Abrazar un árbol no nos trae paz. Comer carne no nos hace más nerviosos. La valeriana no nos induce al sueño, ni el té verde nos oxigena la sangre. Queremos a los animales, pero no defendemos a unos más que a otros. Cuando la pose snob se mezcla con una militancia en pro de todo lo que da la madre tierra, nos ponemos en pie de guerra. Y luchamos con uñas y dientes. Porque no siempre lo natural es sinónimo de felicidad.



¿Caballos sí, cocodrilos no?

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Llegaron las vacaciones de invierno y como todos los años mi hermano me pidió salir de paseo. Pero esta vez, como ya está más grande, fue con una condición: él sería el que elegiría el programa. Nada de Pescetti, ni Isla de los Inventos, ni cortos animados que veo con la buena excusa de acompañar a mi hermano menor. Al principio temí. Es que me imaginé rodeada de niños gritando frente a un película pochoclera o sumergida en un mar de transpiración y escupitajos en esos salones de Play Station. Pero no. Mi hermano me pidió que lo llevara a recorrer una exposición de animales silvestres. Porque si en algo nos diferenciamos mis dos hermanos varones y yo (además de lo que ya es obvio) es que ellos tienen una gran fascinación por los bichos, sobre todo por aquellos que no son tradicionales. Y fieles a eso, se leen de la A a la Z la National Geographic y se tragan todo documental de Discovery y Animal Planet. Imaginen que tenía cero ganas, pero por compromiso me embarqué en el plan.
La muestra estaba ubicada en el predio de unos shoppings de la ciudad y como si se tratara de carteras, zapatos y perfumes los animales estaban exhibidos como en una vidriera. Víbora pitón, culebra, tortugas mordedoras, arañas peludas y culonas, iguanas de todos los tamaños estaban encerradas en pequeñas cajas transparentes con un par de orificios para respirar.
– Papá, papá no me mira, se quejó con tono caprichoso un nene de 8 años mientras señalaba a la boa albina que estaba toda enrosacada dentro de una pecera y a simple vista parecía más una ristra de cinchulín cruda que un reptil.
– Tenés que llamarla, espetó el hombre y enseguida le dio tres golpes en el vidrio para ver si la serpiente se inmutaba.
En cámara lenta la boa giró la cabeza y cuando la lengua flaca se asomó como electrizada, el hombre me pegó un codazo y se abalanzó sobre el vidrio celular en mano. Clik.
– Ya está, ya le saqué la foto, sigamos.
A pocos metros de ahí, un verdadero gentío se agolpaba alrededor de una reja. Detrás estaba el yacaré, el personaje principal de toda la exposición.
Adentro de una pileta de fibra de vidrio que no era más larga que todo su cuerpo, el bicho daba la impresión de muerto. Pesado, con los ojos entreabiertos y casi por obligación se dejaba mover por el cuidador que hacía esfuerzos por mostrarlo a cada ángulo del público. Como si fuera poco, sorteaba las monedas que tiraba la gente creída de estar frente a una Fontana Di Trevi.
A mí, que no soy ecologista la muestra me dio una impresión espantosa. Pero lo que más me enojó fue que ninguna de las asociaciones que se rasgan las vestiduras por los animales y protestan en contra de la tracción a sangre para defender a los equinos de la ciudad no estaban ahí para manifestar su bronca. ¿Será que para algunos ecologistas vale más un caballo que un cocodrilo?

