Emilio Pérez Calatayud
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Lección Magistral
| A la vuelta
Lunes a viernes a las 20.30 por Radio 2 |
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Lección Magistral
Abrazar solidariamente una institución, marchar en silencio, cacerolear, armar una sentada pacífica, encadenarse a las puertas de un organismo público o privado o iniciar una huelga de hambre son sólo algunas de las formas de reclamar a las echan mano quienes están desprovistos de poder; pero para los que ejercen el poder, los mecanismos son otros y Murabito lo sabe
La última semana, una legítima protesta de los recolectores de residuos de la vecina Villa Gobernador Gálvez, que reclamaban por promesas laborales incumplidas por el municipio, dejó a la ciudad llena de basura. Un problema que cualquier representante de un ejecutivo municipal debe encarar a la brevedad para evitar que crezca.
Sin embargo, el intendente Jorge Murabito, en vez de convocar rápido a las partes en conflicto para acercar posiciones y solucionar el tema, salió a las calles con sus colaboradores de gabinete a juntar la basura domiciliaria, ante el desconcierto colectivo.
Como el problema seguía trabado y lejos de arreglarse, amenazaba con profundizarse, el titular del ejecutivo fue por más e inició una huelga de hambre que llevó las cosas al extremo.
Finalmente hubo reunión, hubo acuerdo para ir al diálogo y hubo encuentro. Pero nada capaz de borrar esa fuerte y hasta subrealista imagen del jefe comunal –erigido por el voto popular y poseedor del poder que le otorga el cargo– adueñándose de mecanismos propios de los desapoderados para demostrar ¿qué?
Que quien tiene el poder actúe despoder resulta inverosímil no sólo para opositores políticos, sino también para copartidarios y contribuye a banalizar los mecanismos genuinos a los suelen apelar los desposeídos, como último recurso, cuando el Estado no responde a un reclamo desesperado.
Ni necesario, ni ejemplificador, ni efectivo. Sólo efectista. Los actores al escenario; los funcionarios, a gobernar.
Hoy almuerzan con la señora Mirta Legrand: ¿los remordimientos? ¿la necesidad de blanqueo postergado? ¿o la manifiesta pérdida de la memoria a largo plazo?
La dueña de los almuerzos televisivos aprovechó uno de sus programas de la última semana para admitir en cámara, emponchada en brillante estola amarilla, algo que –según aseguró– era la primera vez que lo hacía público.
La acomodaticia diva manifestó ante sus invitados y su compotera con pera acaramelada, que en 1978, en pleno mundial de Fútbol con sede en Argentina, ella tuvo que interceder ante el entonces jefe de la Marina –que estaba a cargo del Canal 13 donde ella protagonizaba ya los clásicos almuerzos– y luego ante el general Albano Harguindeguy, para que los militares liberaran a una sobrina suya, a la que habían secuestrado.
Pero en tren de hacer confesiones, y con la desembozada pretensión de “sincerarse” ante la sociedad (vaya a saberse por qué justo ahora, 32 años después), la perenne Chiqui siguió con el escalofriante relato y dijo que al que nunca más volvieron a ver fue a Julio, el marido de la mujer, al que también habían secuestrado. “Vos te salvaste porque sos sobrina de Mirta”, dice ella que le contó su sobrina que le dijeron los militares que terminaron dejándola en libertad.
Dicho esto, sólo una de las comensales, la actriz Florencia Raggi, se animó a decir que “el silencio durante tanto tiempo es sinónimo de complicidad”. Y Mirta con apenas un par simple en la mano, actuó como si nada. Como si fuese poseedora de un pocker servido, con la impunidad (aunque no inmunidad) que le dan los sucesivos stablishment, con la garantía que le otorgan, según cree, los años, la cuenta bancaria, las propiedades y el codo a codo con quien tenga el poder. Como si nada.
Ignoro los motivos por los que la multigalardonada anfitriona decidió ahora contar que también en su familia hubo gente secuestrada durante la última dictadura militar. Desconozco por qué necesita ahora deshacerse de sus recuerdos cuidadosamente escondidos durante tanto tiempo. No sé cuál es la estrategia. Pero me es inevitable la náusea ante tanta hipocresía.
