
Llegaron las vacaciones de invierno y como todos los años mi hermano me pidió salir de paseo. Pero esta vez, como ya está más grande, fue con una condición: él sería el que elegiría el programa. Nada de Pescetti, ni Isla de los Inventos, ni cortos animados que veo con la buena excusa de acompañar a mi hermano menor. Al principio temí. Es que me imaginé rodeada de niños gritando frente a un película pochoclera o sumergida en un mar de transpiración y escupitajos en esos salones de Play Station. Pero no. Mi hermano me pidió que lo llevara a recorrer una exposición de animales silvestres. Porque si en algo nos diferenciamos mis dos hermanos varones y yo (además de lo que ya es obvio) es que ellos tienen una gran fascinación por los bichos, sobre todo por aquellos que no son tradicionales. Y fieles a eso, se leen de la A a la Z la National Geographic y se tragan todo documental de Discovery y Animal Planet. Imaginen que tenía cero ganas, pero por compromiso me embarqué en el plan.
La muestra estaba ubicada en el predio de unos shoppings de la ciudad y como si se tratara de carteras, zapatos y perfumes los animales estaban exhibidos como en una vidriera. Víbora pitón, culebra, tortugas mordedoras, arañas peludas y culonas, iguanas de todos los tamaños estaban encerradas en pequeñas cajas transparentes con un par de orificios para respirar.
– Papá, papá no me mira, se quejó con tono caprichoso un nene de 8 años mientras señalaba a la boa albina que estaba toda enrosacada dentro de una pecera y a simple vista parecía más una ristra de cinchulín cruda que un reptil.
– Tenés que llamarla, espetó el hombre y enseguida le dio tres golpes en el vidrio para ver si la serpiente se inmutaba.
En cámara lenta la boa giró la cabeza y cuando la lengua flaca se asomó como electrizada, el hombre me pegó un codazo y se abalanzó sobre el vidrio celular en mano. Clik.
– Ya está, ya le saqué la foto, sigamos.
A pocos metros de ahí, un verdadero gentío se agolpaba alrededor de una reja. Detrás estaba el yacaré, el personaje principal de toda la exposición.
Adentro de una pileta de fibra de vidrio que no era más larga que todo su cuerpo, el bicho daba la impresión de muerto. Pesado, con los ojos entreabiertos y casi por obligación se dejaba mover por el cuidador que hacía esfuerzos por mostrarlo a cada ángulo del público. Como si fuera poco, sorteaba las monedas que tiraba la gente creída de estar frente a una Fontana Di Trevi.
A mí, que no soy ecologista la muestra me dio una impresión espantosa. Pero lo que más me enojó fue que ninguna de las asociaciones que se rasgan las vestiduras por los animales y protestan en contra de la tracción a sangre para defender a los equinos de la ciudad no estaban ahí para manifestar su bronca. ¿Será que para algunos ecologistas vale más un caballo que un cocodrilo?

Pocas cosas le agradezco a mi madre. Si me pongo a contar, me sobran nueve dedos de la mano, y solo una le reivindico: no haber sembrado en mí la necesidad de tener una mascota. Reconozco que los primeros años de la infancia pedí a gritos un perro, pero mi madre fue sabia como pocas veces.
Tengo una amiga que dice ser vegetariana pero come pescado una vez por mes. Conozco a un hombre que dejó de ingerir cerdo cuando leyó en algún lugar que el chancho es el único animal que tiene los dientes casi iguales a los nuestros. Me contaron de una chica que no toma ni gelatina de fresa porque dice que entre los componentes figura el cartílago de vaca, pero que curiosamente sí se rinde a los pies de las cookies (ojo sólo marca “Exquisita”) que a mi humilde entender deben gozar de al menos una dosis homeopática de manteca, leche y medio huevo. También sé que están los que un día lo dejaron todo y se alimentan solo de frutas y verduras que dan sombra. Es así que la dieta de cada uno (vegetariano o carnívoro) es algo tan arbitrario como que a la mesa le digamos mesa y a la casa la llamemos casa. Pero ojo, unos y otros la sostienen con tanta intransigencia que pensar en una guerra mundial por diferencias de alimentación no sería muy loco de acá a un tiempo.
Hay cosas con las que no se jode. Te puedo aceptar que la fauna naturista en vez de leche de vaca tome leche a base de soja, que en vez de harina de maíz engulla mandioca, avena y trigo burgol. Que no usen desodorantes y prefieran perfumarse con alguna esencia tipo Patchulli o Cedro, que se inclinen más por la citronela que por el Off, que renieguen de internet, que no hablen por celulares y que elijan las bicicletas a los autos contaminantes. Pero hay costumbres que me ponen más que verde. En nombre de un retorno a lo natural ahora se hace cualquier verdura y cuando de olores se trata no pienso transar. ¿Quién dijo que el hedor a parri pollo, a pucho, a repelente es peor que otros generados por los que se dan en llamar ecológicos? 



Destapé una lata de gaseosa, abrí una bolsa de papas fritas con sabor a cordero patagónico y me senté frente a la computadora. Me disponía a pasar unas cuantas horas conectada a internet para enterarme cómo venía el mundo acá y allá, cuando de pronto sentí un ruido en la puerta. Con mucha dificultad, un sobre de cartón corrugado trataba de pasar de mi lado. La tarea no era sencilla y el mini paquete quedó atorado. Sin siquiera abrir, le di un manotazo al evoltorio y después de un largo tirón ya lo tenía conmigo. ¿A quién se le puede ocurrir cerrar una carta con un papel tan pero tan duro? A un ecologista. Sin duda, es reciclado, y no falta mucho para que al pie de la rústica misiva se aclare que “ningún árbol fue talado para confeccionarlo ”.
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