No se puede vivir del poliamor

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Domingo a la noche, víspera de feriado. Estoy echada en el sillón tratando de encontrar una peli pasable cuando me entra un mensaje de texto de mi amigo P. “Poné América”, decía el SMS y automáticamente cambié de canal. Nunca me puedo resistir a esas órdenes suyas. Pensé: o me estoy perdiendo el show más bizarro que pueda ver o sencillamente hay algún personaje conocido ventilando trapitos al sol. Ni una cosa ni la otra o un poco de todo.
“En pareja de a seis”, decía un sobreimpreso gigante al pie de la pantalla. Tres hombres y tres mujeres tirados en el suelo –en canastita o con una pierna retorcida alrededor de la nuca para mostrar su exceso de flexibilidad– contaban las bondades del “poliamor”. No conocíamos a ninguno de los exponentes de esta corriente pero intuí que él pensaba, como yo, en esa gente en común que predica experiencias semejantes en pro de lo libre y lo natural.
Si vivir del amor no se puede, como dijo Calamaro, imaginénse lo que sería vivir del poliamor. La idea es más o menos así: se mantiene una relación amorosa y duradera simultánea con varias personas, con pleno conocimiento de todos los involucrados y hasta compartiendo la misma casa.
Mientras los seis contaban cómo vivían juntos, de qué forma se organizaban para cocinar, salir a trabajar, regar las plantas y pasear al perro, el entrevistador no paraba de hurgar para encontrar el dato realmente jugoso: cómo es el sexo en el poliamor. ¿Cómo se turnaban para mantener relaciones? ¿Había encuentros entre hombres con hombres y mujeres con mujeres? ¿Cómo se definía el momento previo de ir a la cama con este y no con aquel? Poco a poco se fueron por las ramas y no le dieron el gusto al cronista de saber si bastaba una mirada, un roce o una palabra para saber con quien se garchaba esa noche en la casa de seis. Pero durante varios minutos las loas a esa vida amorosa colectiva no se privaban de ningún adjetivo: hermandad, solidaridad, amorosidad, comunidad y un sinfín de palabras toditas terminadas en “ad”. Incluso hablaron de la fidelidad y la honestidad, entre los seis claro, no vaya a ser cosa que alguno ose mirar al otro que no forma parte de esa pareja múltiple. Avanzaba el informe y no podía dejar de pensar en mi amigo P., cagado de risa, despatarrado solo sobre un puff y con su gato O. caminándole por todos los muebles. P. es de las pocas personas que conozco que disfruta de vivir solo, que no se deprime los domingos cuando se levanta a desayunar en soledad y que vive rodeado de gente (a veces demasiada) puertas afuera, pero que es felíz cuando llega a su hogar y lo esperan su mascota y su computadora.
En mi caso, aprendí a disfrutar de la vida en pareja sin por eso hacer un culto de la monogamia pero con la claridad de que los excesos (en este caso de gentes) nunca son buenos. Es lindo dormir acompañada, que alguien me cocine una noche, que me pregunte que color de camisa le queda mejor, que yo le pueda pedir ayuda para bajar la yerba del estante más alto de la alacena o que le cuente mis clásicos problemas laborales. Pero… el sólo hecho de pensar que todo lo horroroso que tu pareja te puede dar en la convivencia se multiplique por tres me da pavor.
Con que uno solo te ronque por la noche, te mee la tabla del inodoro a la madrugada, te deje una pila de platos sucios en la mesada como bienvenida, o pise mierda, no se de cuenta y te la encuentres pegadita al lado de la cama digamos que: BASTA Y SOBRA.

La mascota del vecino y yo I

prohibido_mascotas Pocas cosas le agradezco a mi madre. Si me pongo a contar, me sobran nueve dedos de la mano, y solo una le reivindico: no haber sembrado en mí la necesidad de tener una mascota. Reconozco que los primeros años de la infancia pedí a gritos un perro, pero mi madre fue sabia como pocas veces.

Me inculcó que para cuidar a un animal como se debe hacen falta varias cosas: tiempo, espacio, amor y mucha paciencia. “Casi como con un hijo”, pensé yo, precóz como era a los siete. Y sencillamente me aterré. Es que si bién a esa altura tenía entre dos y tres críos de juguete, no estaba obligada a cambiar pañales, calentar mamaderas y a la noche podía dormir de corrido. Entonces mi mamá se explayó: “Si tenés un perro lo tenés que sacar por lo menos dos y tres veces por día a pasear, limpiar su caca de la vereda ajena, no confinarlo a vivir en un patio pequeño ni en una terraza solo, protegerlo de los cohetes para las fiestas y dejarlo en buenas manos cuando te vas de vacaciones”.