¿Qué pretende Mirta? ¿Qué quiere que sientan por ella? ¿Por qué habla con total desparpajo de un hombre desaparecido cercano a su familia del que jamás se ocupó, y cuya causa nunca denunció? ¿Cree que nadie recuerda que tanto ella como Susana Giménez hablaban en pleno gobierno de facto de “la campaña antiargentina” que se ceñía en el exterior “en contra del país”, el que según ellas andaba bárbaro? ¿Presume que nadie guarda en la retina su imagen asociada a la fatídica frase “los argentinos somos derechos y humanos” que repitió convencida en inolvidables primeros planos? ¿Por qué los invitados a la mesa de la gran confesión, excepto una, se quedaron mudos, incluida la periodista Cecilia Absat?
El tiempo es relativo. Veintisiete años pueden ser mucho o poco. En la vida de una persona podrían significar la entrada a la juventud, a la adultez o a la vejez y en la trayectoria laboral de alguien, podrían resumirse como “toda una vida”.
Pero en la historia política de un país, 27 años de democracia ininterrumpida (sobre todo en un país latinoamericano, como Argentina) tienen un valor incalculable que nos permite seguir creciendo como ciudadanos. Son muchos años. Tantos que a veces nos parece mentira que hayan transcurrido. Y al mismo tiempo son pocos, tan pocos que quisiéramos que la seguidilla no se interrumpiera nunca.
Pero a pesar de su peso histórico, estos 27 años de democracia no deberían lavar el cerebro de nadie. No al borrón y cuenta nueva, no a la tabla rasa en la que se puede escribir cualquier cosa, como si el ayer no existiese. El pasado es parte de la vida de una persona y del país en el que vive, aunque Rosa María Juana Martínez Suárez (Mirta, para amigos y seguidores) aspire a lo contrario.
http://www.youtube.com/watch?v=fY0rntefWlM
Por suerte faltan pocas horas para que empiece el Mundial de Fútbol de Sudáfrica. Y no es, en este caso, la ansiedad por ver lo que se considera la vidriera del mejor fútbol internacional lo que me impulsa a clamar por la pitada inicial, sino el hartazgo frente a la previa sin fin.
Entiendo que hay que vender y hay que justificar la presencia de miles de profesionales destacados en Johannesburgo, y en cada una de las subsedes; pero el show se ha vuelto tedioso y debería tener algún filtro. Cualquiera. El que quieras: el sentido común, el buen gusto, el valor informativo. Uno.
Desde la gran pista circense sudafricana, ya hemos accedido a secretos tan importantes para la historia de balompié que nunca habíamos imaginado conocer, a saber: qué integrantes del seleccionado argentino usan Twitter o alguna otra red social, quiénes de los muchachos prefieren sleep o boxer, cuál de ellos es el que duerme solo, cuántos miembros del plantel juegan a la Play y quién es el más madrugador.
Se habló de Bilardo fuera de la foto oficial, de los barrabravas en viaje de ida y en abrupto viaje de vuelta, de las relaciones sexuales permitidas por la AFA y de los aditamentos ¿? no autorizados en las mismas. De las cornetas que suenan permanentemente en los estadios, de lo gambas que son los sudafricanos que nos hacen sentir locales (sic), de Shakira y el Waka Waka cuya coreo pronto se instalará en todos los gimnasios y del “temible tridente ofensivo” que preparó Maradona para el arranque frente a Nigeria. Del cansancio de Lio Messi y de las cábalas de Diego.
Sabemos con exactitud a qué hora abre la panadería ubicada frente a la plaza principal de Pretoria y cuánto cuesta la confitura más parecida a nuestras autóctonas medialunas que nuestros cronistas degustan frente a cámara con tono divertido. Nos enteramos de la crisis conyugal del polígamo presidente sudafricano Jacob Zuma y vimos en terlipes a todas nuestras botineras industria nacional luciendo siliconados body painting en celeste y blanco.
Los familiares de nuestros chicos ya contaron por todos los canales cómo verán los partidos y qué posición adoptarán en el sillón del living para repetir el rito que nos dio suerte aquella vez ¿Cuándo? Dalma y Gianina le prohibieron al papi dirigir en jogging y le ordenaron usar traje. ¿Cómo decirles a las siempre nenas que si ganamos el primer partido nadie se fijará en el look del 10 y que si llegásemos a octavos o a cuartos de final el DT podrá gritar desde el borde del campo en taparrabos atigrado que nadie lo advertirá? Es más, Dolce & Gabbana y Versace se pelearán por los derechos para imponer la joggineta estirada del Pelusa como must have de la temporada.
