es como canta el propio Flaco, en una canción que no integró el ecléctico repertorio del hermoso concierto: quién resistirá cuando el arte ataque.
No resistió la gente que este sábado a la noche colmó Metropolitano y disfrutó de cada momento de este recital que fue también un recorrido por los 40 años de carrera del Flaco: tocó un poco de todo.
De lo último y también de lo primero. Con gemas como Alma de diamante o Asilo en tu corazón, un tema de La la la, el disco que hizo con Fito Páez y es que es una de las páginas más bellas del rock nacional. Con momentos más rockeros, como el bis con Rutas argentinas. Con los aires de jazz de la época de Jade (qué lindo Un viento celeste), con la potencia con rostro de esperanza de Vuelo al fin, uno de los varios temas que tocó de su último disco Un mañana. Con la búsqueda de poesía y reflexión de La bengala perdida (de Tester de Violencia), una que habla de barra bravas y muertes en la cancha pero en lengua spinettiana.
Y hubo también espacio para canciones de otros, una costumbre más o menos reciente del Flaco. Además de la mencionada Filosofía barata y zapatos de goma, mostró que hace como nadie Las cosas tienen movimiento, una composición de Fito que estrenó Baglietto, pero que en manos de Spinetta adquiere definitivamente otra dimensión. Y estuvo también Guitarra, una letra de Atahualpa Yupanqui que musicalizó León Gieco. No, no tocó ninguna de Gustavo Cerati. Pero abrió el concierto pidiendo por él.
Un párrafo aparte merecen los instrumentistas que lo acompañaron. La música del Flaco navega alegre y armoniosa entre los dedos mágicos del tecla dista rosarino Claudio Cardone -que tuvo espacio para el lucimiento personal cuando quedó solo en el escenario para un tema instrumental-, la potencia del baterista Sergio Verdinelli y de la bajista Nerina Nicora y la versatilidad del propio Spinetta con la guitarra. Sobre el final, Baltasar Comotto, también en guitarra, aportó potencia rockera.
Si los rosarinos que fueron en noviembre a Vélez y vieron la maratón de más de cinco horas del Flaco dudaron en asistir este sábado a Metropolitano con la idea de qué más podrían ver, se equivocaron. No estuvieron las Bandas Eternas, pero si este Spinetta eterno, que no es Gardel pero, definitivamente, canta cada día mejor.
Vengo a hacer una confesión: extraño el diario de papel. Sé que puede ser pecado, que puedo ser enviado a los infiernos digitales por todos los amantes del hipertexto, los tweets y el lenguaje multimedia.
Pero, yo soy editor. O lo era. Porque ahora soy editor de un diario digital. ¿Pero puede hablarse de una verdadera edición si por ejemplo no puedo cambiar en el momento, porque se me ocurrió, porque me parece la mejor manera de presentar un determinado hecho, el modo prefijado en que se presentan las noticias en mi home?
A ver: si se caen las Torres Gemelas y estoy en un diario off line puedo hacer una tapa con una foto de gran impacto a toda página y tres palabras que digan todo: “Imperio en llamas”. No necesito más. Así fue la tapa del diario El Ciudadano aquel día.
En el diario digital puedo armar toda la Home con ese mismo tema. Pero jamás podría hacer lo que hacía en el diario de papel. Tener ese impacto.
Esto no quiere decir que una cosa sea mejor que la otra. Porque, todos sabemos, el diario digital me da la posibilidad de relatar esa gran noticia, o cualquier otra, con muchos otros elementos con los que no cuento en el diario de papel: videos, audios, infografías animadas y, fundamental, la mirada de los usuarios o los testigos directos de determinada situación.
Pero, desde el punto de vista de la edición periodística, extraño cuando en la elaboración de una tapa, en el diseño de una página, se ponía en juego una creatividad que ahora es presa de la buena voluntad de programadores y diseñadores que no entienden ni entenderán, porque no son periodistas, que hay cosas que se juegan en un minuto.
Está claro que es una cuestión generacional. Y, aunque me esfuerzo por aggiornarme, por aprender a titular pensando que cada vez más gente lee las notas no entrando a mi Home sino a través de Twitter y Facebook, por encontrar un temario en el que no falten los llamados anabólicos que seguramente atraerán miles de clicks que llegarán a mí desde el vasto universo a través de la puerta de Google, no puedo dejar de sentirme como un editor de diario de papel traspolado a un diario digital por las vaivenes de la vida y, sobre todo, el mercado laboral.
La pregunta es: ¿el diario digital necesita un editor? O, en todo caso: ¿qué tipo de editor o editores necesita un diario digital?