No es que a mi madre no le gustaran los animales, todo lo contrario (nunca negó el ingreso de ardillas, peces, tortugas y canarios al hogar). Pero esa batería de argumentos, ante todo, la liberaba de hacerse cargo de por vida del capricho de una niña que sólo quería tener en sus manos un juguete con vida propia para experimentar.

Esta semana, subí al ascensor del edificio donde vivo y fui testigo de un enfrentamiento entre vecinos por culpa de las mascotas, con lo cual me acordé mucho de mi madre. “Prohibido subir al ascensor con perros”, decía el papel escrito en computadora. Pensé, quién habría sido el osado detrás de esa misiva. El edificio es grande, pero no tanto, como se inauguró hace poco todos nos conocemos aunque sea de vista, y hay dos perros en toda la torre. Una marrón enorme que vive en la planta baja con un patio lleno de sol y plantas (y que por fortuna no ladra) y otro que es un poco más chiquito pero bien chillón que está en el quinto piso. Me metí en casa y cuando volví a salir la saga de mensajes seguía. Debajo del cartelón prolijo una letra histérica en birome azul incriminaba: “¿Quién lo dice, eh? ¿De quién es la orden? Firma: los del 5º B”.

Uh. Con todos los problemas que tenemos –bomba de agua, cloacas que se tapan, caja de la EPE, humedades– ahora aparece un psicótico defensor de las mascotas y alguno que se ve que encontró un regalito a bordo del ascensor y se crispó. Pensé que la cosa había terminado ahí, pero no. El fóbico de los animales dio imprimir nuevamente y se defendió: “El convenio de los departamentos especifica que puede haber animales pero no deben usar áreas comunes del edificio. Pueden bajar por escalera pero no por ascensor”. Una contradiccón en si misma. ¿La escalera no sería también un lugar común?

En fin. Salí y a las dos horas, el culebrón de la tarde continuaba: “Por favor, no se metan con los animales, dejenlos vivir en paz. No jodan más”, firmaban con otro color de bolígrafo los del quinto piso, que trabajan todo el día fuera de su casa, (que por cierto es un monoambiente chico como un pañuelo, sin patio ni terraza), y que lo sacan cada muerte de obispo a varear a la calle. El amor, es evidente, a ellos les sobra. ¿Pero sólo de amor viven las mascotas?

Las plantas también lloran

planta llora Tengo una amiga que dice ser vegetariana pero come pescado una vez por mes. Conozco a un hombre que dejó de ingerir cerdo cuando leyó en algún lugar que el chancho es el único animal que tiene los dientes casi iguales a los nuestros. Me contaron de una chica que no toma ni gelatina de fresa porque dice que entre los componentes figura el cartílago de vaca, pero que curiosamente sí se rinde a los pies de las cookies (ojo sólo marca “Exquisita”) que a mi humilde entender deben gozar de al menos una dosis homeopática de manteca, leche y medio huevo. También sé que están los que un día lo dejaron todo y se alimentan solo de frutas y verduras que dan sombra. Es así que la dieta de cada uno (vegetariano o carnívoro) es algo tan arbitrario como que a la mesa le digamos mesa y a la casa la llamemos casa. Pero ojo, unos y otros la sostienen con tanta intransigencia que pensar en una guerra mundial por diferencias de alimentación no sería muy loco de acá a un tiempo.

Pero he aquí, un dato que echa por tierra la última trinchera de los veganos, vegetarianos y todos los demás anos: las plantas también lloran. Sí señores. Como aquella novela de Verónica Castro (”Los ricos también lloran”), hay científicos que refuerzan la otra cara, las menos conocida, de los vegetales.

Las plantas están vivas, no son para nada tontas y como cualquier ser no quieren morir. ¿O pensaban que porque no se resisten como una vaca que va al matadero o no gritan como un Porky marrano antes de ser carneado, los vegetales disfrutan de derrapar en la vaporera, el sartén o la ensaladera? No, no y no.