Stop chicos. Que termine el “como si”. Basta de chicle para matar el hambre. Trote corto y a la cancha. Canten los himnos. Dense las manos. Sorteen los arcos y pongan la bola en juego que la previa de las vísperas nunca ha podido superar la emoción de los días.
Es difícil determinar una escala de valores para decir si tal o cual corte de calles está justificado. Para los docentes que reclaman por sus salarios, su causa es la más justa; para los médicos que demandan mejora en las condiciones laborales, su situación no da para más; para los integrantes de la Corriente Clasista y Combativa (CCC), su postergación social es insostenible; para los que se quedan una semana sin luz, la vida se hace imposible, y podríamos seguir indefinidamente enumerando situaciones que ponen a la gente al límite de la protesta y la empujan a la calle para hacer saber a todos (no sólo a los funcionarios que toman decisiones políticas) que la están pasando mal y que necesitan que se ocupen de ellos ya. No mañana, no la semana que viene, sino ya.
No es que ignoren la ilegalidad de la medida, pero ante la impotencia que genera la falta de respuesta de quienes deben resolver cada uno de los problemas, todos se lanzan a la calle y queman cubiertas, e interrumpen el tránsito para que se sienta, para que moleste y con la presión de todos (de los directamente damnificados y de los que padecen las consecuencias de los cortes) quizás logren lo que de otra forma, probablemente no conseguirían.
“Si ilegal es el corte de calles, también es ilegal que no tengamos vivienda ni trabajo, a pesar de ser un derecho constitucional”, se quejan los integrantes de la CCC. “Es ilegal que cortemos la calle –dicen los profesionales de la salud– pero si algo le pasa a un enfermo por la falta de insumos con la que estamos trabajando, quién nos cubrirá de las responsabilidades”. Y así, cada sector tiene sus fundamentos (discutibles, como todo) para justificar la acción de interrumpir el tránsito con la finalidad de llamar la atención sobre lo que les está pasando.
Pero lo que tal vez no previmos es el desarrollo inusitado que iba a tener la “cultura del corte” en la sociedad como forma de manifestación casi natural. Y un ejemplo lo constituyen los festejos de los estudiantes que celebran su arribo al 5° año de la secundaria (legítimo) cortando la calle en forma imprevista, en horario pico, complicando la vida de un montón de gente.
Este mediodía, Balcarce al 1.200, la cuadra del Superior de Comercio (y las manzanas circundantes) eran un infierno, porque los chicos de 5° habían decidido festejar con corte de calle. Era jornada de paro municipal, por lo cual tampoco había inspectores de tránsito que avisaran 100 ó 200 metros antes a los automovilistas que no iban a poder circular por allí. Entonces decenas de colectivos, autos, motos, y camiones de reparto, entre otros, confluían en un tormentoso cuello de botella en el que todo valía: insultos, bocinazos, pasar con el semáforo en rojo, tirarle el auto encima al de al lado para pasar antes que se termine el verde, etc.
Pregunta: ¿es necesario embromar a tanta gente para demostrar la felicidad propia? ¿No se puede elegir un punto de concentración como un parque o un espacio público abierto, sin tránsito, para celebrar? ¿Es lo mismo cortar la calle por una situación extrema de pobreza que hacerlo para demostrar la dicha de terminar la escuela, aunque en ambos casos esté prohibido hacerlo? Es evidente que no. Un desocupado está desesperado por sobrevivir y el estudiante de 5° sólo quiere festejar. No le importa cómo ni dónde.
Estamos viviendo tiempos de cambio y cuando esto sucede, todo (hasta la escala de valores) tambalea, a veces para bien, y otras no tanto. Hoy, un automovilista enfurecido le decía a otro: “me gustaría que estuviera acá, embotellado como nosotros, alguno de los padres de éstos que se sienten dueños de todo. Lo primero que harían es llamar al 911, o a la GUM o a toda la fuerza pública para que liberen la calle y se respete su derecho a circular. Estamos todos locos, hermano. Estamos todos locos”.
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