Está claro, que la edición en papel no es la misma que en el on line, por lo antes expuesto. Pero, al mismo tiempo, convendría no perder de vista que tanto en uno como en otro, más allá de las posibilidades y características de cada soporte, hay que hacer periodismo. Eso implica, armar sumarios, buscar, redactar, jerarquizar noticias. Esa, al fin, es tarea de editores.
Para colmo, internet ha subvertido de alguna manera lo que podríamos definir como el recorrido tradicional de la información. Lo que obliga, justamente, a aguzar la mirada de editor
Veamos un ejemplo. Un chico se suicida en Rosario y deja una carta en la que dice que lo hace porque no puede aguantar el descenso de Central. Como los suicidios tradicionalmente no se publican, primero porque es un acto privado pero además por temor al efecto imitación, no aparece en los medios de la ciudad. Pero sus amigos, que lo consideran un héroe, lo suben a las redes sociales. De allí lo toman Olé, Télam y se arma una ola nacional.
Los editores de esas páginas, si es que los hay, entienden que es noticia porque no es cualquier suicidio: se mató por amor a la camiseta. Primero: ¿está en condiciones un periodista de determinar fehacientemente cuál es el motivo de un acto tan complejo como un suicidio? Segundo: si una de las cosas que se teme es un efecto imitación, ¿qué mensaje le damos a las decenas de miles de hinchas que no levantan el ánimo ni con una grúa por el descenso canalla?
En el inicio del problema está el recorrido de la noticia del que hablábamos. El tradicional sería: de la agencia al medio y de allí a la red social. Pero, en este caso, el camino es inverso: de la red social al medio y de allí a la agencia. ¿Hay que convertir en noticia todo lo que se genera en las redes sociales? Un editor allí.
Hay otros elementos. Por ejemplo, cómo hacer que nuestros contenidos se transformen cada vez más en mensajes multimedia requiere un aprendizaje que no viene del diario de papel y, si los recursos dan, un editor específico para esta área siempre viene bien.
La otra pata es la interactividad. Un editor de diario digital, como sí podía hacerlo el del off line, no puede ser ajeno a todos los mensajes que se generan del lado de los usuarios, sean comentarios, fotos, videos, lo que sea, todo lo cual hoy suma a una mirada periodística más amplia y completa de las cosas, en definitiva la más extraordinaria posibilidad del periodismo digital.
En este punto, el aprendizaje debería ser mutuo: del periodista y de los usuarios. Los periodistas, sobre todo los que vienen de diarios de papel donde la comunicación con el lector suele ser bastante mínima, tienen que asumir que los medios cambiaron. Pero los lectores también deben hacerlo.
Sí, también es tarea de los editores darles las pistas a los usuarios para que puedan emprender el camino hacia la ruptura del modelo de comunicación unidireccional y salir también de la tradicional lectura lineal. Es más difícil de lo que parece, y lleva tiempo.
Como lleva tiempo entender qué es lo que los usuarios pretenden del diario digital, donde, definitivamente, la Biblia y el calefón conviven como en ningún otro lado.
Porque, en realidad, el universo de usuarios puede ser de una diversidad lo suficientemente grande cómo para convertir en escombros la convicción de los que pretenden imponer en internet una lógica televisiva y, en busca de clics como si se tratara del rating, dicen que sólo sirve escribir Breatney Spears y poner fotos de tetas y culos.
Entonces, cuando una nota de siete mil caracteres a un historiador que habla del Bicentenario compite en cantidad de clics con la noticia de la detención de la modelo narco, ya no extraño tanto el diario de papel. Pero para que me sienta definitivamente en mi lugar de editor con todas las letras falta una cosa: que internet, como la gráfica, me brinde la posibilidad de reinventar, en un minuto, sin recurrir a los malditos programadores, la forma en que voy a combinar texto, imagen o lo que sea para que el usuario sienta que lo que le estoy mostrando es algo que puede cambiar su vida, y no una noticia más.
Este texto es más o menos la ponencia que presenté en el Tercer Foro de Periodismo Digital que se realizó los días 2 y 3 de junio en una mesa sobre Edición periodística en la web. Como suele suceder, lo más interesante estuvo después, durante el debate. En breve armaré algo con eso ya que de allí surgieron cosas realmente interesantes que, personalmente, me dejaron un interesante aprendizaje. También seguí por la transmisión on line la conferencia de cierre de Roberto Igarza y fue impresionante. Otra cosa que se hizo fue una muy buena cobertura en Twitter que me permitió conocer otras intervenciones que para los que estamos en esto realmente valen la pena. De esa cober surgió la caracterización de “forastero digital” que se menciona en el título, en contraposición a los mucho más mentados “nativos digitales”. Gracias a los organizadores por ayudarnos a pensar y felicitaciones por el gran laburo que están haciendo desde la Universidad.
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