Que nosotros no podamos escucharlas no significa que no griten a su manera. Infinidad de estudios científicos demuestran que las plantas emiten señales, responden de una o de otra forma a los estímulos de la luz y al tacto. Tienen mecanismos de defensa que se activan ante cualquier amenaza y por eso son muchas las que ante un toquecito o un pellizco eliminan sustancias para defenderse de su adversario: sea un insecto, un animal, o… una persona.

Después de esto, tribu vegetariana: ¿Qué comemos hoy?

TOALLA FEMENINA: LA VUELTA A LOS PAÑOS DE LA ABUELA

toallitasHay cosas con las que no se jode. Te puedo aceptar que la fauna naturista en vez de leche de vaca tome leche a base de soja, que en vez de harina de maíz engulla mandioca, avena y trigo burgol. Que no usen desodorantes y prefieran perfumarse con alguna esencia tipo Patchulli o Cedro, que se inclinen más por la citronela que por el Off, que renieguen de internet, que no hablen por celulares y que elijan las bicicletas a los autos contaminantes. Pero hay costumbres que me ponen más que verde. En nombre de un retorno a lo natural ahora se hace cualquier verdura y cuando de olores se trata no pienso transar. ¿Quién dijo que el hedor a parri pollo, a pucho, a repelente es peor que otros generados por los que se dan en llamar ecológicos?

Aunque parezcan porta lápices de tela no lo son. Tampoco se trata de estuches para guardar cosméticos ni mucho menos de envases para trasladar cepillo de dientes y pasta dental en viaje. Con diseños salidos del mismo corazón de la plaza Serrano de Palermo llegaron en distintos colores y estampados las “toallitas reusables” que prometen volver a la tradición de los paños caseros de nuestras abuelas. Son de telas naturales (algodón, toalla, franela), por lo cual se pueden lavar para volver a usar. ¡Guácale!

Cruz diablo a los protectores femeninos deshechables, va de retro a los tampones que con la modernidad fueron el paraíso para poder meternos en la pileta en esos días de menstruación. Ahora las chicas verdes se suman a la alternativa que propone “un felíz reencuentro con el Ciclo Menstrual” e invitan a “completar el círculo natural devolviendo a la Tierra el fluido más nutritivo”. Como si fuera poco la premisa es “lavar las toallitas para que sirvan más de una vez al mes y echar el agua a las plantas”.

¿Cómo son?

1 - Están formadas por dos partes, que se adhieren por medio de broches a presión o abrojos.

2- La parte de abajo posee alitas –y esto no lo dicen pero sí se lo robaron a Carefree– que se ajustan alrededor de la bombacha, abrochándose entre sí, para que la toallita se fije al calzón.

3- En su interior, un plástico reciclado que supuestamente impide la llegada de la menstruación a tu ropa interior –quiero verte en la pileta o en un día en que saliste a las seis de la matina y volviste tipo diez de la noche a casa o en un viaje en bondi hasta La Quiaca– .

4- La parte de arriba es la que aparentemente absorbe el flujo menstrual, está hecha de tela de toalla y es la que se recambia una vez que se ha saturado su capacidad de absorción, esto te asegura que puedas estar en contacto con una superficie seca y que sea más fácil lavarla. Imagino que una está en la oficina y llega la hora del recambio: te vas al baño y empezás a frotar –ante la sorpresa de los compañeros que entran y salen– la toallita ecológica, la lavás y la dejás extendida en el ventilete para airearla hasta que llegue la hora de salida. O peor: la envolvés en alguna bolsa de papel (para que sea ecológica ocbiamente) y la metés en la cartera para desagotarla en el ficus que tenés en casa. ¡Pero que lindo olor por dios!

Una experiencia psicodélica tribal

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Me llama mi amiga M. para contarme que está felíz porque el fin de semana se va de campamento a las islas. ¿A las islas? Desde que la conozco, sé que nunca le resultó divertida la vida en carpa, que es fóbica a pasar la noche del otro lado del río y que detesta que la devoren los mosquitos. Sin embargo, traté de no asesinarla con la mirada y con una amorosidad más que forzada le pregunté, qué la tentó de esa manera como para cruzar en balza al otro lado del Paraná y pasar no menos de tres días.
-”Voy a vivir una experiencia tribal psicodélica”, disparó M. como quien dice “me voy a comprar un kilo de pan y vuelvo”. Si algo sabe M. es que yo detesto a cualquier persona que en una frase corta mete tres palabras que unidas no aclaran sino oscurecen. Conoce de mi odio visceral por aquellos que hablan en construcciones como: “movimiento orgánico expansivo”, un “estado de alma sostenido”, “un sabor fluido”, “una estructura en eje”. Pero siguió como si nada: -”Salomé, quiero reencontrarme con mi ser”, dijo desafiante y enseguida sacó un papel todo arrugado donde había algunos apuntes de lo que pretendía ser ese fin de semana organizado por un grupo llamado “Guerreros del Arco Iris”.
¿Brigada naturista empedernida? ¿Legión de ecologistas intergalácticos? ¿Adeptos al pace and love? ¿O simplemente sucios hippies drogones que se inventaron un festival propio?
Lo único que quedaba claro del folleto era que para ser un gerrero había que estar munido de bolsa de dormir, botellón de agua mineral, utensilios de cocina, ropa cómoda y tener la garra suficiente como para escapar de la contamidada urbe, respirar aire puro, utilizar baños secos que no sean contaminantes, saludar al sol y a la luna, hacer danzas sanadoras al ritmo del chill out sobre el verde, comer todos productos naturales, meditar, reactivar los chakras y no hacer nada que rompa con la armonía del ecosistema.
M. estaba chocha. -”Encontré mi lugar en el mundo”, resumió sin dudar. Y con una sonrisa pícara murmuró un secreto a voces, algo que el panfleto no decía pero que ella conocía bien, “aseguran sexo natural hasta el amanecer”.

El ángel de la tierra

angel de la tierra

“Hagamos el amor con ecología”, podría agregar Sergio Denis a su popular hit para que prenda hoy entre los militantes verdes. Es que ahora, la onda natural se quiere meter en la cama. Sí señores. No conforme con invadir la mesa, el baño y la vestimenta, la idea es entrar a la vida sexual y modificar algunas costumbres.
Para eso llegó “Earth Angel”, (es decir, “Ángel de la Tierra”, nótese la obvia connotación naturista), un vibrador 100 por ciento natural que propone alcanzar el placer sin afectar al medio ambiente. El juguete erótico-ecológico es de plástico reciclable, no lleva ni pilas ni baterías y está fabricado en Irlanda.
El manejo es muy simple: tres botones en su base, el del centro lo apaga y enciende alternativamente, el de la derecha aumenta la intensidad y el de la izquiera la disminuye. Y se puede ir cambiando entre 4 intensidades diferentes.
El amiguito verde es liso y suave al tacto, la punta es redondeada para facilitar la estimulación del clítoris y su forma alargada se va ensanchando para una mayor estimulación en la penetración.
Pero… ¿cómo anda si no tiene pilas? Y acá viene el lado bueno para los militantes ecológicos y el malo para los que no aspiran a salvar al mundo y prefieren reposar el goce sexual en un juguete que se mueva con energía.
La cosa es que para que “Ángel de la tierra” se ponga en marcha hay que darle manivela. Según sus creadores 4 minutos bastan para media hora de vibraciones. Con 8 minutos habrá una hora completa de vibración y así sucesivamente. Los ecologistas aplauden que con el uso de este flamante vibrador verde muchos pingüinos y ballenas se salven con cada orgasmo, pero no dicen que pasaría si la mano suelta la cuerda en el momento en que se hace más necesaria.

Mamás verdes

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“Es como comer demasiadas facturas un día y luego hacer ejercicio extra al día siguiente”, le dijo una mujer a otra en la cola de la verdulería. Aunque la frase me sonó al preámbulo de una catarata de tips sobre cómo bajar los kilos de más de cara al verano, no era eso. Después de la afirmación no vino ningún consejo sobre: tomar tres litros de agua por día, tostar el pan para que pierda las calorías, dejar de cenar, comer una ensalada verde y gigante, olvidarse de que el pan y los quesos existen y decirle chau a las tortas y al porrón. Nada de eso. Lo que la mujer, de no más de 35 años y con una nena de unos cinco de la mano, le quería explicar a la otra –que tenía toda la pinta de ser la mamá de un compañerito de escuela– era una serie de esfuerzos que ella y muchas otras madres realizan para criar a sus hijos de una manera, digamos, ecológica.

“La idea es practicar una cultura social de protección ambiental que ellos nos van a agradecer cuando sean grandes”, lanzó con total seguridad. Mientras yo imaginaba que en el futuro su prole la iba a odiar. Porque si las madres a veces son cargosas, basta sólo imaginar en lo que se convierte una madre con aspiraciones verdes que prepara viandas para el colegio que no generen basura, da de comer sólo alimentos cultivados localmente, le huye a los Mc Donalds, teje y cose todo lo que el niño lleva puesto y prohíbe los shampú que hacen espuma y tienen lindo olor.

¡Infelices los niños! Parece ser que el fenómeno no es nuevo. En Estados Unidos ya son 9.000 amas de casa las que se aliaron para crear y compartir, en una interacción grupal, un modo de vida hogareño que fomente el cuidado del medio ambiente y genere conciencia de acción sobre la problemática ambiental. Y la moda promete instalarse acá.

“En mi casa todas las lamparitas son de bajo consumo, ahora compro a granel y utilizo centrales eléctricas “inteligentes” que cortan la electricidad cuando la cafetera, el microondas, la televisión y la laptop no están siendo usadas”, le enumeró la mujer con cierta obsesión a su amiga. Y la lista seguía con instrucciones del estilo de “no dejar el auto en marcha cuando una baja a buscar a los chicos en el colegio y abrir las ventanillas apenas se lo enciende para que los tóxicos que emana el calentamiento del auto se vayan del habitáculo”.

Como si fuera poco, a elegir productos de limpieza libres de cloruro, dulces que no contengan aspartame y muebles con bajo contenido de formaldehído apareció la pesadilla de todo bajito: “juguetes construidos con materiales naturales”. “Los hago yo misma y a ellos les encantan”, acotó de manera irrefutable la mujer y comenzó a sacar del bolso pedazos de madera tersiada, cartón corrugado, tiras de soga y la infaltable goma Eva. Mientras tanto, a su hija –que escuchaba atenta la cruzada– se le iban los ojos con una muñeca de rulos rubios made in China que paseaban en coche por la vereda. Pero eso a la mamá ecológica no la conmovió.

El ying y el yang

ying y yang

Mi barrio es como el ying y el yang. Basta con mirar un poco alrededor para ver como los opuestos conviven a tan sólo unas cuantas baldosas de diferencia. Los productos orgánicos y la comida chatarra, lo magro y lo grasoso, los sabores de la tierra y los placeres casi sibaritas aparecen a cada paso en el circuito que tengo que hacer cuando salgo o vuelvo a casa. Atravesar esas cuatro o cinco cuadras de recorrido se convierte en un juego eterno entre dos fuerzas que pelean por ganar.

Abro la ventana de la habitación y lo primero que veo de frente a casa es un centro de meditación, yoga y medicina holística donde todas las mañanas un grupo de personas se arrastra por el piso de un salón para saludar al sol. Ahí, se hace pilates sin camas (porque aparentemente es más efectivo y sobre todo más natural para la extensión de las vértebras), las pelotas gigantes de esferodinamia pululan por todo el hall del ingreso, el aroma a sahumerio llega hasta mi ventana y los pacientes forman fila una vez por mes para recibir su dosis homeopática.

Hace poco, al lado del centro plantaron un gimnasio. Cintas, bicicletas, mancuernas y todo tipo de fierros que demandan tensión y garra pero poco esfuerzo para formatear el cuerpo. Los hombres que ingresan al gym, están más cerca de los anabólicos que de los globulitos y las mujeres que se trepan a la cinta, son más amigas de la inanición que del desayuno de muesli, miel y yogurth natural. Claro, unos y otros comparten las mismas prohibiciones: ninguno se deja pervertir por el olor a las tortas negras y sacramentos que despide la panadería que está en diagonal a los dos lugares y que me puede por completo.

Me gusta cuando los yogies y los gym se encuentran, porque se miran con recelo. De un lado, están los rapados a cero con onda sensei y las de pantalones anchos y polainas de colores. Del otro, los de musculosa apretada y las de calzas de lycra con la infantable botella de agua en la mano.

Cuando salen de su sesión de reiki, los primeros aprovechan para hacerse su compra en la dietética de enfrente. Van por milanesas de soja que parecen de cartón, mermeladas naturales sin conservantes (que no son muy distintas a las que venden en el super) y alfajores de arrope que parecen de papel de lija. Los otros, a lo sumo hacen un alto en la heladería para tomarse en vasito de plástico una bocha de limón al agua así no suman las calorías quemadas sobre tanta bicicleta que pedalea pero no avanza.

Los viernes a la tardecita son los días en que me acodo en la vinería de la esquina. Pegada al vidrio, me zambullo en una desgutación casi bucólica de fiambres y vinos mientras veo pasar a la jungla de naturistas y fanáticos del bienestar. Empujo tres aceitunas negras, un pedazo de queso de cabra, una rodaja de salamín con pan y una copa de tinto. Lo blanco, lo sano y lo bueno, todo delante de mí con intenciones de cooptarme a cada paso. Y yo, como si nada.

Tengo una boda verde

bodaDestapé una lata de gaseosa, abrí una bolsa de papas fritas con sabor a cordero patagónico y me senté frente a la computadora. Me disponía a pasar unas cuantas horas conectada a internet para enterarme cómo venía el mundo acá y allá, cuando de pronto sentí un ruido en la puerta. Con mucha dificultad, un sobre de cartón corrugado trataba de pasar de mi lado. La tarea no era sencilla y el mini paquete quedó atorado. Sin siquiera abrir, le di un manotazo al evoltorio y después de un largo tirón ya lo tenía conmigo. ¿A quién se le puede ocurrir cerrar una carta con un papel tan pero tan duro? A un ecologista. Sin duda, es reciclado, y no falta mucho para que al pie de la rústica misiva se aclare que “ningún árbol fue talado para confeccionarlo ”.

La tarjeta no parecía un souvenir artesanal por mi cumpleaños que fue hace dos meses, ni el certificado de un curso de telar que nunca hice, ni el pase libre a una primer consulta en el centro de medicina holística que tengo pegado a casa. Lo abrí y leí: “Un enlace matrimonial puede ser también un compromiso de amor con el medio ambiente”.Creer o reventar, era la invitación a una boda ecológica. La primera y la ¿última?.

La que se casaba era nada más y nada menos que Julieta, una ex compañera del secundario, a la que hacía siglos no veía. Julieta era la más punk del curso hasta que se cruzó con Germán, su novio vegetariano y budista. La pareja le dejó un daño irreversible y mi amiga, esa que usaba el negro y las tachas desde la primera hora, no sólo se casaba sino que ahora pensaba hacerlo de verde.

Pero lo de la tarjeta reciclada fue sólo el comienzo. La eco fiesta prometía seguir con cotillón biodegradable, música zen en vivo, vestido nupcial de tejido de cáñamo, catering de productos orgánicos y a base de harina integral, luna de miel en unas cabañas eco turísticas de no sé que reserva aborigen en el corazón de que selva. Pero lo más loco fue llegar a la lista de casamiento que pretendía introducir a los invitados en una lógica étnica.

Ni la minipimer que te resuelve la mitad de la vida, ni una siempre necesaria plancha, ni el juego de cuchillos para el asado del domingo, ni la sanguchera para darte una panzada de carlitos. La lista verde ofrecía una serie de organizaciones benéficas y ecológicas prestas a recibir las donaciones de cada invitado. No lo pude evitar y una pregunta se me atragantó antes de leer la fecha del festejo: ¿El acta de divorcio también la van a hacer de papel artesanal?